Los hombres que no amaban a las mujeres – Stieg Larsson

Considerada en demasiadas ocasiones como un género menor, lo cierto es que la novela policiaca se ha convertido en un modelo de referencia que ha acabado por impregnar todos los territorios de la narrativa contemporánea. En la medida en que el policiaco se ha visto como un vehículo idóneo para la denuncia de la corrupción de la sociedad, esto ha garantizado que la adopción del modelo se haya generalizado no sólo como instrumento ineludible para la reflexión del papel de la literatura en el mundo actual, sino que también ha llevado, consecuentemente, a que sea la fórmula indispensable para el éxito comercial. Si pensamos en las novedades editoriales de los últimos años, veremos que muchos éxitos están relacionados, de una manera más o menos explícita, con el policiaco, incluso en narradores y corrientes en los que resultaría más extraña, a priori, esta vinculación. Y esto se ve no sólo en las novedades, sino también en las reediciones (se están recuperando colecciones y sellos editoriales enteros) y en la traducción de maravillas ocultas del género, como esa delicia de Rex Stout titulada Nero Wolfe contra el FBI (The Doorbell Rang), un divertidísimo ajuste de cuentas al FBI de Hoover.

Pero, sin duda, uno de los casos más llamativos de esto que comentamos ha sido una de las sensaciones literarias de los últimos años: 2666, de Roberto Bolaño. En esta novela, Bolaño se servía de distintos géneros literarios para realizar un análisis despiadado y pesimista de la podredumbre moral que nos rodea. Para ofrecer esta reflexión, el autor chileno hace que la trama principal transcurra en Ciudad Juárez (Santa Teresa en la novela) y en los asesinatos impunes y sistemáticos que se cometen contra las mujeres en esa parte del mundo. A través de una trama policiaca de resolución imposible, Bolaño concluye que en ese reducido espacio se encuentra el sumidero, la cloaca del ser humano, el epicentro de depravación que explica el destino desesperanzado al que todos nos encaminamos.

Cuando uno lee Los hombres que no amaban a las mujeres, del sueco Stieg Larsson, no puede dejar de pensar en Bolaño. Por diversas circunstancias. E incluso por diversas casualidades. La primera de ellas es que ambos autores murieron a los 50 años de edad entre 2003 y 2004 lo que ha ayudado (mundo editorial macabro éste) a convertirlos en superventas, salvando las lógicas diferencias entre ambos autores y sus respectivas trayectorias. Pero lo más llamativo es que la novela de Larsson (primera de un ciclo inconcluso debido al repentino fallecimiento del autor) apunta en la misma dirección que 2666: Larsson construye una novela policiaca en que las pesquisas llevarán hacia los asesinatos de mujeres como el rasgo más definitorio de la corrupción a todos los niveles.

La historia arranca cuando Mikael Blomkvist, un periodista económico condenado por difamar a un poderoso empresario, recibe el encargo de Henrik Vanger (un anciano multimillonario) para investigar la desaparición de su sobrina, sucedida hace treinta y seis años. Blomkvist acaba recibiendo la ayuda de Lisbeth Salander, una joven detective que lleva a cabo todas sus investigaciones gracias a su pericia como hacker, es decir, introduciéndose en los ordenadores personales de las personas a las que investiga. Entre los dos se meterán en los secretos más recónditos de la amplísima familia de los Vanger para descubrir un indescriptible pozo de corrupción, asesinatos, incesto, violaciones y perversiones sexuales. La magnitud del escándalo impide a los protagonistas relatar lo sucedido, y al final se deciden a embarcarse rápidamente en otros trabajos para pasar página cuanto antes.

Un detalle muy curioso es cómo Larsson se nutre básicamente de la novela negra norteamericana. El punto de partida es, de hecho, El sueño eterno, de Chandler, en la que Marlowe recibía también el encargo de un multimillonario (el general Sternwood) para investigar un chantaje del que estaba siendo víctima. La progresiva intromisión en los asuntos de la familia y el descubrimiento de toda la porquería bajo el barniz de la pulcritud que dan el dinero y el poder, desvela la predilección de Larsson por los clásicos de los clásicos estadounidenses del género. Y, tal y como se viene haciendo en la novela negra desde Hammett y Chandler, la investigación criminal sirve como representación de todas las corrupciones sociales y políticas que nos rodean. En esta novela se respira, en todo momento, un cierto aire de decadencia en una sociedad que aún arrastra ciertos traumas políticos (el asesinato de Olof Palme, hecho que se cita en varias ocasiones) y morales (como la falta de escrúpulos del poder económico, ejemplificado en la figura del magnate Wennerström). Del mismo modo, la ciudad sueca imaginaria de Hedestad en que transcurre la historia es un microcosmos en que se esconden (en su subsuelo, como el sótano del asesino en serie) las bajezas más repugnantes sobre cuyo silencio van transcurriendo nuestras vidas.

Uno de los aciertos de Larsson es que la figura del investigador la divide en dos personajes de ideologías y actitudes contrapuestas. Se trata de un mecanismo de manual, pero que nunca deja de funcionar a la perfección. Así, mientras Blomkvist es un hombre maduro con su punto de idealista ingenuo y contemporizador, Salander es una temperamental y agresiva veinteañera para quien no sirven las medias tintas. Ambos personajes, en sus diálogos sobre el papel de las instituciones y sobre los castigos que han de inflingirse a los culpables, delatan los conflictos internos del autor. Y la conclusión no deja de arrojar unas ciertas dudas sobre los métodos empleados. Por ello, el cuidadoso Blomkvist acepta de inmediato las prácticas de hacker de Salander para llevar a cabo su venganza personal contra el empresario que le llevó a juicio. También en esta novela se encuentra otra de las características de la novela negra: la adopción, por parte de los protagonistas, de métodos de trabajo poco ortodoxos, con lo que la frontera entre buenos y malos se traspasa con relativa facilidad.

Larsson usa el policiaco para desvelar y exponer sus preocupaciones, que pasan, básicamente, por la responsabilidad que atribuye a los medios de comunicación en el mantenimiento de este statu quo. El problema aparece, según el autor, cuando los medios de comunicación dejan de cumplir su función de fiscalización del poder empresarial y político para aliarse con el mismo y contribuir a esa degeneración del sistema. Es entonces cuando todos los valores fundacionales de democracias tan inmaculadas como la sueca se desmoronan. En este contexto de pérdida de credibilidad de los medios es en el que tiene que volver a entrar con fuerza la literatura. Ésa es la idea que sostiene Larsson. Una idea que expresa en la trama, en la venganza final del libro que escribe Blomkvist, un libro de una extensión (más de 600 páginas) similar a la novela de Larsson, un juego de referencias bastante indicativo al respecto de lo que comentamos. Y una idea que también se ve en el mensaje positivo que ofrece la novela al mostrar el poder de la literatura. Aquí sí que hay, a diferencia de la obra de Bolaño, un final feliz, tan exageradamente feliz que muestra las esperanzas de Larsson por una sociedad mejor. Un final que reconforta al lector y que, sin duda, ha contribuido a que el libro se convierta en un fenómeno editorial de tantísima repercusión.обслуживание сайта в месяцtranslate english to japan


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  1. Comentario de qylicos (07/01/2009 10:46):

    No sabía que el autor había fallecido y me dejas comiéndome los nudillos al saber que la saga no tendrá fin.

  2. Comentario de aznar (08/01/2009 17:23):

    Una de las mejores novelas que he leído últimamente.

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