Super Freakonomics, de Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner

La Página Definitiva, en su día, no reseñó el primer libro de Levitt y Dubner (Freakonomics), aunque lo leímos y, la verdad, nos lo pasamos bien al hacerlo. Pero, entre que lo hicimos cuando ya era tarde, que el libro se había convertido ya en un best-seller cuando llegó a nuestras manos y que tampoco podíamos imaginar que iba a ser el fundador de esa nueva religión de nuestros días basada en libros de economistas que, para sentirse un poco más útiles que cuando se limitan simplemente a constatar, siempre a posteriori, los fallos de sus modelos y previsiones, se adentran en una mezcla de sociología, psicología y descripción de las reacciones humanas en términos económicos a partir de situaciones cotidianas y la gracia innata que el día a día tiene, pues tampoco se nos ocurrió. Sin embargo, creemos que es nuestra obligación referirnos a la segunda parte, Super Freakonomics, donde Levitt y Dubner exprimen la gallina de los huevos de oro un poquito más, dado que ha generado un follón de lo más divertido por ciertas controvertidas afirmaciones que no han gustado demasiado a los ecologistas de Climate Progress.

El libro, como indicaba, es la continuación de Freakonomics. Más de lo mismo, en la misma línea, con otros ejemplos cotidianos, micro y macro, sobre cómo funcionamos los seres humanos y nuestras sociedades. Pero Super Freakonomics, claro, va un paso más allá. Cuatro años de trabajo tienen que notarse. No en el número de páginas (los editores tienen muy claro que más de 250 páginas de lectura supone el fracaso seguro de un libro destinado a las masas y no dejan que se pase de ahí), ni en la profundidad con la que se tratan los temas (que se resiente de la falta de espacio, aunque eso se compensa con referencias a obras que permiten ampliar, aunque tampoco demasiado, no crean, la información), sino en los temas tratados. Super Freakonomics se diferencia de su precuela y de los libros que ha originado en que apuesta claramente por asuntos más espectaculares, más sensacionalistas, si se quiere. Y, además, hace un tratamiento más arriesgado de cada uno de ellos, persiguiendo, de modo muy marcado, llamar la atención e impactar. Así, lo que en Freakonomics era atención dedicada a cómo funciona el negocio del camello de medio pelo dedicado al menudeo de crack, dejando claro que mejor que nadie de nosotros se debiera atrever siquiera a meterse ahí, en Super Freakonomics es un detallado estudio sobre la economía de la prostitución donde se deja claro que no hace falta ni siquiera ser muy guapa, que con ser apañá y tener ciertas cualidades (como que te guste el sexo, algún contacto y la gracia de poner “escort” en tu perfil de Facebook o Meetic), ya está, a triunfar por la vida, ganar de 200.000 a 400.000 dólares al año trabajando menos de 15 horas a la semana. ¡Y tenga en cuenta que, a fin de cuentas, toda la pasta se la darían por lo que, ya sea de casada o de soltera, la mayoría de Ustedes está haciendo gratis! ¡Que no me saben bien cómo funciona el homo econmicus o, en este caso, más bien, su contraparte femenina! Y la conclusión, hispánicamente decantada sin tanto estudio ni hostias, es que todas son unas putas. Así que, joder, les dirían los economistas, al menos cobren de acuerdo a lo que el mercado aparentemente infinito e insensible a cualquier aumento de precio de tíos dispuestos a pagar por follar estaría dispuesto a pagarles.

Como plato fuerte, en esta misma línea, Freakonomics dedicaba páginas y páginas al plomizo tema de cómo calcular qué colegios y profesores hacían mejor trabajo, mientras que Super Freakonomics nos deja claro que el tema del cambio climático ellos lo arreglan en dos patadas y con cuatro chimeneas tirando anhídrido sulfúrico a la troposfera. Con dos cojones.

Dicho lo cual, desde LPD no vemos mal, sino todo lo contrario, el esfuerzo de los autores de Super Freakonomics por ser accesibles, por ganar pasta, por tocar las pelotas, por ir contra corriente y por tratar de llamar la atención. Lo hacen, todo ello, muy bien. Tanto, sobre todo en lo de ganar pasta, que incluso pueden dar envidia. Pero como son un profesor universitario y un periodista, gentes predestinadas a pasar con poco, tampoco nos ofenderemos en demasía porque hayan tenido un golpe de suerte. Más que nada porque, además, todas ellas son funciones sociales importantes, importantísimas. Especialmente lo de tocar las pelotas y llamar la atención en plan original. Como es obvio, puedes pasarte de frenada y meter la pata. Pero da igual. Aún así vale la pena y haces más un favor a la sociedad que si, por el contrario, estás siempre en el carril de la corrección. Porque a todos, empezando por el saber convencional y los dogmas establecidos, les viene bien un meneo de vez en cuando. Aunque sea para reafirmarse señorialmente. Quizás un poco de esto les ha ocurrido a Levitt y Dubner con su extravagante capítulo sobre cambio climático. Pero, ¿acaso podemos reprocharles algo, cuando nos lo leemos muy divertidos, aprendemos algo y, además, nos da qué pensar? Desde su perspectiva, además, ¡qué caray!, la polémica les ha venido de puta madre para vender el libro, con portadas del New York Times dedicadas al tema incluidas.

De todos modos, un servidor también se queda con cierto amargo sabor de boca. Por ejemplo, en el capítulo dedicado a la prostitución (quizás el que más documentación original aporta de todos los del libro), que se nutre una vez más de las investigaciones de Sudhir Venkatesh (el tipo que se pasó 4 años metido en varias bandas dedicadas al negocio del crack midiendo y anotando todo, gracias a lo que hay un capítulo antológico en Frakonomics sobre la economía del menudeo de drogas, de máximo interés). Harto de pasar la vida entre traficantes que se pegan tiros, el tipo decidió ascender en la escala de la turbidez y emplear otros 4 añitos en convivir con putas y chulos de baja estofa en la patria chica de Obama: la ciudad de Chicago. Los datos son muy interesantes y explican no pocas cosas sobre las dinámicas de la oferta y la demanda aplicadas al negocio del sexo. Levitt y Dubner los recogen y explican, concluyendo cosas divertidas, como que la emancipación de la mujer y su disposición en Occidente a practicar sexo sin ton ni son (en vez de con un contrato patrimonia,l en forma de matrimonio, de por medio que permita tener todo atado y bien atadito) son las causas más brutales de competencia para el sector de la prostitución, y no la masiva llegada de inmigrantes africanas o de países del Este. Los precios de los servicios, sorprendentemente homogéneos en cada zona como los de una commodity cualquiera tipo agua, luz o gas, sí varían dependiendo de la voluntad de las ciudadanas que se lo hacen gratis a practicar sexo de manera más o menos desenfrenada. Dado que los precios que mencionan para los arrabales desestructurados de Chicago doblan lo que se paga a una neo-esclava de la prostitución traída en patera y ejerciente en cualquier barrio portuario español, las conclusiones que uno puede sacar de esto sobre el impacto de la educación de nuestras niñas de clase media, mayoritariamente en manos de monjitas muy entregadas a la causa, son demoledoras. Como decíamos antes, vamos, y sin que se nos ofenda nadie, que ya lo decían sabios como El Fary o demás lumbreras de la civilización: son todas unas putas, joder. ¡Viva la economía políticamente incorrecta si sirve para que a Hipatia de Benidorm pueda darle un pasmo!

En cualquier caso, uno se queda con ganas de leer más de los datos de Venkatesh, que parece que es quien sabe del tema. Desafortunadamente, Levitt y Dubner se detienen poco en dar toda la información que el tipo, a buen seguro, ha recopilado. En vez de ello cierran el capítulo con una investigación sobre la prostitución no callejera y de más nivel que da un poco de vergüenza. Todos los datos se basan en una entrevista con un pibón de Texas que se dejó su prometedora carrera como informática, tras dos matrimonios fracasados, para montarse su negociete por Internet, orientado a señores casados que no quieren que nadie les dé el coñazo con eso de bajar la basura y fregar los platos. Es entretenido, sí, pero tampoco es que esté muy trabajado ni los datos recogidos puedan ser tenidos por evidencia que se aproxime siquiera a lo exigido por el método científico. Ni con buena voluntad, ¡ni aplicando estándares de economista! podemos aceptar “entrevista, cenita y copa con tía buena dedicada a la prostitución de lujo” como “trabajo de campo riguroso sobre el mercado de la prostitución de alto estanding”.

El libro tiene otras cosas entretenidas. Se detienen en explicar un poco las motivaciones y actuaciones de los terroristas suicidas y nos alumbran sobre algo que ya vamos sabiendo, a base de experimentar el contraste entre los prejuicios y la cruda realidad en forma de bombazos o intentos de atentado periódicos: que los terroristas suicidas normalmente no tienen su origen entre los pobres de solemnidad sin recursos ni formación sino, antes al contrario, en las clases más ilustradas de entre las poblaciones que los generan. Vamos, nada que no supiéramos por aquí desde las acciones de Mohammed Atta. Luego nos explican que con el control electrónico que ahora tienen los gobiernos de nuestros movimientos es fácil detectar sospechosos y nos insinúan que hay un elemento crucial, el “súper factor identificador de terroristas de la muerte” que, desgraciadamente, no pueden revelarnos cúal es, pero que tiene que ver con la manera en que emplean el dinero que tienen depositado en los bancos. Una especie de coitus interruptus intelectual, la verdad, que vas viendo venir desde unas páginas antes y que, no por esperado, deja de menos mala leche. Como los servicios de inteligencia occidentales están trabajando con ese factor, hay muchas probabilidades de que al final la cosa sea que han descubierto que hay más probabilidades de encontrar terroristas entre quienes compran billetes de Meca Air por Internet u otra chorrada por el estilo a medio camino entre el racismo y la obviedad. Pero, aún así, caray, esto es como en el cole. No está bien, si empiezas a chismorrar sobre la tía que es el sueño perverso de Fulanito, que luego te calles el nombre. Son reglas que cualquiera aprende en el recreo a los 7 años y que Dubner y Levitt, al parecer, no acaban de controlar.

Tiene su gracia el capítulo que dedican a la esencia solidaria del ser humano y la atención que prestan a todos esos economistas dedicados a hacer jueguecitos de laboratorio para extraer sus conclusiones. Afortunadamente, a quien más crédito conceden es al tipo que señaló, después de que todo el mundo llevara 20 años haciendo el gilipollas, que quizás los datos no tenían mucho valor porque, si uno sabe que están observado lo que hace y evaluándolo, tiene tendencia a mostrarse como más presentable de lo que en realidad luego es en el salvaje marco que es la vida cotidiana, ese cuadrilátero donde hasta Cristiano Ronaldo, con lo guapo que es y la pasta que gana, se vuelve loco y te rompe la cara a poco que le mires mal. La ley de la selva. Vamos, que el hecho de que en un juego de laboratorio, con tu profesor y todo el mundo viéndote, no robes 20 dólares a alguien aunque puedas, no demuestra más que “no lo haces si te están viendo”. Al revés pero en un mismo sentido, la tendencia a compartir 4 ó 5 dólares con los más necesitados, si formas parte de un estudio, dice poco de lo que harás si estás ahí fuera y nadie sabe cómo empleas tu dinero.  En este sentido, me fascina también que, dado que los experimentos se realizan con pequeñas cantidades de dinero, nadie haya analizado también lo que, desde fuera, parece una obviedad. Si a mí me dan 20 euros y a mi amigo 0 es probable que tenga más tendencia a compartir con él la pasta (al 50% o dándole una pequeña cantidad) que si lo que me dan son 200.000 euros. No sé qué piensan Ustedes, pero creo que, en ese caso, es complicado que nadie se plantee dar mucho más de 10.000 euros (es decir, una ínfima parte de lo que le ha caído del cielo). Todos conocemos casos de gente a quien, más o menos inopinadamente, cae una lluvia de millones y que no dudan en ningún momento que es “su derecho” quedárselos y, todo lo más, invitar a unas copas. Copas que proporcionalmente nunca llegarán a ese 50% que según los economistas dedicados a estos jueguecitos, hay un huevo de peña que está dispuesta a dar por “solidaridad innata”.

Por último, el libro se mete en un pequeño chapapote cuando sus autores tratan de impactar al planeta con sus soluciones imaginativas para resolver problemas brutales. La idea que subyace es que el cambio climático, bueno, sí, vale, de acuerdo, quizás sea un problema. Pero que no hay manera de lograr pararlo pretendiendo que la gente haga lo que no quiere hacer. La economía consiste en jugar con lo que la gente sí quiere hacer y emplearlo en tu beneficio. Como la peña lo que desea es consumir más, gastar más y meter más octanaje al todoterreno para fardar en el aparcamiento del supermercado, los intentos del premio Nobel Al Gore y toda la panda de chuipiguays que le siguen por esa vía están condenados al fracaso. Además, qué caray, su película es una porquería y su premio una muestra más de cómo de locos están los suecos. En vez de eso, lo que hay que hacer es poner sobre la mesa soluciones sencillas, baratas y que funcionan. Y confiar en el desarrollo tecnológico. Si a principios de siglo XX las grandes ciudades del mundo estaban llenas de caballos que eran empleados para los desplazamientos y la carga, generando ruidos, accidentes y un problema de contaminación brutal porque había tanta mierda equina por las calles que no se sabía qué hacer con ella y la llegada y generalización del vehículo a motor con su ecológica manera de entender la propulsión por explosión salvó la civilización occidental, ¿por qué no confiar en que algo así vuelva a pasar? El progreso siempre permite salir del paso aunque sea, como en Futurama con la basura del planeta (que envían al espacio para acabar creando, cuando su órbita la hace regresar a la tierra, un problema mayor) o nosotros con los coches, para plantear un futuro con un problema si cabe más arduo. ¡Confiemos en eso, joder, que en 100 años estaremos todos muertos!

Con este planteamiento sobre la mesa, tan económico él, Levitt y Dubner se ponen en manos de un equipo de científicos millonarios amiguitos de Bill Gates destinados a resolver los problemas del planeta by the face. Gente sin complejos, que te propone convertir los huracanes devastadores en benéfica lluvia fina sembrando el mar de coladores de agua de esos que venden en los chinos, lanzados sobre el océano en cantidades industriales. Además de hacer bonito provocarían que el agua caliente de la superficie se hundiera y enfriarían la capa superior del océano, impidiendo que las tormentas tropicales tomaran tantan fuerza como para llegar a ser devastadoras.

El cambio climático, como podrán imaginar, es si cabe más fácil de resolver. Dado que cada vez que hay una erupción volcánica tocha, las cenizas y gases que se emiten a la troposfera impiden a la luz del sol llegar a la tierra con facilidad, enfriando todo el planeta (así ocurrió con la última erupción digna de merecer ese nombre en un mundo decente, la del Monte Pinatubo) lo que hay que hacer es meter en la troposfera mierda equivalente a la emitida por los volcanes en cantidades suficientes como para crear una especie de “parasol” que enfríe el clima planetario. Ya decíamos que la economía es así, con lo que la “super freakonomía”, no digamos. Estos científicos cachondos consideran que la cosa sólo tiene ventajas. Podemos contaminar todo lo que queramos y, cuando el calentamiento suba, contaminamos un poquito más (pero con mierda específica e insuflada a nivel estratosférico) y ya está. Reconocen, eso sí, que puede haber un pequeño problema con la vitamina D, pero lo despachan diciendo que los médicos ya se encargarán de darnos unas pildoritas, las farmacéuticas de invertir en nuevos complejos vitamínicos, el negocio seguirá en marcha y todos contentos (los animalitos, se supone, deberán mutar a especies menos vitamine D-demanding, pero vamos, nada que 10.000 millones de años de evolución no puedan solucionar). También apuntan un pequeño problemilla geopolítico asociado a este asunto. Ná, una cosilla menor. Quién controla la tubería y decide qué cantidad de mierda insuflar, porque lo que puede venir bien a unos países, con más o menos sol, lluvias o temperaturas, puede joder bien a base de bien a otros. Pero como todo el mundo tiene claros los benéficos efectos de que el cotarro lo manejen los americanos, tampoco nos preocupamos demasiado por este tema y pasamos a arreglar el mundo en dos patadas, oiga, que es para lo que nos pagan.

Las soluciones para inyectar mierda troposférica son también imaginativas. O una manguera de 15 kilómetros de longitud, sostenida con globos y buscando el espacio exterior (que, nos aseguran, se puede hacer y sería de lo más barata) con bombas sostenidas con globos cada x metros para ir subiendo la porquería o gigantescas chimeneas por las que elevarlo aprovechando que, al parecer, podemos montar una buena fogata para que la cosa funcione, casi, sola. Todo rico, rico, rico y baratillo. Qué tiene todo esto qué ver con la economía es algo que uno no acaba de entender pero, llegados a este punto, eso es lo de menos. Levitt y Dubner, llegados a este punto, pontifican con total tranquilidad sobre cuestiones sobre las que tienen poca idea (o, más bien, ni puta idea). Nosotros, qué diablos, no vamos a quedarnos atrás y planteamos también una alternativa realista y más barata y mona si cabe. Porque puestos a proponer soluciones de geoingeniería espectaculares, y dado que el modelo son las erupciones volcánicas, a mí me parece más barato, en lugar de construir nuevas chimeneas emplear las ya existentes. Esto es, los volcanes. Joder, sí están ahí, pidiendo que los usemos. ¿Y acaso no es más barato y económico usar algo que ya está? Metemos un par de bombas nucleares de esas que llevamos al desguace cuando no están para ser usadas y provocamos una buena explosión volcánica que lleve cenizas y anhídirico sulfúrico a la estratosfera regularmente. ¿No es una solución más elegante?

El asunto, como es normal, ha irritado mucho a defensores del clima, y especialmente por la utilización de los nombres de algunos científicos comprometidos con la lucha contra el cambio climático. La turba ecologista ha señalado errores en el texto y ha puesto el grito en el cielo. Pero, en general, hay que considerar que, si bien hay algún pequeño error en la cita de las opiniones de Ken Caldeira, tampoco parece que éstos hayan sido de mala fe ni demasiado importantes. La cuestión no es si los datos que manejan son o no ciertos, si la geoingeniería es o no la solución, en cualquier caso. Lo extravagante, y lo criticable, es hasta qué punto consideran Levitt y Dubner que una aproximación desde esta manera de entender la economía es la única posible.

La manera en que, llevados por esa creencia, extreman las críticas a científicos como Lovelock es muy simpática, contraponiendo sus opiniones (y tachándolas de sectarias y de contenido más religioso que científico) a las del extravagante periodista y actual alcalde de Londres Johnson. Un tipo con formación en saraos etílicos en Eton, pero poco más. Pues bien, con esa cita de autoridad se da por zanjado el tema y Lovelock o Gore quedan retratados como meros majaderos oportunistas. Parece un poco injusto, la verdad. Así como el cachondeíto por el premio Nobel de Gore, que puede compartirse, ciertamente, cuadra mal con la veneración a los diversos economistas con “Premios Nobel” citados en apoyo de las tesis de los autores. Más que nada porque, puestos a cachondearse, a lo mejor tiene más sentido hacer unas risas con unos premios no fundados ni sufrados por la Fundación Alfred Nobel sino por un conjunto de bancos que le pagan una pasta para poder conceder unos “premios en honor a Alfred Nobel” y que la plebe piense que son como los otros. Y no es que Alfred Nobel tuviera nada contra los economistas. Al parecer, él sólo excluyó a los matemáticos porque sospechaba que su mujer le puso los cuernos con uno. Economistas es que, el pobre, sólo conocía al contable. Lo que pasa es que ahora el mundo de las finanzas necesita toda la publicidad que pueda pagarse. Y como tienen capacidad y ganas de hacerlo, lo hacen. Otros negocios más honrados, como el de los astrólogos, no necesitan buena prensa para marchar a todo tren. Pero si se vieran forzados a buscarla, y pagaran lo suficiente a la Fundación Nobel, en breve tendríamos unos premios, también “en homenaje” y repartidos el mismo día que los otros, en la materia.

Dicho sea todo esto sin ánimo de ofender a nadie, pero para señalar que, puestos a reírse de algunos premios Nobel, en el libro tenían mucho material para ello. Y para analizar eso de los estímulos económicos y su influencia en el comportamiento humano, también en esta materia. Queda el asunto propuesto para Mega Freakonomics, que leeremos también con entusiasmo. Porque, como se ha dicho, el libro es entretenido e informa. Y obliga a pensar, aunque sea para estar en desacuerdo con algunas de las extravagancias citadas. No se puede reprochar a Levitt y Dubner, además, que lleven las cosas tan lejos en sus ganas de ser originales. ¡Unos tipos que ponen a sus libros estos títulos es que no se toman a sí mismos demasiado en serio, lo que les honra, y prefieren dejar claro desde el principio que nos podemos echar unas risas con ellos y su aparente pretensión! Se agradece, la verdad.фото дизайн ванных комнатраскрутка по ключам


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  1. Comentario de Chef (26/01/2010 18:31):

    ¿”autorres”? Vuestro acento ruso os delata una vez más como marxistas-leninistas ;-)

  2. Comentario de Olivia (26/01/2010 19:05):

    Aqui están las reseñas/la reseña (empezó siendo una, se acabó dividiendo en tres) que en su día DiNardo hizo de Freakonomics:

    http://www-personal.umich.edu/~jdinardo/Freak/freak.html

    Dejando de lado que pone el libro a caer de un burro, lo mejor que tienen estos textos es que, en el proceso, DiNardo discute muy bien lo que se puede esperar o no de la economía y de la econometría, lo que es popularización y lo que es puro entertainment y qué criterios se pueden usar para decidir cuál es una pregunta interesante en ciencias sociales. No sé si es entretenido y desde luego divertido no será, pero el texto está muy bien.

  3. Comentario de Nacho Pepe (27/01/2010 01:14):

    Siento que no tengo tiempo de leer la reseña de DiNardo antes de cmentar y espero no repetir lo que dice el link que deja Olivia.
    Yo, que me leí el primer libro hace no tanto, lo que no soporto de esta gente es que llame a su “ciencia” freakonomics por aplicar técnicas econométricas a casos que podríamos llamar de la sociología. Porque la econometría no es al fin y al cabo la aplicación práctica a la economía de ciertas técnicas estadísticas complejas creadas en su mayoría no por economistas sino por matemáticos, que para algo son los que nos apañan a todos las herramientas con las que luego hacemos estas monstruosidades para aparentar cientificidad en otras disciplinas.
    Y aquí llegan estos dos, y apican téncicas complejas de la estadística a la sociología… ¡y van de economistas cachondos! La verdad si alguien ve dónde entra la economía en todo eso que me lo explique… aparte de la pasta que se sacan ellos porque, claro, si lo llamasen “sociofrikology” no vendería una mierda entre los yuppies de Wall Street que es lo que interesa.
    Con esa posura “la Economía es la religión que lo abarca TODO y a ella nos debemos referir auqnue etemos hablando de otras cosas” me doy por avisado qu en este tratan el tema del Cambio Climático y que mejor no empiezo ni a leerlo por la mala bilis que me va a despertar. Al igual que la legión de frikis negacionistas que plagan internet, por cierto, con teorías absurdamente incompatibles según sean anti-imperialistas yankis o conservadores-pro-petróleo, lo dejo caer así por si hay debate.

  4. Comentario de Nacho Pepe (27/01/2010 01:16):

    Dios, me he superado a mí mismo con las erratas, lo siento.

  5. Comentario de Clara M. (27/01/2010 13:02):

    Cuidado, Andrés, que habrá quien considere que toda esa coña es un claro signo de misoginia. Si la gente tiene dificultades para leer en segunda derivada, imagina en tercera.

  6. Comentario de Juanfer (27/01/2010 13:12):

    Soy estudiante de económicas y, la verdad, no acabo de ver claro el cachondeíto con el gremio. Está claro que no hay resultados o previsiones 100% fiables, pero ¿acaso eso significa que no seamos científicos?

    ¿Puedes ampliar lo del Premio Nobel? Porque, sinceramente, no veo por qué habría de ser diferente y ser tomado menos en serio el nuestro que los demás y esa historieta que cuentas, francamente, suena a leyenda urbana anticapitalista.

    De todos modos, muy interesante la reseña. En clase trabajamos mucho con Freakonomics y había profesores a los que les encantaba mientras que a otros no tanto. Pero en general lo hemos usado mucho. Pones el enlace a la versión americana del libro. ¿Ha salido ya en castellano?

  7. Comentario de Esteban (27/01/2010 14:59):

    Ya ves, Nacho Pepe, yo lo que siento es más bien una legión de frikis debotos de la iglesia de la “Calentología” que plaga internet con Al Gore como supremo sacerdote, Gaia como diosa y un infierno de 2 grados más de temperatura y dogmas de fé incuestionables e indudables.

    Seguro que no nos pondríamos de acuerdo, pero por favor no me insultes llamándome “negacionista”.

  8. Comentario de Nacho Pepe (27/01/2010 23:07):

    Juanfer,lo del Premio Nobel de Economía no hace falta que te lo amplíe Andrés.
    “El premio no es sufragado por la Fundación Nobel, sino por el Banco de Suecia”
    http://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Premio_Nobel_de_Econom%C3%ADa
    Ya sabemos que la Wikipedia no en la Encyclopedia Bitannica, pero vamos, Leyenda Urbana… yo no lo llamaría.
    Y no, no somos científicos como un Físico, sino más bien como un sociólogo, pero como os han quitado la epistemología y la Filosofía de la Ciencia de los planes de estudio ni siquiera sabéis los estudiantes de ahora por qué.
    Y no parece que hayas considerado mi comentario ¿dónde está la economía en freakonomics? Para mí es claramente sociología compleja y punto.
    Esteban creo que sí estaríamos de acuerdo en muchas cosas. Por ejemplo que Al Gore es un ridículo oportunista que habla de cosas de las que no tiene ni idea en vez de dedicarse a lo suyo. Yo simplemente considero que miles de científicos de acuerdo en un análisis y los testimonios de cientos de personas que andan ya con el agua por los tobillos (es una imagen figurada, no te lo tomes en sentido literal) es más probable que tengan razón que pensar que forman todos parte de una gran conspiración ONGero-masónica mundial que incluye a Greenpeace, los EEUU (a pesar de que negaron el calentamiento oficialmente hasta hace cuatro días) y y la Asociación de Científicos Locos International Inc.
    Negacionismo no es un insulto, si la mayor parte de expertos y hasta los políticos que habían sido reticentes han asumido que hay un peligro real de que las emisiones de CO2 provoquen , negarlo basándose en informes elaborados por gente en muchos casos pagados por las empresas que se lucran con las actividades que eiten dichos gases es… pues eso, negacionismo.

  9. Comentario de Andrés Boix Palop (LPD) (28/01/2010 08:08):

    Juanfer, amplío la información que te da Nacho Pepe con la que da la propia Fundación Nobel:

    http://nobelprize.org/nobel_prizes/economics/

    Verás que no es un premio Nobel “Nobel Prize in…”, sino que se llama “Prize in Economics”, más en concreto “The Sveriges Riksbank Prize in Economic Sciences in Memory of Alfred Nobel”. Con eso de que es “en memoria de” y la pasta que mete el Banco a la Fundación Nobel consiguen que se entregue el mismo día y que todos los medios de comunicación, generosos con la banca, lo denominen alegremente “Premio Nobel en Economía”.

    Gracias por los enlaces, Olivia. A ver qué dice el tal Di Nardo (que tiene un nombrecito, el tipo, como para ser el héroe del próximo Gran Hermano) sobre el asunto.

    Como menciona Nacho Pepe, y no sé si será lo que dice Di Nardo, la economía, mal que bien, trata de aclarar cómo funcionamos los seres humanos a la hora de optar entre alternativas con la idea de optimizar resultados. Pretender que cualquier elección, sea en el ámbito que sea, y sea por los motivos que sean, tiene que ver con la economía parece aventurado. A mí también, como decía al principio de la reseña, me parece que, más bien, estamos hablando de sociología o de psicología. Y eso por no mencionar que, lo siento, cuando ya nos ponemos a hablar de alternativas a la reducción de emisión de gases para arreglar el problema del cambio climático, y lo hacemos durante 50 páginas, es complejísimo aceptar que el libro está hablando de economía (por mucho que el origen de todo sea la afirmación de “en economía, no se puede lograr que la gente deje de hacer lo que quiere hacer y lo que le conviene hacer” (afirmación que no tiene en cuenta que lograr que deje de resultar rentable coger el coche puede ser conseguido con relativa facilidad a poco que nos pongamos a ello y que, en consecuencia, no sólo de cuestiones económicas respira el asunto). Pero, vamos, esto os lo dejo a los del gremio.

  10. Comentario de Esteban (28/01/2010 09:07):

    Nacho Pepe, evidentemente te interesa el tema de la farsa de calentamiento global (perdona por esta temprana declaración de intenciones), pero te interesa de oídas, no para embeberte en el tema.

    En principio, hablas de miles de “científicos de acuerdo”, primer error, el IPCC es un organismo político de las Naciones Unidas, no científico, el consenso no es cosa de científicos, es de políticos (la ciencia no se decide por consenso) aún así, tal cacareado consenso no existe (es lo primero que se descubre cuando se lanza uno a estudiar un poco el tema).

    En cuanto a las personas que andan con el agua por los tobillos, segundo error, los mares no han subido de nivel más que unos milímetros debidos probablemente a la variabilidad natural y nada indica que lo vayan a hacer más.

    Yo sí soy físico y te aseguro que dan mucho más miedo los políticos que el “calentamiento global” (ahora prefieren llamarlo “cambio climático” puesto que calentamiento lo que es calentamiento no se está produciendo y el clima evidentemente cambia puesto que no es una constante).

    Tercer error: “negacionismo” sí que es un insulto pues equipara a las personas que contemplan el escepticismo como parte del método científico (toda hipótesis es sospechosa de falsedad hasta que se demuestra que efectivamente es falsa con lo que debe abandonarse la hipótesis) con aquellos que niegan el holocausto nazi de la segunda guerra mundial.

    Por último en cuanto a dinero a favor o en contra de la hipótesis, la balanza se inclina exageradamente (varios ordenes de magnitud) del lado de la “calentología”, es a este lado donde hay que buscar conflictos de intereses.

  11. Comentario de Nacho Pepe (28/01/2010 14:44):

    Lo siento Esteban, pero no puedo seguir discutiendo contigo.
    Igual que igualabas a todas las personas que luchamos contra el calentamiento global con los alegres seguidores de Al Gore, ahora cuando hablo de científicos tú limitas la comunidad científica que trata sobre el cambio climático al IPCC y hablas de un “consenso” que yo no he mencionado por ningún lado.
    Ya te he dicho que o del agua por los tobillos era una metáfora, pero no te has dado por enterado. No se trata de medir si el mar sube o no sube con una regla.
    Me alegro de que seas físico, por esa regla de tres yo soy economista con un Master y medio (estamos en ello) y de los intereses que pueda haber detrás de una u ota postura debería saber un rato más que tú, pero no creo que los papelotes firmados por el rey den legitimidad a nadie (los firmados por Jefes de otros Estados tampoco).
    El escepticismo es muy sano, por eso se os llama negacionistas, porque no os limitáis a cuestionar, sino que negáis. Conozco la relación con el tema del Holocausto, pero en realidad me parece más respetuoso eso que llamaros conspiranoicos a secas, al menos no implica padecer ninguna enfermedad mental.
    No he dado ningún argumento más ni enlaces a favor de mi postura por terminar aquí el tema, pero si no quieres que me quede con la última palabra te prometo que no responderé de nuevo al siguiente comentario que hagas.

  12. Comentario de Olivia (28/01/2010 16:33):

    DiNardo es un señor supermajo y por escribir esto (yo creo que lo hizo porque no se podía aguantar) ha tenido que soportar que le digan que lo hacía por la publicidad, por envidia y qué sé yo. No es un joven o medio-joven en ascenso, la utilidad marginal para él de hacer esto era casi cero o incluso negativa. Sus contribuciones ya hablaban por sí solas antes de la “polémica”. Joder, es el hombre que ha escrito, con pero también sin David Card, algunas de las contribuciones a la economía laboral más creativas e importantes de los tiempos recientes. Y un libro de econometría que tocaba cosas tan en la frontera que los libros más modernos incluso hoy a veces se dejan fuera.

    Dicho todo esto no fue uno de mis supervisores ni es mi amigo personal ni mi coautor.

    La definición de lo que debe o no debe hacer un economista que leo por ahí arriba la encuentro un poquito estrecha y super ortodoxa pero en todo caso preferible al colonialismo de algunos. Yo creo que el problema, más allá de las idas de olla absolutas, es el “todo para mí”. Las ciencias sociales son eso, sociales, y hay preguntas que requieren un input multidisciplinar. No pasa nada si un economista analiza alguna de esas preguntas utilizando su formación (teórica o econométrica, por ejemplo, o también os habéis dejado por arriba que parte de la economía -aunque no sólo de ésta- es el análisis de las reacciones del comportamiento individual ante diferentes sistemas de incentivos), pasa cuando parece que su approach, su manera de hacerlo y su respuesta son presentadas como la única verdad y la única contribución válida al debate que sea. Esto, si se me permite un pequeño “y tú más” lo hacen los médicos a menudo con quienes hacen economía y gestión de la salud.

    Poner etiquetas tan taxativas (esto es de sociología, lo otro de economía, lo otro tal) dentro de las ciencias sociales es algo reduccionista.

    En cuanto a la sociología, yo creo que hay escuelas bastante variadas, como en todo. Parecería que los economistas son “todo matemáticas absurdas” y los sociólogos “todo blah blah blah”. Hay sociólogos que me pueden sacar los colores con sus conocimientos de econometría y que razonan de una manera muy similar a la mía. También he sido asistente de programación en otra institución y cuando venían los sociólgos a plantear dudas aquello era como hablar con alguien de Marte. Habrá de todo, en fin.

  13. Comentario de Esteban (29/01/2010 09:28):

    Nacho Pepe, lamento que te hayas enojado pero no es necesario faltar al respeto.

    Yo tampoco tengo ningún interés en discutir, además probablemente este no sería el sitio más adecuado.

    Únicamente te pido que hagas el esfuerzo de acercarte al tema, si lo deseas, con un espíritu más crítico y racional.

  14. Comentario de oTILIO (29/01/2010 18:54):

    Creo que, en realidad, Andrés y Olivia están de acuerdo. Vamos, que la economía es estudiar, como mucho, cómo reaccionamos los seres humanos a los incentivos y cómo elegimos, de acuerdo a los mismos, en cada entorno. Pero si la elección no tiene que ver con esos incentivos sino como ideas, miedos, pautas sociales… pues ya estamos hablando de otra cosa.

    No me he leído lo del enlace. Olvia, ¿puedes resumirlo un poco?

    En cualquier caso, la sensación es que, si los economistas aceptan cada vez más ser parecidos a sociólogos o psicólogos, en vez de aspirar a ser como matemáticos… su prestigio social acabaría como el de los sociólogos o psicólogos. Por los suelos.

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