La Guerra Civil Española en el mar – Michael Alpert

El análisis de la Guerra Civil suele dejar bastante de lado lo ocurrido durante el conflicto en el mar. El resumen suele ser: “los republicanos tenían la mayor parte de la flota, pero no supieron hacer uso de ella, mientras que los rebeldes aprovecharon sus recursos al límite”. Como tantas y tantas veces, el tópico corresponde casi exactamente a la realidad.

El libro que nos ocupa realiza un completo recorrido del empleo de la flota por ambas partes a lo largo de todo el conflicto. Aunque tiene un inconfundible aire a tesis doctoral, con un estilo quizás demasiado plano y expositivo, se deja leer, y si es Usted lo suficientemente freak de la Guerra Civil (hoy en día se es freak de cosas más raras, no se avergüence de su condición) la lectura se le hará, sin duda, interesante.

Al principio del conflicto, los republicanos consiguen mantener a la mayoría de la flota (todos los destructores, todos los submarinos, el acorazado Jaime I y la mayoría de los cruceros) de su lado. Los rebeldes sólo consiguen hacerse con el crucero Almirante Cervera y algunos buques de menor entidad (el cañonero Dato, el minador Júpiter y algunos barcos de vigilancia de la costa). Capítulo aparte merece el acorazado España, que, como no podía ser de otra manera, cae del lado de los rebeldes. Sin embargo, en una bella metáfora de lo que implica asistir a reuniones del G20 + 1, en plan Ángel Nieto, el España les será de muy escasa utilidad a los franquistas. Durante toda la guerra cumple la función de plataforma de bombardeo móvil, dada su antigüedad y sus tremendos problemas de movilidad, hasta que acaba hundiéndose en el Cantábrico en 1937, por efecto de una mina colocada por el minador Júpiter, también en manos de los rebeldes (¡El España se hunde, se rompe y qué sé yo qué más!)

Vemos que los republicanos contaban con más y –en líneas generales- mejores barcos al comienzo de la guerra. Sin embargo, los rebeldes no tardarían en hacerse con el dominio del mar (primero el Cantábrico, más tarde la zona del Estrecho y finalmente incluso el Mediterráneo). Las causas fueron, en líneas generales, las de siempre en la Guerra Civil:

– La incompetencia del mando republicano. Se trata de un aspecto de la guerra naval muy conocido: la oficialidad de la Armada, mucho más conservadora, elitista y aristocrática que la del Ejército, simpatizaba casi unánimemente con los rebeldes. Por eso, en cuanto se produce la sublevación, las tripulaciones de la mayoría de los barcos (a su vez claramente decantadas por la República, en sus formas más extremas – revolucionarias) deponen (y, generalmente, asesinan) a sus oficiales y se hacen con el mando. Pero, claro, lo hacen en condiciones precarias: jefes de máquinas, cabos, alféreces de navío, telegrafistas, etc.,  se convierten de la noche a la mañana en oficiales de mucha más graduación, a los que se les pide que se encarguen de dirigir submarinos, cruceros, etc., cuyo funcionamiento desconocen. Además, lo hacen en un entorno revolucionario, “supervisados” por comités formados por las tripulaciones en cada barco. En este contexto, pueden Ustedes figurarse lo extraordinariamente mal que funcionó la cadena de mando (por llamarla de alguna forma) y el escaso aprovechamiento que haría la República, como de tantas y tantas otras ventajas, en los compases iniciales del conflicto.

La alternativa a los ascensos fulgurantes fue confiar en aquellos oficiales que no se habían mostrado abiertamente favorables a la rebelión. Pero, en casi todos los casos, fue peor el remedio que la enfermedad: la mayoría de estos oficiales, imagino que a partes iguales indignados y aterrorizados por el tratamiento que habían recibido sus compañeros, manejaron sus barcos con enorme incompetencia, eludiendo atacar a los barcos de los rebeldes, barrenando los suyos en la costa merced a oportunos “accidentes” o, directamente, entregándose (con o sin sus barcos) al bando contrario.

Por supuesto, la inoperancia de la República contrastó desde el principio con la fuerte implicación y disposición de los oficiales que dirigían la flota de los sublevados, más pequeña pero mucho más eficaz en sus funciones. Para la República la cosa venía a ser como si Usted, honrado promotor inmobiliario en retirada del mercado, acaba de comprar el equipo de fútbol de su pueblo, recién ascendido a la Liga de las Estrellas, por un par de milloncejos. Ilusionado, contrata a tres o cuatro estrellitas que el primer día dicen que lo darán todo por el club, para a continuación tumbarse a la bartola y no dar un palo al agua. Al final, su equipo acaba descendiendo al pozo de la horrible Liga Adelante, y lo peor no es tener que aguantar cómo las estrellitas se van de juerga el mismo día del descenso, sino que luego los convocan con la albiceleste para jugar un absurdo partido amistoso contra Micronesia y, ahí sí, los muy hijosdeputa lo dan todo, se dejan la piel y firman actuaciones excepcionales.

– La ayuda exterior y el desequilibrio, también aquí, en lo recibido por la República y por los rebeldes. En este caso, la ayuda italoalemana no se basó en la entrega directa de barcos, sino de repuestos para los barcos, extraordinariamente importantes no sólo para que la flota estuviera operativa, sino para que lo estuviera en condiciones óptimas. Y, además de esto, el papel que, directamente, tuvieron las flotas alemana e italiana en la Guerra Civil es digno de mencionar. Los alemanes disfrazaron sus envíos de material a Franco creando una compañía fantasma de bandera panameña (que esquivaba así el supuesto bloqueo acordado por el Comité de No Intervención). También se dedicaron a intimidar a la flota republicana en el Mediterráneo, llegando a bombardear la indefensa ciudad de Almería en represalia por el bombardeo republicano, por error, del acorazado Deutschland.

La ayuda italiana consistió, directamente, en el uso, durante varios meses, de su flota de submarinos, “disfrazados” de submarinos de la flota nacionalista, para hundir transportes de material dirigidos a la República.  Por contraste, los republicanos se encontrarían con la fría neutralidad inglesa y con el envío de transportes rusos (disfrazados con banderas de decenas de países) desde Odessa, a través de una línea comercial larguísima y muy vulnerable a los ataques de los rebeldes.

– Por último, Alpert hace hincapié en un factor insuficientemente ponderado, hasta donde yo sé, en los estudios de tipo general sobre la Guerra Civil: el hecho de que los rebeldes se hicieran con las mejores y más modernas bases navales con que contaba España (con la única excepción de Cartagena): Cádiz y, sobre todo, el Ferrol, en cuyos astilleros podían reparar rápidamente los buques dañados y de los que pronto salieron los dos modernos cruceros, el Baleares y el Canarias, de mejores prestaciones que cualquier buque republicano, que ya en 1937 permitirían a los rebeldes hacerse con el Cantábrico y disputarle el mar Mediterráneo a la flota republicana. Además, la posesión de la isla de Mallorca se mostraría de un gran valor estratégico a partir de 1937, cuando la guerra en el mar pasaría a ser, sobre todo y como ocurriera después en la II Guerra Mundial, una guerra por impedir la llegada de suministros a los puertos del enemigo.

Al final, la incompetencia del mando y del modelo de “gestión revolucionaria” de los buques explicaría que la flota republicana acabase mostrándose incapaz de impedir el paso de tropas rebeldes a través del Estrecho, o de presentar batalla a los barcos rebeldes en el Cantábrico, y un largo etcétera de fracasos. Atenazados por el miedo a perder sus valiosos barcos, los comandantes republicanos (a veces siguiendo órdenes directas de Madrid) tendían a rehuir siempre el combate, incluso en las ocasiones en que contaban con clara superioridad. El valor disuasorio de estos barcos (que requerían mucho dinero y, sobre todo, mucho tiempo para su reparación, no digamos su construcción desde cero) justificaría, a ojos republicanos, esta parálisis.

Era más o menos, lo mismo que ya había ocurrido en la I Guerra Mundial. Tras décadas de construcción frenética de barcos por parte de británicos y alemanes, en una especie de “Guerra Fría naval” por la supremacía en el mar, a lo largo de todo el conflicto sólo hubo una batalla naval digna de tal nombre (Jutlandia, en 1915) que además acabaría en empate, lo cual permitió mantener el “equilibrio del terror” entre las flotas británica y alemana. Un equilibrio que conduciría a la hambruna en Alemania por el bloqueo y al riesgo de parálisis económica en Gran Bretaña por efecto de la guerra submarina; ¡y todo por preservar los barcos en lugar de arriesgarlos en una batalla!

La diferencia con el caso que nos ocupa es que aquí los principales perjudicados fueron, sin discusión, los republicanos. Y fueron, también, los únicos que mantuvieron casi continuamente esta actitud pasiva y de “catenaccio naval”. Por el contrario, los rebeldes fueron mucho más agresivos desde el principio, e hicieron un uso continuado (y atinado) de sus recursos, al principio escasos y paulatinamente mayores, pero siempre eficientes.

Un ejemplo de lo que podría haber hecho la República si hubiese contado con dotaciones decididas o, al menos, comprometidas con la causa nos lo aporta Alpert con el caso, para mí desconocido hasta la fecha, de la improvisada “flota vasca” creada por el lehendakari Aguirre en el Cantábrico (en plan “Armada de Euskal Herria”), formada íntegramente por barcos bacaladeros reconvertidos apresuradamente en buques de guerra: “se procedió a crear una Marina de guerra propia, la Armada Auxiliar de Euzkadi, con seis bacaladeros de altura requisados (…) se militarizaron las tripulaciones de los barcos y otro personal que se había inscrito para servir en ellos. Más de tres mil se inscribieron, lo cual permitió una selección excelente de 563 hombres. Los comandantes eran de la Marina mercante, habilitados como tenientes de navío” (p. 240).

Con estas bases, inadecuadas en material pero mucho más fiables en cuanto a la implicación de las tripulaciones, los “bous” vascos harían frente a la flota de los rebeldes y sus apoyos estratégicos, capturando varios barcos mercantes (incluidos algunos de bandera alemana) y sin arredrarse ante el enfrentamiento directo. Llegarían, incluso, echándole unos huevos que son el mejor manifiesto de la recia españolidad euskérica que los animaba, a presentar batalla nada menos que al Canarias, el mejor buque de los rebeldes: “El Canarias abrió fuego contra el Nabara e hizo impacto, pese a lo cual el ex bacaladero se defendió hasta el último momento.Fue destruido por proyectiles de 203 mm, los mayores que disparaba el Canarias. Su agresividad fue comparable a la del Donostia, que logró hacer varios impactos en el crucero antes de escapar a Arcachon, marchando luego a Le Verdon para poder regresar a Bilbao cuando el peligro hubiera pasado” (p. 244).кухонная посуда ценытехнологии продвижения


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  1. Comentario de Álvarez (17/11/2008 04:06):

    Sobre el bombardeo de Almería, el dominical de papel, el que no es EPS, de El País de hace un par de semanas apuntaba que el Gobierno barajó la posibilidad de declararle la guerra a Alemania.

  2. Comentario de Guillermo (LPD) (17/11/2008 16:12):

    También lo cuentan en este libro. Al final se descartó, aunque la cosa habría tenido el “encanto”, dentro de lo horrible, del quijotismo elevado a su grado máximo (por no hablar de que quizás así la República habría logrado sobrevivir a largo plazo).

    También se barajó la posibilidad de declararle la guerra a Italia (ahora no recuerdo si a causa de la guerra submarina o por los “voluntarios” italianos), planteándose incluso la posibilidad de “bombardear Roma”. Esto sí que habría tenido todo el sentido, porque vete tú a saber, ¡igual incluso la República ganaba esa guerra!

    Un cordial saludo

  3. Comentario de Behan (17/11/2008 23:40):

    Bueno, parece una majadería, pero si lo piensas no es tan absurdo, se supone que el “resistir es vencer” de Negrín tenía como objetivo el prolongar la guerra hasta enlazar con un conflicto a escala europea, el declararle la guerra a Alemania podía haber servido como desencadenante. En cualquier caso, a aquellas alturas la situación de la República ya era irreversible por sus propios medios, así que no hubiese estado mal intentar una jugada de tahur antes del final.

    Y lo de Italia, pues tenerla como enemigo declarado en una guerra siempre ha sido una ventaja, véase su gloriosa campaña de 1940 en Grecia.

    Álvaro, llego a aparecer el reportaje en El País Digital, o solo en la edición en papel?

  4. Comentario de Armin Tanzarian (18/11/2008 00:18):

    De la armada vasca, contaba el otro día que el capitán del bakaladero que le echó tantos huevos contra el crucero “Canarias” era de cartagena. y es que los de Bilbao nacen donde quieren…

  5. Comentario de Álvaro (18/11/2008 05:02):

    No tengo ni idea. Pero era sobre un libro de próxima aparición que tal vez sea el de Negrín.

  6. Comentario de Watchman (11/12/2008 00:08):

    Para mitigar dudas…

    http://www.capitanalatriste.com/escritor.html?s=patentescorso/pc_12oct08

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