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Ángeles y demonios

(AVISO DE EXENCIÓN DE RESPONSABILIDAD: al parecer, algunos lectores no ven bien que en nuestras críticas desvelemos aspectos importantes de las películas, lo cual les quitaría atractivo. Con independencia de que nos resulte un poco sorprendente que uno busque, en una buena crítica cinematográfica, la exclusión de casi todo lo que tiene que ver con la película y su sustitución por verborrea expuesta con suficiencia y que carece totalmente de contenido –es increíble, en este contexto, el daño efectuado por la crítica cinematográfica al cine-, como somos gente de bien les avisamos: aunque no se lo crean, la crítica de Ángeles y demonios desvela algunos asuntos relacionados con la película “Ángeles y demonios”).

Cualquiera que haya visto las películas de la saga de Indiana Jones (esto es, cualquiera) convendrá conmigo en que hay dos películas buenas (En busca del arca perdida y La última cruzada) y dos malas (El templo maldito y El reino de la calavera de cristal, o como se diga). Entiéndaseme bien, cuando digo “buenas” quiero decir “magistrales” y cuando “malas” me refiero a que, siendo películas aceptables, uno esperaba mucho más de Indiana Jones y sus frases tipo “¡Ese no tenía billete!” (en La última cruzada) o “No conocen a Marcus Brody. Les lleva dos días de ventaja y eso es más de lo que necesita. Conoce todos los pueblos de aquí a Sudán, sus costumbres, su idioma. Se mezclará con ellos, desaparecerá, nunca podrán encontrarle. Probablemente ya tenga el Grial en sus manos” (en La última cruzada también. Supongo que recordarán cómo era y qué hacía Marcus Brody), y así.

Bueno, basta de recuerdos. Lo que hacía mucho mejores a estas dos películas de la saga de Indiana Jones era la inteligente combinación de un malo malísimo (¿y qué mejor malo que los nazis en su apogeo de maldad?) y un objetivo glamouroso-mistérico (objetos de la mitología judeocristiana). Elementos que en El templo maldito no están (los malos son unos indios subdesarrollados y el objeto, unas ridículas piedras que no le importan a nadie; a nadie en Occidente, quiero decir), y en el engendro ese de la calavera (la peor película de la saga merced a lo que podríamos denominar “la George Lucas Experience [1]”, eficaz destructor de mitos antaño pergeñados por él mismo) sólo parcialmente (rusos, que no están mal, pero no vayan a comparármelos con los nazis).

Así que: ¿qué puede hacer un fabricante de best sellers como Dan Brown para tener éxito? Esto es: ¿por qué tiene éxito, si ni siquiera puede recurrir a los nazis [2]? (El viejo truco del “laboratorio nazi supersecreto en Sudamérica con armas de destrucción masiva”, desde el momento en que incluso los nazis que lograran huir a Sudamérica han muerto de viejos o están a punto, ya no cuela). Pues porque, naturalmente, recurre al otro elemento de la ecuación: el cristianismo [3] y, más concretamente, la Iglesia Católica, los que podríamos denominar, a efectos cinematográficos y para que nadie me entienda mal, los Nuevos Nazis. ¿Qué hay mejor que un curilla convenientemente ataviado con todo el oropel religioso como malo malísimo de relumbrón? ¿Qué puede compararse con el atractivo potencial de una Teoría de la Conspiración que involucra a la Iglesia? ¡Ni el ácido bórico puede ofrecernos tanto!

Dan Brown se hizo famoso con una novela, por lo visto emocionante (novela que, naturalmente, no he leído), que relataba algo tan ingenioso y original, algo que no habíamos oído nunca antes, como que Jesucristo se casó con María Magdalena y que había tenido descendencia (los que hemos visto jugar a Julito Salinas, de hecho, sospechábamos desde hace años que esta hipótesis era rigurosamente cierta). La novela fue llevada al cine, con éxito de público pero, por lo visto, no tanto de crítica (como Ustedes comprenderán, tampoco he visto la película). Un par de años después se estrena una nueva película basada en un libro de Dan Brown, “Ángeles y demonios”, anterior en el tiempo, pero que aquí se nos cuenta como hechos posteriores a los relatados en “El Código da Vinci”.

Y la película, todo hay que decirlo, no decepciona: la trama es previsible y convencional hasta la náusea. Sucede exactamente lo que uno espera que suceda, en todas y cada una de las escenas. Los malos son malos y los buenos, buenos, con la consabida excepción de “¡huy, el malo era bueno y el bueno era malo!”, que se ve venir desde más o menos los títulos de crédito y en el que sólo falta que de repente suba un propio delante de la pantalla (como en la época del cine mudo) y se ponga a señalar cada aparición del bueno – malo y del malo – bueno como diciendo “enterarsus que aquí hay gato encerrado”.

En consecuencia, y como pueden imaginarse, la película es muy entretenida, es un remedo de Indiana Jones en casi todo, con menos yoyah por parte del personaje principal (los curas no son tan exigentes como los nazis, en principio). Por supuesto, mucho peor que Indiana Jones, pero esto es lo que hay actualmente.

Y luego Dan Brown, o Tom Hanks, o quienquiera que haya hecho esto, te compensa con escenas que son para enmarcar, como la espectacular explicación sobre lo peligroso que es jugar a ser Dios, que, en realidad, ciencia y religión son dos caras de una misma moneda, que la Religión [4] es importante, que no vaya a ser que estemos dejando un poco de lado la Religión, que la ciencia no lo explica todo, que a ver si lo de la antimateria y el Bosón de Higgs [5] va a ser Dios, que bueno, que sí, que Ciencia y Religión tuvieron algunos problemillas en el pasado, pero que están condenados a entenderse, … ¡El guionista parece monseñor Antonio María Rouco Varela!

Toda esta constante carga de profundidad, este (si me permiten que me ponga momentáneamente unas gafas de pasta) “subtexto vacuo y autocomplaciente que recorre persistentemente la narración”, queda remachado con una escena particularmente hilarante: un cura salva a cientos de miles de personas subiendo una especie de bomba atómica –para entendernos- a un helicóptero que él mismo pilota, lo sube a las alturas y luego cae, medio muerto pero no muerto del todo, en paracaídas en la misma Plaza de San Pedro, en una de esas escenas que “te hacen pensar” ¿Será una sutil metáfora de la Ascensión y cosas profundas de ese calado?

Que no es, sin embargo, lo más surrealista de la película. Los mencionados discursitos sobre lo buena que es la Religión y, sobre todo, hasta qué punto es compatible con la Ciencia, así como la plasmación genérica de que la Iglesia, lo que representa y quienes la representan, son de puta madre, resultan aún más difíciles de asimilar. No me explico cómo es posible que la Curia no autorizase que una película con este guión se pudiera filmar en el Vaticano. ¡Pero si es mejor que “Marcelino, pan y vino”!крышку для кастрюли купить [6]продвижение сайта бренда на рынке [7]