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The Spirit (Frank Miller, 2008)

Barack Octopus

En la desesperada huida hacia adelante que se está viviendo en Hollywood desde hace ya algunos años, los cómics se están convirtiendo en un flotador con cabeza de patito de goma: ayuda a mantenerse a flote un cierto tiempo, pero a la larga será inútil, porque el naufragio está más que asegurado. Desde la llegada a la sociedad de toda esa caterva de asesinos violamonjas y ladrones robapiruletas llamados “cibernautas”, la industria del cine vive en una continua angustia porque sabe que le quedan cuatro telediarios a un modelo de negocio tradicional que no quiere remodelarse para atender a las nuevas demandas. Los del cine les echan un vistazo a los de la música y, claro, se ponen a temblar. Mientras los talentos se retiran a territorios más apacibles como las series de televisión o los videojuegos, los que se quedan se dedican a la producción sin ton ni son de productos de consumo rápido y olvido aún más veloz. En esta situación, la adaptación de cómics se ha constituido como un valor seguro, ya que la gente no lee libros, pero sí sigue leyendo tebeos, y los targets de consumo de la industria del denominado (de una manera tan cursi como innecesaria) “noveno arte” van creciendo, con lo que miel sobre hojuelas.

Hasta aquí todo correcto. En los últimos años, Hollywood se ha dedicado a hacer películas sobre superhéroes y todos quedaban contentos. Los del cine, porque se forraban. Los de las editoriales, porque también se forraban. Y los espectadores, fascinados por ver vivitos y en movimiento a todos los héroes que les habían acompañado en ese duro tránsito de la adolescencia. Todo era inofensivo, virginal, inocente cual susurro de enamorado al lóbulo de la oreja de la persona a la que coges de la mano en el parque cuando te enamoras. Todo era un sueño hasta que llegó Frank Miller. Para quien no lo conozca (de todo puede haber), Miller fue una especie de enfant terrible del cómic mainstream en los 80 al revitalizar series como Daredevil y Batman. Su labor como dibujante y, sobre todo, como narrador suponen un punto de inflexión en la historia del tebeo de superhéroes y, de un modo paralelo a su coetáneo Alan Moore, revitalizó una forma de expresión que salía muy tocada de la persecución censora que empezó a sufrir el cómic en los años 50. En esto, el cómic siguió un proceso similar al cine.

Miller fue aclamado de inmediato como una figura ineludible a la hora de entender la modernidad en el cómic. Sus obras mostraban una osadía sólo asumible por su dominio del medio. El público compraba sus tebeos, y los críticos le adoraban. Pero llegó un día en que Miller decidió que necesitaba expresarse en el cine, que centrarse sólo en el cómic se le quedaba pequeño, y ahí ya empezó una cierta desafección con los críticos expertosos que ha degenerado en un divorcio total con su última película, The Spirit, puesta a caer de un burro por muchos críticos, y aquí llega lo llamativo, antes incluso de que se entrenase.

¿Por qué ha pasado esto? Hay que entender, para empezar, que el paso por el cine de Miller es una opción muy personal. El carácter de las películas en las que ha participado muestran una primacía de lo visual sobre lo narrativo que llama la atención en un cineasta proveniente del mundo del cómic. Máxime en alguien que en el cómic era respetado, sobre todo, por su trabajo como escritor. En el fondo, todo suena a que Miller concibe el cómic como un medio narrativo, por oposición al cine, del que se queda con su componente visual. Si en su producción de tebeos destacaba su fuerza narrativa, en una película como The Spirit la narración le importa bien poco, y busca únicamente un espectáculo visual. En esta cinta, los personajes resultan ridículos, apenas existe un ritmo narrativo y, como prueba de ello, la voz en off sólo aparece al principio y al final, sin preocuparse en vehicularla como un elemento homogéneo en el relato. Lo único que le interesa es que ni un solo plano deje de ser un auténtico espectáculo estético. Si para ello tiene que sacrificar el resto de aspectos, tampoco pasa nada. Y eso es algo que asume Miller de forma deliberada, incluso da la sensación de que llegando a una especie de parodia intencionada: ahí está el delirante momento en que el personaje de Octopus aparece vestido de Hitler bajo el estandarte que rememora la película El triunfo de la voluntad de Leni Riefenstahl, el ejemplo por antonomasia de la autonomía absoluta de la estética en el cine. En ese momento, ver a Octopus con uniforme nazi constatamos que a Miller sólo le interesa la sorpresa en el espectador, puesto que esa secuencia representa el momento culminante de la ruptura de la película con cualquier tentación narrativa convencional.

Pero existe otro aspecto no menos importante que el anterior. Y es que el referente, la fuente de la película es el cómic de Will Eisner. The Spirit es la criatura que desarrolló Eisner en los años 40 y principios de los 50. A lo largo de una larga serie de historias autoconclusivas de siete páginas, el protagonista era un justiciero enmascado que se enfrentaba a Octopus, un malo maloso que cometía sus fechorías en Central City, trasunto de Nueva York. Con esta premisa tan sencilla, Eisner explotó todas las posibilidades del medio, hasta el punto de que pronto Spirit dejó de ser siquiera un personaje importante en su propia serie. Las historias le servían a Eisner para jugar con el lenguaje del cómic, para experimentar con la composición de página, con las viñetas, la rotulación, etc., y también para ofrecer un retrato de la sociedad neoyorquina de los años 40. Al final, en la serie, los secundarios protagonizaban las historias, y los personajes principales se quedaban como meros espectadores de las distintas vivencias de los habitantes de la ciudad. A este respecto, uno de los relatos más memorables de Eisner era “La historia de Gerhard Shnobble”, en que reflexionaba sobre los sueños, angustias y frustraciones del neoyorquino medio.

Con The Spirit (y también con sus obras posteriores), Eisner se estableció como el gran referente del cómic. Supo abrir nuevos horizontes expresivos y para ello se sirvió fundamentalmente del cine. Una de sus principales influencias fue el cine de Orson Welles, y, de hecho, Welles aparecía caricaturizado a modo de homenaje en una historia de The Spirit, en la que se le cambiaba el nombre por el de Awsome Bells. Por eso, la adaptación al cine del cómic de Eisner suponía, ya en su concepción, una vuelta de tuerca en ese juego que quiere articular Miller al respecto de las especifidades de ambos lenguajes. Y aquí ha chocado con la crítica especializada. Porque una cosa es que las adaptaciones se hagan sobre tebeos de superhéroes, y otra muy distinta es que alguien decida tocar una de las obras más reverenciadas de la historia del tebeo. Los puristas se han escandalizado porque, ¡Dios mío!, no parece una película de Eisner. Es decir, no parece una película de Orson Welles de los años 40. Yo creo sinceramente que cuando se hacen estas críticas, uno no se detiene a mirar que el calendario marca 2008. Es decir, que el calendario marca que el cómic de Eisner, por muy moderno que sea, se dibujó hace 60 años, y que en este tiempo han cambiado muchísimas cosas, desde las técnicas de producción cinematográfica hasta los hábitos de consumo de los espectadores. Adaptar no significa copiar. El cómic de Eisner está muy bien, pero el proceso de diálogo que supone cualquier ejercicio de adaptación comporta una conversación entre dos partes, en la que la parte que está situada en 2008 tiene mucho que decir. Adaptar The Spirit siguiendo al pie de la letra el estilo de Eisner habría sido tan absurdo como hacer un remake de Casablanca con un actor igual a Bogart y de nuevo en blanco y negro.

Es, por ello, encomiable el esfuerzo de Miller. Sin embargo, la película resulta fallida, incompleta y disparatada. Porque se trata de una propuesta primigenia que aún habría de cuajar para acabar de entender el proyecto que Miller quiere edificar como cineasta. Tampoco vamos a decir que el futuro del cine tenga que pasar por Miller, pero nos resistimos a denigrar del todo un producto que presenta de una manera intencionada las limitaciones que todo el mundo le ha achacado. Miller no ha adaptado, en el sentido más tradicional y retrógrado del término, una obra de Will Eisner. Al contrario: ha cogido unos personajes de Eisner, ha prescindido de otros (no aparece Ebony, por ejemplo), ha retocado a algunos (se le ve la cara a Octopus… ¡y es negro!) y, para remate, nos ha metido ahí con calzador a la inefable Paz Vega. Con este proceso, ha creado su propio Spirit, en una película que profundiza en las formas apuntadas en Sin City, y a la espera de los nuevos derroteros que ha de tomar su cine en el futuro. El resultado es, es esta ocasión, y por decirlo de un modo suave, discutible, pero más discutibles son los resultados de Lars von Trier y a todo el mundo le parece estupendo. Y la verdad, puestos a elegir, Miller, al lado del danés, resulta la mar de elegante. Por lo menos no disimula sus experimentos bajo una tela de fisnas intelestualisdas.

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