El Imperio de Hitler – Mark Mazover

Son tantos los trabajos que abordan el estudio de la II Guerra Mundial, y tan interesante el período histórico (toma, claro, que diría Cela comiéndose un marmitako: por eso se escriben tantos libros sobre él), que resulta, más que difícil, imposible abarcarlo todo. Y, por otra parte, a uno le apetece saber continuamente más y más cosas sobre la guerra, la política exterior, el genocidio, … Es la fascinación por el Mal que representa el nazismo y que tantas satisfacciones, bajo la forma de Malos de Hollywood, del cómic y de la novela, representa para nuestro mundo moderno.

Uno sabe que está llegando a preocupantes niveles de obsesión cuando se da cuenta, por ejemplo, de que recuerda perfectamente, en un día normal, que “Ploesti” es el nombre de los (importantísimos) yacimientos rumanos de petróleo de los que tanto dependían los nazis, o que descarta, como diciendo “es que esto está ya muy visto”, un nuevo estudio sobre las ventas de wolframio (crucial para la industria armamentística) de Galicia a los nazis (que acabaron comprando los Aliados a un precio aún más alto con tal de que no pudieran acceder a él los alemanes).

Por estas razones, el libro que nos ocupa resulta especialmente interesante para el aficionado a la historia de la II Guerra Mundial con algunas lecturas ya en su haber: porque se centra en el estudio de cómo organizaron los nazis la administración de los territorios ocupados, qué prioridades marcaron en cada caso y qué tipo de relaciones tuvieron con los Gobiernos colaboracionistas y con sus poblaciones. Se trata del clásico “libro-tocho de Historia” (unas 800 páginas), con el habitual estilo ameno y con el grado justo de pedantería consustanciales a los historiadores ingleses (que para mí que los fabrican en serie en alguna cadena de montaje de Oxford).

Por supuesto, no es que el contenido del libro sorprenda demasiado. Por el contrario, confirma casi todo lo que ya sabíamos, o sospechábamos, respecto de la “doble política alemana” (implacable en el Este, relativamente conciliadora –hablamos de Alemania, y de los nazis- en el Oeste), y de sus resultados (guerra sin cuartel, resistencia desesperada y horripilantes matanzas en el Este, “resistencia de Bambi”, colaboracionismo y cierta placidez –salvo en los meses finales de la ocupación- en el Oeste).

Pero, sin duda, la gracia del asunto estriba no en que aprendamos nada nuevo, sino en lo pormenorizado de la explicación, las dificultades que en todo momento encontraron (y cada vez en mayor medida) los administradores alemanes que, desde la burocracia ministerial, desde el Ejército e incluso desde el propio Partido Nazi intentaban aplicar criterios mínimamente racionales en el Este, frente a las delirantes políticas de enfrentamiento sistemático dirigidas hacia el exterminio de judíos, gitanos y (en una segunda fase) eslavos defendidos por las SS y por el propio Hitler.

Echando la vista atrás, parece claro que con  la supeditación de los objetivos políticos y militares a la política racial que se dio en casi todos los países del Este los nazis perdieron una gran oportunidad para armar una coalición (convenientemente instrumentalizada por Alemania) de “Pueblos Libres” (Ucrania, Bielorrusia, repúblicas bálticas, etc.) frente al dominio soviético (que es precisamente lo que hizo Alemania, con cierto éxito, con Polonia y Ucrania en la I Guerra Mundial).

Los intentos de hacer algo así resultaban fútiles una vez tenían a sus espaldas miles de asesinatos indiscriminados y cuando, además, los propósitos que enarbolaba la propaganda nazi eran sistemáticamente desmentidos por aquellos que ejercían diariamente la coerción contra estos mismos pueblos (a ver quién se ponía a hablar, sin reírse, de la “libertad del pueblo ucraniano”, por ejemplo, a los que veían cómo se aplicaba la famosa política del “cien por uno”, cien fusilados por cada soldado alemán que matase la Resistencia).

En los países del Este conquistados lo normal fue colocar directamente a administradores del Partido Nazi que o bien colaboraban con la política de exterminio o bien hacían la vista gorda (o, sencillamente, hicieran lo que hicieran tampoco podían pararla). En general, tanto en el Este como en el Oeste quedaba claro algo en lo que insiste muchísimo Mazover y que, desde la actualidad, podría no resultar tan evidente: la existencia de Gobiernos colaboracionistas, con distintos grados de autonomía, resultaba beneficiosa para sus pueblos (por comparación con la sanguinaria administración directa por parte de los alemanes).

A costa, naturalmente, de beneficiar mucho más al esfuerzo de guerra alemán y, por tanto, aumentar el sufrimiento global. Pero de cualquier manera, analizando cada caso, llama la atención del lector la capacidad que, aunque sólo fuera por la imposibilidad de Alemania para administrarlo todo directamente, tenían gobiernos como el de Vichy (o el caso paradigmático de Dinamarca) para resistirse a las órdenes de los nazis (sin ir más lejos, en su política genocida).

Esto permitía paliar buena parte de su brutalidad y la sustituía por una “brutalidad de baja intensidad” (por comparación) en Francia o en Bélgica, e incluso operaba con sorprendente autonomía en el caso de Dinamarca, donde podría decirse que el Gobierno danés, a cambio de proporcionarle alimentos a Alemania, pudo mantener durante la mayor parte del conflicto los fundamentos de su Estado de Derecho (que incluía también la protección de los judíos) frente a las pretensiones de la potencia ocupante.

La principal excepción a esta regla la constituyó el Gobierno croata de Ante Palevic, el cual, desde el preciso instante en que accedió al poder y con el ferviente apoyo de la Iglesia Católica de Croacia, aplicó a sus compatriotas serbios y bosnios una espeluznante política de exterminio, con vistas a erradicar cualquier confesión religiosa que le hiciera la competencia al catolicismo, que provocó no menos de medio millón de muertos. Tan espectacular sería el exterminio perpetrado por los croatas que provocaría el estupor de los propios alemanes. Rumanía constituyó un caso similar, aplicable en este caso a sus “nuevos ciudadanos” de los territorios rusos en torno a Odessa conquistados e incorporados a Rumanía en 1941.

Pero otros países, también en el Este, continuarían resistiéndose a las pretensiones más extremistas de sus amos alemanes. El caso paradigmático en este particular lo constituye Hungría, que contaba con una enorme población judía y cuyo regente, el almirante Horthy (no deja de tener su encanto que un país sin acceso al mar estuviera gobernado por un almirante), se negó en repetidas ocasiones a deportarlos a los campos de exterminio (hasta que fue depuesto por un golpe de Estado organizado por los alemanes).

La conclusión implícita de la obra de Mazover, que se deriva del balance de la ocupación en el Este y en el Oeste, no puede ser más clara: el colaboracionismo relativamente “amable” en el Oeste, con la aquiescencia de la clase empresarial de casi todos los países y con Gobiernos ideológicamente afines, pero con cierto grado de autonomía, al frente, propició el desvío al Reich de buena parte de su producción económica, beneficiando a la economía de guerra. Además, la ocupación en el Oeste detrayó muchos menos recursos bélicos y administrativos de la propia Alemania, por comparación con el durísimo régimen de ocupación del Gobierno General en Polonia o los territorios ocupados en la URSS.

Sin embargo, la política de expolio sistemático en el Este, unida a la destrucción de sus elites económicas e intelectuales, acabó con casi toda la economía productiva en la región y terminó con cualquier posibilidad de recabar de esos territorios algo más que mano de obra esclava (perdiendo la oportunidad, por poner un ejemplo evidente, de recibir los beneficios de la gigantesca producción cerealística de Ucrania, en lugar de los despojos del expolio).

Mano de obra, además, que los propios alemanes destruían por su maltrato o, sencillamente, por su desinterés en mantenerla con vida. El ejemplo más claro de esto es la muerte de casi tres millones de prisioneros soviéticos en 1941 (de frío, de hambre y de todo tipo de enfermedades) a causa no tanto de los asesinatos de sus guardas como de que, sencillamente, los nazis no sabían qué hacer con ellos y los dejaron durante meses hacinados en enormes campos de concentración improvisados, dejando que muriesen.

El entrecruzamiento de los objetivos bélicos con el desprecio del régimen nacionalsocialista por los pueblos eslavos y con los desquiciados objetivos de la política de exterminio y el Lebensraum provocaron la pérdida de cualquier forma de colaboración en los territorios ocupados del Este y la subsiguiente venganza de dichos pueblos ocupados conforme el Ejército Rojo iba recuperando territorio en sus contraofensivas de los últimos dos años de la guerra. Así que, al final de la misma, debido precisamente a este afán de venganza, la Alemania nazi paradójicamente consiguió lo que quería (la homogeneidad racial), merced a las expulsiones de los alemanes étnicos de todos los territorios ocupados o que, como en el caso de Prusia Oriental, ya formaban parte de Alemania en 1933.japanese text translatorинтернет порталы


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  1. Comentario de Horus (15/03/2009 16:24):

    Y es que es inevitable, cuando uno se comporta como los asirios en el este pretendiendo ser una nueva Roma pasan estas cosas…
    Además teniendo el ejemplo de Napoleon en Rusia, la ceguera de esta politica de exterminio es tremenda.
    Y no hablemos de la brigada Dirlewanger y de Kamiski que nos podemos quedar (algunos) pasmados.
    Por no hablar de Eicke y sus metodos de combate.
    Pero la realidad de la caida del tercer Reich es que alguien retiró su proteción.
    http://www.fantasticfiction.co.uk/images/n8/n43376.jpg
    by Horus a proud rectificador

  2. Comentario de desempleado (16/03/2009 11:48):

    Te recomiendo:
    “vida y muerte en el tercer reich”, editado por Crítica. El tema es apasionante, los beneficios que obtuvo la población del régimen.
    “I will bear witness”, memorias de Viktor Klemperer, profe universitario judío casado con una alemana que pasó toda la guerra en Dresde.
    “conversaciones con un verdugo”, un miembro de la resistencia polaca es encerrado tras la guerra por los comunistas junto con el encargado del exterminio del guetto de Varsovia.

  3. Comentario de Garganta Profunda (16/03/2009 11:57):

    Es curioso…

    El otro día con mis amiguetes, en nuestras particulares “sesiones vespertinas de cafe con leche en las que inevitablemente acabamos hablando de la WWII”, comentabamos la fascinacion que el regimen Nazi sigue ejerciendo en el subcoñosciente colectivo. Es un fenomeno realmente digno de estudio como personas ajenas a la historia nos sentimos atraidos por un periodo que fue tan terrible pero a la vez tan interesante.

    Con respecto al libro que comentas no se si tratará el tema del gobierno titere de Vidkun Quisling en Noruega. (Aquí es cuando me tiro el mocarro de mi visita al Museo de la Resistencia Noruega en Trondheim donde me empapé de la vida de este Gauletier)

    Fue un personaje realmente controvertido. En Noruega decir “Quisling” equivale exactamente a decir “traidor”. Y aunque fue juzgado y ejecutado en 1945 tras la victoria aliada pocos saben que no solo su ejecución estuvo rodeada de polemica (la reintroducción de la pena capital la realizó el gobierno noruego en el exilio al final de la guerra con el ojo puesto en todos los procesos judiciales que iban a sucederse), sino que fue nombrado CBE del Imperio Britanico en 1923 por alinearse con esta nación en contra del imperio bolchevique…aunque en 1940 bien que tardaron en revocarsela…

    Cambiando de tema, no se si ha visto la miniserie de la BBC que le recomiendo “From D-Day to Berlin”. No aporta nada nuevo al ya experto salvo algo mas de cizaña entre las eternas disputas que hubo entre Monty y Ike en 1944 (fiasco Market Garden entre otras). Dado que el documental es ingles de pura cepa ya puede ir intuyendo quien tuvo la culpa de todo: el perfido yankee. El eterno argumento patriota inglés de que los americanos llegaron en los ultimos 5 minutos cuando estaba todo el pescado vendido…

    Aun así el documental arroja intrigantes preguntas sobre porque los americanos pudiendo haberse lanzado a por Berlin, cedieron gentilmente la toma a los Sovieticos con las consecuencias que todos conocemos…pero es que considerando como se la gastaron los nazis en el frente Este las represalias de los soviets son totalmente comprensibles.

    Y también destaco el “speech” que se suelta el amigo Goebbels en los ultimos días de la guerra donde acuña el termino “iron curtain” en relacion a lo que pasaría si Alemania fuera despedazada tras su rendición entre sus ocupantes…como al final paso.

  4. Comentario de Behan (16/03/2009 21:52):

    #3 ¿Resistencia noruega? ¿de verdad la hubo? (La pregunta va sin sarcasmo, procede directamente de mi ignorancia). Cuando estuve en Suecia, las únicas referencias que vi respecto de la IIGM en Escandinavia fueron a las divisiones de voluntarios noruegos de la Wehrmacht, y a la utilización de simbología mitológica escandinava en la parafernalia nazi. Claro, que tampoco vi referencias a los negocietes suecos con los envíos de hierro al Reich, que cosas…

    Respecto de la no ocupación de Berlín por parte americana, yo no lo veo tan misterioso. Piensa en la patata caliente que suponía, a nivel logístico hacerse cargo de una ciudad de millones de habitantes, totalmente arrasada y necesitada de todo tipo de abastecimientos. Vale que las consecuencias políticas posteriores fueron decisivas, pero a toro pasado todos los historiadores son muy listillos.

    En lo que si te doy la razón es en que la pasión por el tema es algo realmente extraño, por afectar incluso a tipos que piensan que Alejandro Magno vivió en la Edad Media.

    Si, lo confieso, yo también se donde está Ploesti.

  5. Comentario de Pogrom Pom Pom (17/03/2009 10:57):

    #4 Tengo entendido que Berlín quedaba dentro de la futura zona de ocupación soviética, razón por la cual el ejército estadounidense detuvo su avance para dejar que fueran los rusos los que la conquistaran (con gran disgusto y berrinche de Patton). Además seguramente los alemanes no hubieran opuesto la misma resistencia que contra los rusos, como venía siendo la tónica desde que el Reich comenzó la retirada.

  6. Comentario de Garganta Profunda (18/03/2009 13:03):

    Con respecto a la toma de Berlin por el ejercito USA…

    En efecto querido #5, Berlin quedaba en la zona de ocupación sovietica (tal y como se quedó en Yalta) y por lo tanto los estadounidenses no pintaban nada…pero es que la tenian apenas a 40 km del frente, sin apenas defender (los alemanes bastante tenian con aguantar al camarada Stalin) y como bien apuntas con un Patton avido de desayunar en Berlin.

    Ike decide no tomarla por dos razones (al menos eso es lo que argumenta el documental de la BBC al que me referí más arriba):

    1. No quiere mas bajas inutiles al final de la guerra: A pesar de que estaría menos defendida que en su frente Este, Berlin es Berlin y su buen numero de bajas le hubiera costado si se hubiera enfangado en una lucha calle por calle, plaza por plaza. Mejor que mueran los rusos.

    2. Es tonteria: Es decir, la tomo, bien. Pero si quiero se legal (y cumplir con Yalta) se la tengo que devolver a los rusos, por lo que al final he puesto los muertos para nada. Por contra si tiro por la calle del medio y mando los acuerdos de Yalta a freir puñetas, tomo Berlin, la poblacion alemana estaría conmigo a partir un piñon (mejor rendirse al buen americano que al salvaje sovietico) y al camarada Stalin que le fueran dando…pues imaginese!!

    A lo mejor, en lugar de Guerra Fria la hubieramos tenido bien “calentita”…

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