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Capítulo CXIX: Fernando III “El Santo” (I). Del incesto al trono

Año de nuestro Señor de 1214

Habíamos dejado a Alfonso VIII, hace unos cuantos capítulos, en pleno triunfo frente a los almohades, que quedaron definitivamente quebrantados, y con ellos el poder musulmán en España, en la batalla de Navas de Tolosa [1]. Desgraciadamente, Alfonso no pudo sacarle todo el partido a la victoria en un primer momento, dado que al poco tiempo murió (1214).

Ahora a un rey como Dios manda se le exige que fornique sin parar (y a las pruebas me remito [2]) con el exclusivo fin de esparcir su regia simiente doquiera ponga los ojos (bueno, los ojos y el pene, que tratándose de un Rey una cosa lleva a la otra); por lo demás, puede dedicar su tiempo a cosas entretenidas, como abrir períodos de reflexión, buscar el consenso o decir que algo le genera un gran orgullo y satisfacción. Mientras se preocupe por metel-lah de vez en cuando todo irá bien.

Pero en la Edad Media las cosas no eran tan sencillas. Además de fornicar sin freno, un rey tenía que ser justo, benévolo, valiente, avispado, y una serie de virtudes más que podríamos resumir en “repartir yoyah a todo lo que se mueva”. Por otra parte, las deficientes condiciones sanitarias de la época provocaban una elevada mortalidad infantil, la cual, combinada con la limitada esperanza de vida y el mercado relativamente reducido de mujeres casamenteras a las cuales recurrir para esparcir la simiente de marras, provocaba problemas dinásticos de toda índole, y que en el caso que nos ocupa se acumularon sobre el Reino de Castilla.

En primer lugar, porque aunque Alfonso VIII se había pasado la vida concibiendo hijos (en el tiempo que le dejaban libre sus cuitas contra moros y cristianos indistintamente [3]), hasta alcanzar la magna cifra de 14, tuvo tan mala suerte (y tan buena salud) de sobrevivir a todos sus hijos varones salvo al menor, Enrique I (1214-1217), que acabaría siendo coronado con la tierna edad de diez añitos.

Ante esta situación, su madre, Leonor de Plantagenet, se dispone a ejercer la regencia en su nombre, pero muere a los pocos días de instalarse en el chollito, y es sustituida en el cargo por Berenguela, hermana mayor de Enrique I y ex mujer de Alfonso IX de León, de quien había tenido que separarse mediante edicto del Papa Inocencio III, escandalizado al constatar que ambos cónyuges eran primos [4] (¡oh no! ¡Primos!) y que, así y todo, no se habían molestado en pagar la preceptiva dispensa papal (que aquí esta gente comienza a esparcir la semilla y no para, y luego, claro, todos acaban teniendo cierto grado de consanguinidad, ideal para las arcas eclesiásticas).

¿Se acuerdan de los Castro y los Lara [5], los pesaos que estuvieron mareando la perdiz en su afán por quedarse con el cotarro durante la infancia de Alfonso VIII? Pues los Lara, para los cuales diríase que el tiempo pasaba en balde, se apresuraron a denunciar la falta de legitimidad de Berenguela para ejercer la regencia, que a ver qué se había creído esta arpía, que quería quedarse con todo y quitárselo al pobre Enriquito, que a saber si no querría pasárselo por la piedra también, ¡a su propio hermano!, y, en fin, que para correr esos riesgos mucho mejor dejarlo todo en manos de los Lara, ¿no creen Ustedes?

Pues eso pensaron también los castellanos, empujados en la mejor tradición caciquil por tan sólidas razones argumentadas por parte de los Lara, que se hacen con la regencia y conciertan rápidamente el matrimonio de Enrique, que a sus once años ya está hecho todo un chaval, nada menos que con la infanta Mafalda de Portugal, que durante un tiempo alegró la vida de la corte castellana con sus permanentes dudas existenciales y talante de niña listilla-pesada donde las haya.

Pero ¡oh fatalidad! El Papa Inocencio III, verdaderamente obsesionado con la genealogía, descubrió que también en este caso los dos cónyuges eran primos, y aunque el Papa no tuviera nada contra la pederastia (en este caso, practicada por ambos), y nada más lejos de su intención que criticar la vida privada de cada cual (y allí estaba el reciente ejemplo de Ramón Berenguer IV [6] para atestiguarlo), lo de la consanguinidad ya era otro cantar, que se comienza confundiendo fornicio con cariño y al final se nos pone todo perdido de parejas de maricones y no queda en pie ni una sola familia normal.

Inasequibles al desaliento, y en connivencia con Alfonso IX de León, siempre dispuesto a incordiar en Castilla, los Lara le buscan otra novia al chiquillo, casualmente hija del propio Alfonso IX, a ver si había suerte y, entre incesto e incesto, concebían un hijo y éste se quedaba con todo; pero en estas estábamos cuando Enrique tiene la más ridícula de las muertes: recibe un golpe jugando a la teja (la cosa esa de saltar a la pata coja sobre unos números, tan característica del subdesarrollo español) en el palacio del obispo de Palencia y muere.

No está claro si muere por accidente, del sopapo que le soltaría el obispo al ver cómo el crío ese le había emborronado el suelo de tiza, o de un tejazo propinado por su hermana, y ex regente, Berenguela. Pero el caso es que es precisamente Berenguela quien se hace con la sucesión del reino de Castilla, para a continuación, en una maniobra extraordinariamente hábil, cedérselo a su hijo Fernando III (1217-1252), con lo que mitigaba al menos en parte la fuerte contestación social y popular que habría tenido si hubiese intentado ascender ella al trono (“¿Una mujer en el poder? ¿Pero qué está pasando aquí? ¿Nos estamos volviendo todos locos?”).

Por supuesto, los Lara no se dan por satisfechos, y con el sólido argumento de que Fernando III es el producto de una unión incestuosa, ilícita e impía, sancionada como tal por el mismísimo Papa, y no debería reinar, le montan una revuelta, que el gran rey se tomará como un entrenamiento, ventilado en dos patadas, con vistas a objetivos mayores: “Fernando III “El Santo” (II): España una, moros fuera”.ключевые слова гугл [7]конвекторы отопления водяные цена [8]