Sicko (Michael Moore, 2007)

Moore Health System 

Hace ya algunos años, un documentalista con fama de agitador llamado Michael Moore se convirtió en un icono de la progresía europea con el estreno de Bowling for Columbine. Se trataba de una película que, independientemente de que estaba muy bien realizada, iba destinada al consumo norteamericano: partía de un problema específico norteamericano (la proliferación de armas de fuego en el país) para analizarlo a partir de las opiniones de las entidades norteamericanas (músicos como Marilyn Manson o la Asociación del Rifle) y determinar un problema de la sociedad yanqui, como es la política de los mass media consistente en mantener un cierto tipo de paranoia de control entre el público. Con todo, la película no sólo triunfó en su país, sino que entusiasmó en Europa, donde se miraba el documental con la complacencia de pensar, “mira mira, las contradicciones internas del capitalismo opresor”. Las huestes de Ramonet y Chomsky abrazaron al nuevo Mesías.

Moore se creció. Como ya de por sí es un personaje con un ego desmesurado, se miró en el espejo y creyó ser Pedro J. en los últimos años del felipismo: el periodista que iba a tumbar un gobierno. Y fue así como tuvo a bien demostrar al mundo que aún podía ser más inteligente y movilizar a la población con una nueva peliculita que impediría la reelección de George Bush en la presidencia USA en 2004. Así surgió Fahrenheit 9/11, una obra en la que ya no había un tema de partida (como en Bowling con la posesión de armas), sino un intento demagógico por presentar a Bush como el demonio. Y no estamos diciendo que Moore no tuviera razón. Pero el problema fue que se creía tan listo, con tanto tanto amor por sí mismo que el documental destilaba por todos lados una especie de pataleta mal gestionada que nunca llegaba al fondo del asunto. Uno siempre se queda con la sensación de Michael Moore consiguió movilizar entonces al electorado, pero al republicano. La película tuvo el efecto contrario al que perseguía como objetivo principal, pero, oiga, que ganó la Palma de Oro en Cannes. Pedazo de reconocimiento. Un poco más y le dan un Goya.

Fahrenheit 9/11 fue una vuelta de tuerca más que gustó en su momento a todo el mundo (también a nosotros, jóvenes progretarras francófilos que éramos entonces). Pero, vista con un mínimo de distanciamiento, se descubren a la legua todas las trampas, trucos y manipulaciones del agitador. Era tan listo que iba de listillo, tan ególatra que eclipsaba a cualquier entrevistado que pillaba con su cámara, y con tanta pose de provocador que sólo provocaba rechazo. Los lectores de Le Monde Diplomatique estaban contentos, pero los de La Página Definitiva no acababan de verle la gracia a aquel juego. Una vez más, ¿saben quiénes tenían razón? Han acertado. Por todo ello, cuando a España llegó con retraso la última de Moore, Sicko, uno ya iba con la mosca tras la oreja. Sólo había un dato que nos despertaba interés: el retraso de su estreno en nuestro país (unos dos añitos, puesto que la película es de 2007). ¿Qué había pasado? ¿Michael Moore ya no enfervorecía a su parroquia? ¿El retraso se debía al complot imperialista, a problemas con la SGAE o a que no cumplía con la cuota de cine patrio pese a la presencia de hispanos en el metraje? Estas dudas existenciales nos movieron a ver la película y, curiosamente, apreciamos algunas cosas que se han de tener en cuenta.

Para empezar, en Sicko Papá Demagogo abandona la senda trazada en Fahrenheit 9/11 y vuelve a encontrar dinamita en un asunto tan capital como escandaloso en la sociedad norteamericana: el sistema sanitario. Desbrozando toda la porquería que le van contando distintas personas sobre sus experiencias con los seguros médicos, Moore llega esta vez, como en Bowling, al meollo: la connivencia de las grandes empresas aseguradoras con el poder político. Pero en esta ocasión le atiza no sólo a Bush (y más que se merece, por supuesto), sino también a los demócratas. En concreto, acusa a Hillary Clinton de abandonar su idea de crear un sistema sanitario público cuando empieza a recibir donaciones económicas de las compañías de seguros. La culpa del giro en la Sra. Clinton no se debe a que los republicanos empezaron a torpedear con cortinas de humo como el escándalo Lewinsky. No. Aquí Moore no vuelve sobre ese argumento, sino sobre la incompetencia y corrupción de nada menos que una de las figuras más prominentes del partido demócrata.

Por otra parte, Moore ya no tiene el ansia de protagonismo de sus anteriores trabajos. Sigue siendo un documental de autor en que expresa en todo momento su punto de vista, por supuesto, pero aquí ya se le nota muchísimo menos ávido de notoriedad. No hace chistes socarrones, no se burla de los entrevistados, no les interrumpe apenas, y se le ve más concernido con el tema que trata. Eso redunda en una mayor dosis de mala leche. Ahí está la secuencia final, gloriosa por cuanto ataca al discurso dogmático de los neo-con estadounidenses. En esta secuencia, Moore entrevista a voluntarios que ayudaron en las tareas de rescate de las Torres Gemelas. Se trata de unas personas que arrastran, como consecuencia de esa labor, graves problemas respiratorios y que, además, no tienen derecho a asistencia médica por su carácter de voluntarios y de no-profesionales. Moore los lleva a Guantánamo (donde los presos tienen una buena asistencia sanitaria) y, al no dejarles entrar, los traslada a un hospital cubano, donde les hacen el diagnóstico completo que les niegan las compañías aseguradoras norteamericanas. El colofón viene ya con el homenaje que les brindan un grupo de bomberos cubanos.

El cóctel es explosivo: 11-S, Torres Gemelas, héroes voluntarios, Guantánamo, Cuba. Una secuencia que le da un puñetazo directo al discurso patriotero de Bush. Y, además, con una gran emotividad. Contada así parece una nueva travesura desmedida de Moore, pero hay que ver la secuencia para constatar el nuevo enfoque: sustitución de la socarronería fácil o del sentimentalismo afectado (del que hacía gala en su encuentro con Charlton Heston en Bowling) por una sensibilidad que se refleja en el rostro de los voluntarios. Eso sí, Moore siempre ha sido y será un vacilón, y se permite al final contarnos cómo le ayudó a un webmaster enemigo suyo con una donación económica anónima. ¿Anónima, tío? ¡Pero si lo estás diciendo en tu película!

Cosillas de éstas aparte (Moore puede contenerse, pero tiene que mostrarse como es), la película recupera a este genio de la agitación. Gustará o no, pero, después de ver Sicko, hay que reconocerle varias cosas: su concepción del cine como herramienta de transformación social (aunque a veces se equivoque en su uso); su amplio sentido didáctico (explica con mucha sencillez los asuntos más peliagudos de la alta política); su capacidad para crear toda una escuela de documentalistas de izquierdas (recomendamos Religulous, una película increíble sobre el auge del cristianismo fundamentalista en EE.UU.); y su sentido del humor. Un sentido del humor que puede irritar pero que, en Sicko, se presenta mucho más inteligente y menos centrado en su figura. Y la verdad, no son pocas las cosas que le reconocemos.уголовная ответственность несовершеннолетних в украинерепутация фирмы это


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  1. Comentario de Juan Carlos Hernández (04/12/2009 21:19):

    Jajajaja… ¡¡Brillante el comentario #15!! Señor Alberto. Después de ahí dejé de leer el resto de comentarios. Saludos.

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