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El maestro en el erial. Ortega y Gasset y la cultura del franquismo – Gregorio Morán

Hace unos meses publicábamos en LPD una reseña del libro de Gregorio Morán sobre Adolfo Suárez [1]. Al autor le reconocíamos una serie de virtudes, algunas verdaderamente difíciles de encontrar: lo hijoputa que es (fácil), lo bien, al estilo alambicado, que escribe (difícil), y la sensación de que realmente estamos ante un individuo que se ha molestado en documentarse, sabe de lo que habla y tampoco tiene intención de callarse (muy difícil). ¿Un hijoputa que sabe de lo que habla? ¡Esto es el triunfo y la gloria!

Con estos mimbres, no cabe extrañar que LPD recogiese el guante expresado en los comentarios de esa reseña por un lector [2], que abominaba de otras obras del personaje y anunciaba que tenía también una biografía sobre Ortega y Gasset que era, en realidad, una biografía contra Ortega y Gasset. ¿Una biografía contra Ortega y Gasset, por fin? ¡Esto es, otra vez, el triunfo y la gloria!

Desgraciadamente, desde este punto de vista el libro que nos ocupa es decepcionante: no puede decirse que Morán haya escrito una filípica contra Ortega, sino que, sencillamente, ha hecho lo que hace siempre, por lo visto (en LPD, y en España, “dos veces” es “siempre”): analizar el devenir de un personaje público poniéndolo en relación con su entorno y, naturalmente (recuerden, es un hijoputa), cebándose en todo momento en sus flaquezas (las del personaje y las del entorno) como criterio (habitualmente lúcido) para explicar las cosas. Sobre todo, si sus flaquezas no se ven a simple vista o la leyenda posterior ha tratado de ocultarlas. Particularmente divertidas resultan, en este sentido, las continuas referencias de Morán a la incompetencia, secretismo y afán censor de la Fundación Ortega y Gasset, que a fin de cuentas son quienes abrieron sus puertas a nuestro plumilla para que éste se quedase a gusto poniendo a parir al Maestro.

Por otra parte, llama la atención en un escritor de biografías como Morán el hecho de que sus personajes se queden siempre desdibujados, confundidos con el entorno al que constantemente recurre el autor, insuficientemente perfilados (salvo para humillarlos y hundirlos en la miseria, con el único consuelo de que Morán también hunde a los demás; no le desearía ni a mi peor enemigo que Morán le hiciese una biografía). Esto, que ya se percibía en la biografía de Suárez, está aquí mucho más claro.

De manera que no estamos ante un libro contra Ortega, pero tampoco es, en puridad, sobre Ortega. Es un libro sobre la “Época Oscura” por antonomasia de la cultura española, los años de plomo del franquismo tras la guerra civil española, que además suceden a la “Edad de Plata” de las letras españolas (que, si no leen Ustedes Nature, sabrán que ocupa el primer tercio del siglo XX [3]). ¿Un libro que habla de curas y falangistas simulando hacerlo de Ortega y Gasset, con lo plomo que es el tío? ¡Qué maravilla!

Y eso es, en efecto, lo que a grandes rasgos nos encontramos. Un libro muy interesante por surrealista y atípico: por molestarse en hacer una revisión del páramo de los años 40, tan concienzuda como implacable (aunque también, todo sea dicho, un tanto indigesta, al estilo recargado y ampuloso del autor, que bien podría escribir en LPD), del integrismo y del devastador efecto que la combinación del exilio con la mano de hierro del franquismo tendría sobre la cultura española, prácticamente inexistente en esos años (algo de lo que bien que se aprovecharían los que supieron pillar en el momento adecuado, como Aranguren, Julián Marías o Laín Entralgo, que tan buena prensa de intelectuales críticos lograron granjearse después).

La España de los años 40 es, en efecto, un erial en el que sólo encontramos dos actantes. Por un lado los falangistas [4], liderados por gente como Dionisio Ridruejo o Pedro Laín Entralgo. Su visión de España viene directamente de Hernán Cortés [5], pero al menos presentan cierto proselitismo (como el propio Hernán Cortés, que bien que se afanaba en agenciarse amistades y fornicio entre los indios), algún interés por atraerse a los heterodoxos y apropiárselos para la causa (como hicieron con Machado, que estaba muerto y no podía protestar, y tratarían de hacer con Ortega).

Por otro lado, la Iglesia, los curas y el sol naciente del Opus Dei. De convicciones mucho más firmes, no quieren cultura de ningún tipo, dado que, a su modo de ver, desde el siglo XIII las cosas han ido de mal en peor. Ambas facciones se enfrentarán a lo largo de estas dos décadas, hasta la victoria final del nacionalcatolicismo [6] más puro a partir de 1956.

Justo un año antes, en 1955, muere en Madrid Ortega y Gasset. Durante los diez años anteriores (desde que volvió del exilio en 1945) ha sufrido un paulatino ninguneo (más que acoso propiamente dicho), un “exilio interior” que proviene más claramente de la falta de interés del régimen por tenerle en cuenta que de un supuesto talante crítico de Ortega. Porque, según nos cuenta Gregorio Morán, ante quien estamos es ante un especialista del pasteleo, un intelectual cobarde e incapaz de comprometerse frente a la evidencia de la podredumbre del régimen de Franco.

Tampoco es que cargue las tintas con esto más de la cuenta, pero no deja de recordarnos, a lo largo de todo el libro, que Ortega denunció la deriva republicana y apoyó, al menos implícitamente, el Alzamiento; que volvió a España en 1945 con el –obvio- plácet del Caudillo, reincorporándose a su cátedra con el sueldo completo (cátedra que cobraría puntualmente hasta los setenta años); y que, en fin, al principio hizo algunas tentativas por tener presencia pública e influir en el Régimen “desde fuera” (en la ingenua convicción de que esto era posible o de que, en cualquier caso, al Régimen podía interesarle en lo más mínimo cualquier cosa que tuviera que decir él o cualquier otro pérfido intelectual).

Como contraposición de Ortega, de su indefinición, de su perpetua querencia por, valga la redundancia, dejarse querer (por Primo de Rivera, por la República, por el franquismo), Gregorio Morán recurre a Unamuno, archienemigo intelectual de Ortega y que, obviamente, cuenta en su currículum con un admirable historial de integridad y resistencia frente al poder, culminado con el famoso “venceréis, pero no convenceréis”.

Como le ocurre a menudo, creo que a Morán le pierde aquí su afán por escarbar en lo peor de cada cual. Resulta excesiva la crítica a Ortega por esta cuestión. Es humano y comprensible que una persona de más de sesenta años, que lo ha sido todo en España, que siempre ha vivido allí, quiera volver a morir al terruño. El error no es tanto transigir lo justo y necesario para que te dejen volver (y si, de paso, te sueltan un sueldazo taurino, pues mucho mejor), cuanto hacerse ilusiones de que, al volver, las cosas serán como solían ser y Ortega tendrá el ascendiente intelectual que ostentó en el pasado. ¿De qué sirve un ascendiente cuando no hay nadie sobre quien ejercerlo? Es como si el mejor jugador de curling [7] de todos los tiempos fuese español: nadie le haría caso ni se le tendría en cuenta. Por eso los esfuerzos de Ortega por pintar caen en saco roto.

Porque aquí, en España, las cosas estaban muy claras, y aunque algunos falangistas de la primera hora sí que tuvieron cierta tendencia a coquetear con el filósofo español (no así los curas, que siempre le odiaron, por hereje), a la hora de la verdad Ortega ni estaba, ni se le esperaba. En el libro da la sensación de que habría bastado con que el Caudillo le concediese una audiencia en el Pardo y le hiciese un par de carantoñas para que Ortega, cual filosófico osito de peluche, se pusiese a sus órdenes. Esto, teniendo en cuenta la tendencia de Ortega a dejarse querer y hacerse el remolón a un tiempo, habría sido poco probable; y, en cualquier caso, de todo punto imposible que al Caudillo se le hubiese siquiera pasado por la imaginación meter a Ortega en la causa suprema del Movimiento Nacional (que no mandas, y menos en un país como este, impertérrito a lo largo de cuarenta años porque te guste compartir el poder, o la apariencia de poder, con el primero que te cite a Heidegger en la lengua original y ponga cara de que medio lo entiende).

Por último, si por un casual Ortega hubiese adquirido una mayor relevancia en la España franquista, allí habrían estado los curas integristas que avalaron la Cruzada para, en su nauseabundo estilo, hundirlo de nuevo en el fango. Porque España no ha sido país católico todos estos siglos por su facilidad para perdonar a los enemigos, ni por su acendrada tolerancia. Y pocas instituciones como la Iglesia para destruir cualquier forma de pensamiento enrrededor que perciban como una amenaza (es decir, casi cualquiera). Más aún si la amenaza, como era el caso, provenía de un laico impenitente, que lo siguió siendo (algo que le reconoce Morán) hasta su muerte, a pesar de las presiones.реклама юридических услуг [8]seo google [9]