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Adolfo Suárez: ambición y destino – Gregorio Morán

Gregorio Morán [1] es un veterano periodista español caracterizado por la hijoputez de su crítica (en forma y fondo), lo que le ha permitido hacer algo poco común en el periodismo patrio: decir lo que se le pasa por la cabeza en cada momento (dentro de un orden, claro; que estamos en España). Morán se dio a conocer a finales de la década de los setenta merced a la publicación de una biografía del entonces presidente Suárez, en general muy poco complaciente con el interfecto. Al escaso cariño de Morán por Suárez se unía su claro partidismo ideológico (que Morán, ex militante del PCE, en ningún momento pretende ocultar, aunque tampoco hace bandera de ello), extraordinariamente mordaz con los personajes políticos, apoyos y principios (por llamarlos de alguna forma) de la derecha española.

Este libro es la continuación, treinta años después, del anterior, que queda completado con la descripción de Suárez y el suarismo en la década de los ochenta. Nace en un momento en el que tiende a revisitarse a menudo la figura de Suárez, una vez el personaje ha sido amortizado políticamente (y desde hace años), su avanzado Alzheimer le ha convertido, a los efectos, en incapaz de interpretar su recorrido político y personal (incitando así a toda clase de biógrafos a hacer lo propio, con “barra libre” para decir lo que se les antoje), y el transcurso del tiempo y la revisitación del período de la Transición a la democracia [2] le ha granjeado el reconocimiento de la clase política y de buena parte de la ciudadanía.

Frente a ello, Morán propone una interpretación que supone desmontar lo que él llama “el mito de Suárez” (y, de paso, también “el mito de la Transición”, ya saben: Su Majestad, resumiendo mucho, nos salvó a todos, y varias veces, además), es decir, el exagerado compendio de virtudes en que se ha convertido el personaje, reivindicado por todos (sobre todo por aquellos –la derecha española y el Monarca- que en su día se lo cepillaron, según la interpretación de Morán) y adornado, al parecer, únicamente por rasgos positivos, mientras que cuestiones tan espinosas como la relación de Suárez con Mario Conde [3] (incluyendo la financiación del CDS por parte del ex banquero) sencillamente se obvian a la hora de hacer un balance del ex presidente.

El Suárez que perfila Morán en esta biografía viene a recoger un carácter típicamente español: la figura del meritorio, del chaval entusiasta, pelotillero y sonriente, que primero se busca un padrino y luego se pone a su servicio a cambio de que éste le ayude a medrar. Es fundamentalmente así como Suárez, gracias a su capacidad de trabajo, su indudable encanto personal y, sobre todo, su buena disposición y afán por caer bien a los que mandan, asciende vertiginosamente por el proceloso mundo de la política franquista, se torna a tiempo en “crítico” y “demócrata de toda la vida” y se convierte en el meritorio de lujo de Su Majestad y el entonces Presidente de las Cortes y gran artífice de la etapa inicial de la Transición, Torcuato Fernández Miranda. Ambos piensan que la juventud y buena imagen pública de Suárez servirán bien a sus propósitos.

Y, sobre todo, ambos piensan que Suárez, como buen meritorio, hará lo que ellos le digan, también después de llegar a la cúspide del poder; en particular, Fernández Miranda, quien, como tantos otros, cometió el error de despreciar a Suárez por sus carencias intelectuales. Las cuales, según Gregorio Morán, son muchas: Suárez no sabía nada de economía, ni de política exterior, ni hablaba ningún idioma que no fuese el castellano, ni tenia inquietudes artísticas o culturales, ni formación intelectual. Lo cual no significa, aclara Morán, que fuese un mindundi. Bien al  contrario, Suárez se nos presenta como lo que siempre fue: un animal político con un gran sentido de la realidad (que pierde una vez el síndrome de la Moncloa se asienta en él, como luego ocurriría con González, Aznar y actualmente con Zapatero), capaz de transmutarse en lo que haga falta: primero falangista y cercano al Opus -¡a la vez, con el mérito que tenía eso en el franquismo!-; luego gestor del derribo del franquismo y demócrata al frente de un partido que no existe (UCD), que abarca la auténtica “mayoría natural” (el centro político) desde la acumulación de partidos políticos y partidillos que integran a demócratas cristianos, liberales, regionalistas e incluso socialdemócratas; posteriormente, jefe indiscutido de un nuevo invento centrista (el CDS), que Suárez acaba destruyendo precisamente por intentar que sus electores acepten el mismo principio que le mueve a él: los postulados ideológicos sirven para alcanzar el poder y así ejercerlo, y si no, se cambian. Por eso Suárez se dedica a pactar indistintamente con PP y PSOE y en pocos años consigue perder a la mayor parte de sus votantes (que le votaban, precisamente, desengañados por el PP o el PSOE).

Las virtudes políticas de Suárez, su éxito en la gestión inicial del proceso de Transición a la democracia, pero sobre todo su éxito electoral, le alejan de quienes fueron sus principales valedores. Al primero (Fernández Miranda) lo descabalga rápidamente; al segundo (el Monarca) no puede descabalgarlo (ya se encargó el Caudillo, que le colocó en el Trono, de que esto fuera casi imposible), pero sí puede pasar de él. Así que Suárez adopta una serie de decisiones, en el campo político y militar, que le granjean el odio eterno de los militares y la animadversión de Su Majestad. Decisiones, naturalmente, de todo punto acertadas (Estado de las Autonomías, supremacía del poder civil, legalización del PCE), pero que lo convierten en el personaje público más odiado por los ultras, muchos de los cuales militares; en un obstáculo para los aprendices de brujo de la UCD, que quieren sustituirle; y en un estorbo para el Monarca, que aprovechará la primera ocasión para obligarle a dimitir.

A principios de 1981, con la figura de Suárez muy deteriorada, merced a la crisis económica, a la ofensiva de ETA, a las insuficiencias del propio Suárez (quien se niega a debatir en el Parlamento, y cuando no le queda más remedio que hacerlo sale escaldado), y sobre todo debido a las continuas conspiraciones contra Suárez desde la propia UCD, Suárez presenta su dimisión, por razones nunca aclaradas, pero que según Morán se deben fundamentalmente a la presión del Monarca (embarcado en la genial “Operación Armada”, preceptor del Rey, a quien éste logra colocar, por de pronto, como Segundo Jefe del Estado Mayor). Suárez, contra su voluntad y obligado por el Monarca, dimite. Semanas después se produce el Golpe de Estado, que convierte a ambos, a Suárez y al Monarca (experto en nadar y guardar la ropa), en héroes: uno se enfrenta con gallardía a los golpistas que llevan años tachándole de cobarde; el otro sólo tarda ocho horas en hablar por televisión para desautorizar el golpe que él mismo ha perpetrado (podría decirse que el Monarca “Hizo un Caudillo”, es decir, emuló a su mentor intelectual y político, quien, en sus primeros pronunciamientos del 18 de julio, afirmaba sublevarse “en defensa de la República”).

Pese a ello, Suárez no logra volver a pilotar UCD, dado que el Monarca sigue insistiendo en que no hay nada que hacer (no sea que los militares se enfaden y vuelvan a sublevarse en su nombre) y el ala democristiana (Herrero de Miñón, Landelino Lavilla) está inmersa en la genial operación de fusión con Alianza Popular, en búsqueda de lo que entonces se llamó “La Mayoría Natural” de la derecha española, que daría como principales resultados:

–    La desaparición de UCD y la asimilación de ésta por parte de AP (el partido que tiene 168 escaños se ve subsumido en el que tiene 9).
–    La entrega incondicional del centro político “suarista” (para entendernos: apolítico mientras el que manda sea un gestor razonable de la cosa pública y no pegue gritos demasiado estentóreos) al PSOE, por muchos años, mientras que AP se queda anclada, durante una década, en el “techo de Fraga” (los 107 escaños).

El resto de su historia, que Morán alarga hasta 1991, con su dimisión como presidente del CDS, se caracteriza por la languidez, una larguísima travesía del desierto que sólo tiene un momento lucido (las Elecciones Generales de 1986, cuando el CDS consigue 19 escaños) que se apaga casi inmediatamente por las dinámicas del sistema político español y su tendencia al bipartidismo y, sobre todo, por los ya mencionados errores de Suárez.

Bueno, y a todo esto, ¿qué tal está el libro? Pues la verdad es que resulta muy entretenido. Morán escribe muy bien, al estilo tradicional de este país: con muchísima mala leche, excelentes dotes para la descripción de personajes y situaciones y un magnífico manejo del idioma, preciso y variado en su vocabulario, que se agradece particularmente. La narración de un personaje histórico tan importante y de la época que le ha tocado vivir resulta fascinante por momentos, en particular porque, aunque la época histórica es muy reciente, su confusión con el mito es también habitual.

Aquí, en cambio, y paradójicamente, en el único mito en el que podría achacársele que cae a Gregorio Morán es, precisamente, en el mito del que él afirma huir como de la peste: el mítico, valga la redundancia, “Mito de Suárez”, o la valoración acrítica del personaje. No es, ni mucho menos, lo que ocurre aquí, pero sí es cierto que Suárez,  aunque sea por comparación con sus contemporáneos (sobre todo con los principales padres de la patria pertenecientes a la derecha española), sale bastante bien parado en la revisión del período que hace Morán. Y, como participante confeso y militante en dicho “Mito de Suárez”, no puedo menos que congratularme por ello. Porque, con todos sus defectos, incluso aunque no le hubiera tocado gestionar una época tan jodida, en lo político, lo económico y lo social, como la Transición española, es indudable que comportamientos como el del 23F son definitorios de un personaje, y en el legado de Suárez sólo esto debería ser suficiente para decantar la balanza a su favor.консультация юриста стоимость [4]english russian online [5]