Capítulo CXVIII: Juan II “El Turbio”

Año de nuestro Señor de 1458

En el capítulo anterior habíamos dejado a Juan por fin coronado rey de Aragón, pero sin Nápoles, y sin un duro. Su hijo Carlos, el Príncipe de Viana, intentaba recuperar el trono de Navarra que le correspondía por derecho, pero mientras tanto supo aprovechar bien el destierro que le había impuesto su padre en Cataluña. Carlos se hizo querer, aprendió catalán, comenzó a subirse a los balcones y a decir a quien quisiera escucharle “Ciutadans de Catalunya… Ja soc aquí!” y, en suma, hizo apariencia de preocuparse mucho (mucho más que su padre, en cualquier caso) por las fiestas y tradiciones de Cataluña, por su cultura y su visión del mundo, sus pueblos y paisajes, por todo lo que la convertían en una nación.

Llevados por el fervor anticastellano, los jerifaltes de la Generalitat vieron en el Príncipe de Viana un hereu de posibles, y decidieron apoyarle frente a Juan II, a quien, echándole un par de huevos, le prohibieron entrar en Cataluña y le obligaron, además, a que cediera el Gobierno del principado a su hijo Carlos.

Pero al poco ¡oh casualidad! al príncipe Carlos le da un mal en los pulmones que no podía apenas respirar y se les muere en unos días. Cosas que pasan, y más entonces, y si pasan justo cuando más estabas haciendo la vida imposible a tu padre, ¿qué le vamos a hacer? La gente, que es muy malpensada, enseguida asumió que la segunda mujer de Juan II, Juana Enríquez, había envenenado a Carlos (total, porque era su madrastra, con la mala prensa que da eso, había conspirado para desterrar a Carlos a Cataluña y se moría por colocar a su hijo Fernando al timón). Que digo yo que es mucho malpensar cuando, recuerden, a la pobre mujer –a su marido, que para una familia española viene a ser lo mismo- ni siquiera le permitían entrar en Cataluña. El caso es que, tan pronto como muere Carlos, Juan II se pasa el acuerdo con la Generalitat por el forro y Juana Enríquez se planta en Barcelona con su hijo Fernando para hacerse con la regencia de Cataluña.

Su regencia aviva enseguida los ánimos de la burguesía catalana, reunida en torno al partido de la Biga, frente a los cuales Juana busca el apoyo de la Busca (el populacho), el viejo truco que todos los gobernantes que en el mundo han sido han utilizado siempre, con el resultado previsible: la guerra civil hasta que uno de ellos gane. En este caso gana la Generalitat, que para algo tenía la pasta, obligando a Juana y a su hijo a retirarse hasta Girona, buscando la protección del buen pueblo gerundense (los payeses de remensa, más brutos que un arado) y del obispo, en una nueva demostración de la españolidad de Juana, tan irritante a los ojos de la Generalitat.

A partir de ese momento, los catalanes harán lo que siempre hacen cuando se rebelan contra el mandato castellano, y siempre con los mismos resultados. De hecho, podría decirse que lo de 1462 fue un ensayo previo de 1640. Veamos los pasos a seguir:

– Los catalanes se rebelan, poniendo al límite los escasos recursos de Juan II, que tiene que darle el Rosellón y la Cerdaña a Luis XI, el astuto rey francés, a cambio de sus tropas, con las que logra levantar el asedio a Juana Enríquez (en 1640, la rebelión de Cataluña propicia la de Portugal, y también los intentos fracasados en Andalucía y Aragón. Ya lo contaremos un año de estos).
– A continuación, la Generalitat le ofrece el trono de Cataluña al mejor postor, como harían también en 1640 (en esa ocasión echándose en brazos del rey de Francia, como es sabido respetuoso donde los haya para con las peculiaridades regionales). En este caso el asunto fue más divertido, porque los pretendientes fueron sucediéndose en el trono de Cataluña a una velocidad que haría las delicias de cualquier entrenador de fútbol moderno que tiene que jugar tres competiciones, conforme Juan II los derrotaba en batalla (o los sobornaba; o primero una cosa y después la otra). Que no deja de ser gracioso, digo yo, que te rebeles contra alguien porque ha abusado de su poder, es un hijoputa, etc., y a continuación busques a otro de similares características para ocupar el mismo puesto (Claro que debe de ser algo muy metido en la cabeza de los catalanes, recuerden lo que hizo Prim una vez logró echar a Isabel II en 1868, le faltó tiempo para inventarse un rey en la figura del pobre Amadeo de Saboya).
– Por último, y tras años y años y años de guerra, que dejan Cataluña destrozada y a la Monarquía contra la que se rebelaron totalmente exhausta, se firma una paz (1472) en la que todo queda perdonado “con tal de que dejéis de joder”, y como daño colateral se pierde el Rosellón y la Cerdaña a favor de Francia, puesto que Juan II no logró pagar la pasta en la que los había valorado Luis XI (que lo primero que haría al llegar al Rosellón sería decir: “Catalan? Qu’est-ce que c’est ça?”).

Como pueden Ustedes ver, Juan II tuvo un reinado tortuoso, acreditando una capacidad para montar guerras civiles (en Navarra y en Cataluña) que habría hecho las delicias del mismísimo Caudillo. Dejó Cataluña hecha una mierda, aunque justo es decir que Cataluña ya estaba hecha una mierda al llegar él. Y dejó, eso sí, la sucesión (salvo Navarra, que iría a parar a Leonor, hija de su primer matrimonio con Blanca de Navarra) atada y bien atada en la figura de su hijo Fernando, que en 1469 se había casado con Isabel de Castilla. Las bases de la expulsión de los judíos y demás éxitos reseñables ya se habían establecido. Pero antes, conviene que echemos momentáneamente la vista atrás, nada, 250 años o así, para ver qué había pasado todo este tiempo en Castilla.polish to english translation servicesitalian to english translator


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