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La Ceremonia del Porno-Andrés Barba y Javier Montes

Cómo convertirse en abanderado del orgullo X

En La Página Definitiva damos por sentado que cualquier escrito publicado se lee a trompicones. Con tanta letra y sin fotos estamos condenados bien a la “minimización” en un rinconcillo del escritorio hasta nuevo clic del ratón una vez termine la escena que está viendo, bien a quedar detrás de esa misma escena donde un fornido jardinero riega el rostro de la dueña del suntuoso chalé con productos imposibles de encontrar en una floristería, es más, hay dos fornidos jardineros, que debe de ser un terreno con mucha vegetación. De la misma forma que estos cuidadores de rosas agitan sus mangueras para llegar al cum shot, Andrés Barba y Javier Montes han sacudido sus cerebros hasta salpicar de materia gris La Ceremonia del Porno, XXXV Premio Anagrama de Ensayo, tan ensayo tan ensayo que al pesar del asunto tratado no provoca en ningún momento erección o humedad alguna. Eso es un intelectual y lo demás son tonterías. Entre apariciones en la pantalla al superponernos a otros portales –hola, lector- y súbitas “maximizaciones” –hola, lectora- esperamos no dejen de hacer lo que están haciendo mientras leen, aunque con interrupciones, esta crítica que les permitirá conocer de cerca una obra cuya lectura puede justificar su atención a lo que en breve le va a hacer un tercer fornido jardinero, y esta vez de raza negra, a la propietaria de la casa y a una amiga que acaba de llegar para tomar pastas.

La Ceremonia del Porno parte de una perversión, la de unir en un mismo procesador de textos a un novelista, Barba, y a un traductor y crítico de arte, Montes. De semejante cópula, si no anti natura sí al menos clasificable dentro de la categoría “extreme” o “monster”, ha salido una criatura no demasiado bella pero sí con atractivo interior.

Este libro elaborado al alimón, por no decir a dos manos y seguir haciendo chistecitos facilones,  contiene una prosa demasiado técnica. Desde el principio da la sensación de que los autores, para alejarse de la excitación que provoca el tema que han estudiado y evitar que las páginas a las que han dedicado tan sesudos análisis se lean con una sola mano, optan por un estilo aséptico y algo administrativo, frío y en ocasiones enrevesado como un prospecto de medicamentos [1]. Esto hace que algunas explicaciones resulten farragosas y algo aburridas, incluso reiterativas. Esta preferencia puede entenderse pero en muchas ocasiones entorpece la lectura. Siendo una tónica general de la obra tampoco llega hasta extremos graves, pero se echa de menos una mayor fluidez. Quizá todo esto no se deba a un propósito de los autores, sino a la dificultad de hacer un libro entre dos personas, ya que se percibe cierta irregularidad entre los episodios e incluso en el transcurso de los pasajes de un mismo episodio, que no alcanzan uniformidad en el ritmo. El ensayo contiene partes muy atractivas con otras donde el intento de pasar todo por el filtro de la erudición llega a la pedantería, como cuando interpretan las felaciones hasta la garganta como un intento de atravesar y fundirse con el otro que dejaría en filósofo aficionado al mismísimo Kant. No les adelantamos nada más, dejándole con la… eso en los labios (si es que es inevitable) para que deje de gastárselo todo en vicios y compre esta obra donde se analizan algunos de esos vicios. Conózcase a sí mismo, demonios, pero no como siempre.

No, la criatura no es guapa, pero sí simpática, se le ve inteligencia y tiene vidilla interior. Gracias a ella, como decimos, cuando sus progenitores o su pareja le sorprendan al entrar en casa frotándose desnudo y a modo de jinete con el reposabrazos del sofá mientras ve “Seguratas Revoltosas y el Sereno”, no tendrá que irse de casa avergonzado o balbucear una incoherente explicación, sino que podrá colocarse unas gafas de bibliotecario, un birrete,  y con gesto serio imprecar a quien ha osado interrumpirle, rogando no vuelva a entrometerse en un acto que exige una enorme entrega espiritual y por tanto mucha concentración. Posteriormente podrá dar la espalda al intruso y dirigirse con tranquilidad al cuarto de baño solicitando que a ver si esta vez hay un poquito de educación y le dejan terminar.

Barba y Montes hablan de ceremonia como compromiso con la excitación. Tratan al cine porno como aquel que requiere de más participación del espectador. Para empezar, es el espectador el que al poner porno está ya dispuesto a excitarse con lo que va a ver, con lo que no es un mero receptor de obscenidades. Luego ha de poner de su parte para “creerse” lo que allí sucede, desde que el butanero liga con la niñera en un minuto hasta que la lolita con cara de haber hecho ya mil degustaciones realiza, como indica el título, su primera cata de calipo tibio. Es el espectador el que dice: “estoy dispuesto, que empiece el show”, algo que sucede en pocas manifestaciones de ocio o culturales.

Otro de los puntos más importantes que tratan los autores se centra en el recurrente asunto del argumento, resumido en la frase hecha “trabajas menos que un guionista de películas porno”. Proponen que en muchas ocasiones esto es producto de la incomodidad del espectador ante lo que ha visto, ya que cree que ha hecho en realidad algo vergonzoso. Pero van más allá, prescinden de las consideraciones morales y lo plantean desde un análisis de la narrativa tradicional en comparación a la del porno. La narrativa tradicional encierra, entre otras cosas, a narradores omniescentes que conocen no se sabe cómo multitud de detalles o a personajes que nos hablan desde su interior. El lector o espectador hace lo que denominan “un acto de cesión” para comprometerse con un sistema inverosímil pero sin embargo muy eficaz para dar lugar a verdades que están muy por encima de las inconveniencias de dicho sistema, que al final resultan baladíes ante los buenos resultados. Barba y Montes indican que las personas que se declaran apáticas ante el tipo de argumentos de la pornografía lo son por la incapacidad de asumir no unos argumentos ridículos, sino unos argumentos distintos a los tradicionales pero que se ajustan a lo que quieren exponer.

Así, la veracidad que por ejemplo se otorga al narrador omniescente tradicional, aquí –como hemos visto al hablar de compromiso con la excitación- ha de aportarla el propio espectador. Hay veracidad mientras el espectador está excitado y “cede” para creerse que determinada retaguardia es asaltada por primera  vez por una emboscada aunque sea la quinta película en la que ve a esa actriz. El realismo de la narración tradicional (aunque sea una obra de ciencia ficción o de fantasía ha se ser realista en su contexto, creíble) se refleja en el porno en la excitación de los actores. De ahí que al desenlace habitual, el cum shot, también se le conozca como money shot, ya que es por lo que los actores cobran en realidad. La veracidad –mediante la excitación- la pone el espectador pero a cambio el sexo ha de ser real. La otra de las características de la narración tradicional, la coherencia, se manifiesta en el porno a través del simbolismo. Los actores, como indica el ensayo, representan estados, representan al placer. De esta manera contrarrestan las teorías pseudo-feministas que hablan de la “cosificación” de la actriz. La actriz no se convierte en cosa, sino que al igual que el actor pornográfico tienen una “máscara”, como en muchas obras de narrativa tradicional de tipo simbólico, desde el auto sacramental al teatro Nô japonés, al que ponen de ejemplo.

El tercer punto importante es la consideración del porno como un sistema que se alimenta a sí mismo. Todo está inventado. Desde las primeras películas porno existen todas las variantes que cualquier aficionado puede buscar por internet. Unas se abandonan por cansancio y quedan libres esos huecos, que son ocupados por otras prácticas. Cuando éstas se gastan, el porno vuelve a retomar las que quedaron en el cajón. Se trata de una especie de circuito cerrado en el que el “vehículo” porno va pasando por unos y otros lugares una y otra vez.

La Ceremonia del Porno trata sobre muchas otras cuestiones, desde la historia de la narrativa porno a las consecuencias de la aparición de internet o el cine porno amateur, donde los términos consumidor de porno y productor de porno se confunden. También aborda en un interesante capítulo final los límites entre pornografía y arte analizando el cuadro de Courbet “El Origen del Mundo”. O bien las relaciones entre pornografía, intimidad y tabú. Les adelantamos, lectores, que arte y porno se contradicen. Donde aparece uno no puede estar el otro. Y no destripamos más el contenido del libro, que está indicación sirva sólo para que no la empleen en caso de que les pillen in fraganti.

Lo importante es que ha de saber que no es usted un pervertido, sino un espectador comprometido que está observando una narración distinta a la tradicional, llena de símbolos y que encima se alimenta a sí misma. Ya puede salpicar la pantalla del ordenador sabiendo que es mucho más que un obseso, es un creador. “Yo soy aquel por el cual el porno existe”. Esa cita del libro se asemeja a la del poema de Borges: “El universo existe porque yo lo veo” (si es que el poema era así y era de Borges). ¿No es maravilloso? Ya no es usted un guarro, ya no es usted una cerda: son dioses. Así que déjense de gaitas y pongan el nombre que merece a esa carpeta que titularon “Catálogos y Partidas Salvadas” o “Jazz Fusión” por el más atinado “Películas Porno”.сковороды биол отзывы [2]сео продвижение заказать [3]