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Memorias – Albert Speer

Hay que estar muy enfermo para leerse unas memorias de 1000 páginas de un tipo que ni siquiera es Cristiano Ronaldo, o “Ric” Costa [1]; un tipo cuyo principal mérito es que fue arquitecto predilecto de Hitler y, posteriormente, ministro de producción de armamentos del Tercer Reich, lo cual, en el contexto (1942-1945) y en el país en el que lo fue, venía a ser una especie de superministro, como si en España fusionamos Vivienda, Igualdad e Innovación en una sola cartera, “Ministerio V.I.I. para las ministras de hoy”, en Vogue.

Hay que estar muy enfermo… Y el que esto escribe, a qué negarlo, lo está. De II Guerra Mundial y, ya puestos (y espero que nadie me malinterprete), de Tercer Reich. Por eso, días después de ofrecerles la reseña sobre El Día D [2], de Antony Beevor, y como continuación de la saga informal sobre la guerra y el nazismo que hemos venido perpetrando en LPD (que cuenta también con Hitler I [3] y Hitler II [4], de Ian Kershaw; El Imperio de Hitler [5], de Mark Mazover; Por qué ganaron los Aliados [6], de Richard Overy; y El Incendio: Alemania bajo los bombardeos [7], de Jörg Friedrich), allá va:

Albert Speer era el niño bonito de Hitler, el cachorro más aventajado de la intelectualidad alemana bajo el III Reich. Con apenas treinta años ya accedía al círculo íntimo de Hitler, y contaba con el privilegio de reunirse horas y horas con el Führer para hablar de los desmesurados proyectos arquitectónicos de este último, para Berlín, para Linz (la ciudad-poblacho austriaco de donde provenía la familia de Hitler), para Núremberg, …

A partir de 1942 la vida de Speer da un vuelco radical. Tras la muerte de Fritz Todt, el José Solís Ruiz (la sonrisa del régimen) del nazismo, en un accidente de aviación, Hitler decide confiar en Speer para que le lleve la producción de armamento, justo en un momento en el que comienzan a arreciar los bombardeos de los Aliados sobre la industria alemana (que posteriormente se combinará con la pérdida de regiones y recursos estratégicos). Contra todo pronóstico, el “caprichito” de Hitler sale bien y Speer logra aumentar en 1943 y 1944, pese a las dificultades, la producción de armamento. Tampoco es que se quedase calvo pensando, simplemente aplicó una solución ganadora: descentralizó la industria, aplicó el sistema de producción en serie allá donde era posible y, naturalmente, esclavizó a millones de trabajadores extranjeros.

Al acabar la guerra, Speer es juzgado en Nuremberg con los demás jerifaltes nazis. Desde el principio adopta una estrategia que combina el reconocimiento de su culpabilidad en sentido abstracto (“hay que ver, qué mal me sabe lo de los campos de exterminio y eso. Pobres judíos. ¡Que yo contra ellos no tengo ná, que quede claro!”) con su insistencia en el perfil profesional (“mire Usted, yo soy arquitecto, y si hay que producir armas se producen”) y de que todo eso del exterminio no iba con él (“Qué vergüenza, qué malo que era el Führer. Si lo hubiera sabido ahí me habrían tenido Ustedes, luchando codo con codo con los judíos por sus derechos y libertades”).

Con este truquete, unido a su buena educación, su elegancia de alta burguesía alemana, Speer logró encandilar al tribunal de Núremberg (salvo al representante soviético, que a fin de cuentas aplicaba el código estalinista y claro, con ese código te regalan cuatro trajes de Milano y ya es pena de muerte) y se libró, contra todo pronóstico, de la pena de muerte. Contra todo pronóstico porque, por muy elegante que fuera, Speer fue el responsable directo de la utilización de millones de trabajadores esclavos en la industria alemana, muchos de los cuales murieron. A pesar de lo cual Speer logró argumentar que eso no iba con él, que lo de los trabajadores esclavos era cosa de su subalterno inmediato (al que sí que le condenarían a pena de muerte), y que de todas maneras él cogía trabajadores esclavos de las SS, que si no a saber qué habría sido de ellos, exterminados seguro, mientras que con él tenían una oportunidad de sobrevivir, y de hecho vivían mucho mejor que con la mencionada alternativa. Joder, si es que le escuchabas hablar a Speer en el tribunal y te echabas a llorar, daban ganas de levantarse y aplaudir a este pobre hombre tan injustamente tratado. ¡Ojalá le hubiesen dado un premio Nobel preventivo en 1933, o algo, en recompensa por sus futuras hazañas!

Al final, a Speer le condenaron a veinte años, lo que le dio tiempo sobrado para escribir unas Memorias todo lo copiosas que hiciese falta. ¿Merece la pena que Usted les dedique todo el tiempo que requieren? Abreviando, y para que se hagan una idea: dado que es un libro sorprendentemente bien escrito, que la excelente edición del Acantilado [8] ayuda, y suponiendo que es Usted un enfermo de la II Guerra Mundial y asuntos conexos (si no es así, no se moleste en leerlo. ¿Se dan cuenta? ¡Es un reto! ¡Les reto a leerlo! ¡Les reto dos veces, listillos profesionales de “la II Guerra Mundial no tiene secretos para mí”!), las Memorias de Speer sí que merecen la pena, gracias a la combinación de estas dos virtudes:

– Son una fuente fundamental de las interioridades del Tercer Reich y, sobre todo, de la personalidad de Hitler. De hecho, el problema es que se trata de una fuente tan crucial del período que es difícil no toparse indirectamente con ella en libros posteriores sobre el conflicto y la Alemania hitleriana. Que si Hitler era un plasta que no paraba de largar y largar absurdos e inacabables monólogos; que si siempre rechazaba los intentos abiertos de influir en su opinión; que si a la mínima se ponía a pegar gritos cual adolescente histérica ante “El Duque” de la serie esa de las tetas y el Edén [9]; que si se alejaba más y más y más de la realidad conforme el curso de la guerra se torcía, contribuyendo negativamente con su terquedad y desprecio de los militares profesionales… Todo esto, repetido una y otra vez en miles de libros y películas, queda pormenorizadamente explicado en las Memorias de Speer. Tal vez por eso, paradójicamente, dichas Memorias pierdan algo de su interés: porque el plato fuerte se compone, en gran medida, de cosas ya conocidas. A cambio, uno puede consolarse leyendo el intríngulis de las luchas de poder en el Tercer Reich entre Göring, Goebbels, Himmler, Bormann y demás reyezuelos.

– Por si quedaba alguna duda, leyendo sus Memorias queda claro que Speer es un tipo muy listo. Aplica en ellas la misma combinación ganadora (“yo no sabía ná y no iba conmigo, pero cuánto lo siento”) que en Núremberg, y al cabrón le sale bien. No es que uno se crea sus excusas, pero logra caer bien, como diciendo “pobre chaval, si es que no pudo hacer nada, no era culpa suya”; talmente como si Usted se convirtiera en uno del PNV hablando de la ETA.

Lo más divertido es el rollo que se gasta para explicar su fascinación por Hitler, que reconoce abiertamente, pero al mismo tiempo se pregunta cómo fue ésta posible.”¡Hitler me engañó! ¡Nos engañó a todos!”. Con este argumento genial no es sólo que se librara de la muerte en Núremberg, sino que, al salir de allí en 1969, se forró a vender ejemplares y conceder entrevistas (aunque no sé decirles si los vendía a alemanes deseosos de expurgar, como él, sus culpas en el siniestro Tercer Reich o de recordar los buenos viejos tiempos del Tercer Reich).

Según Speer, su fascinación por el Führer sólo comenzó a flaquear una vez pasó a ser superministro de Armamento, lo cual le introdujo de pleno en las luchas de poder y en las reuniones con Hitler sobre el curso de la guerra, en las que éste manifestaba un alejamiento de la realidad cada vez mayor. Es al final del conflicto, cuando todo está definitivamente perdido, cuando Speer se nos revela como un ingenioso novelista, dispuesto a todo con tal de dejar claro que él es un tío de puta madre, aunque tuviera malas compañías: que si en el 45 intentó envenenar a Hitler, pero no supo cómo; que si conspiraba “desde dentro” para librar a la buena gente alemana de los peores excesos del nazismo y del delirio hitleriano; que si fue él, gracias a sus esfuerzos por burlar las órdenes de Hitler, quien salvó a Alemania de la destrucción absoluta; que si más de una vez estuvo a puntito de denunciar, abiertamente y con valentía, la terrible realidad del Tercer Reich (¡y eso que poco antes nos convencía de que él no se enteraba de nada, que pasaba por ahí!), … Ya ven, todo el rato conspirando, y con tal mala suerte que, por una cosa o por otra, en el último momento todo se truncaba y al final Speer no pudo decir esta boca es mía y este frasquito de cianuro se lo meto al Führer por el gaznate. ¡Si es que… Qué suerte tenía Hitler, que los tuvo a todos engañados y luego logró mantener el timón del Estado contra viento y marea, a pesar de la oposición del buen pueblo alemán, que ríase Usted incluso de la lucha, profunda, continuada e implacable, contra el franquismo en España [10]!corporate events invite [11]сделать сайт визитку самому [12]