Cantabria

Por fin un digno sucesor al trono cántabro

Los cántabros y sus cojones

Las elecciones autonómicas cántabras habían perdido toda la gracia desde que Hormaechea desapareciera del mapa político. Esta era una verdad histórica tan irrefutable como imposible de lograr parece ser que los ciudadanos de Santander sientan la necesidad de exigir a sus políticos la eliminación de la estatua ecuestre del Caudillo que adorna una de sus más emblemáticas plazas. Por este motivo, por Botín y por Severiano Ballesteros, todos los españoles de bien tenemos Cantabria en el corazón. Piensen, por ejemplo, que en mi región, si deseamos reírnos de un deportista, tenemos a Sergio García: no es lo mismo. Por no hablar de que para poder ver al Caudillo uno ha de acudir a Capitanía General. Y sí, allí tienen la estatua ecuestre de lo más cuidada, pero escondida y el fervor popular enrededor, tan cálido, no se siente. Los cántabros han demostrado tener personalidad, ¡vive Dios! No como esos alemanes que se apresuraron a retirar, desagradecidos ellos, las estatuas del Führer.

Las cosas aquí, sin embargo, no son así. Nuestro Tribunal Supremo reafirma contumazmente la legalidad de las condenas a muerte de la dictadura, entre otras, y uno de los principales partidos del país, así como la mitad del otro, exigen con tanta fuerza la condena de la violencia etarra a los demás como se niegan a condenar una dictadura de 40 años. Así da gusto, oiga.
Sin complejos. Uno va a Santander y sabe que, aunque hayan pasado más de 25 años desde el final de la Dictadura franquista, el Caudillo seguirá allí, imponente, dando ejemplo. Ni siquiera los marines americanos se atreverían a derribar esta estatua de un antiguo colaborador, sabedores de que la población santanderina por ahí no tragaría. A la vista está.
Se acabó la travesía del desierto 

Con estos antecedentes, uno espera lo más de la política cántabra. No sólo es que sea política autonómica en España, algo que ya de por sí suele asegurar emociones fuertes e impresentabilidad intelectual. Es que, encima, estamos hablando de esa ciudad. Pero hasta hace poco analizaba uno la política cántabra y se echaba a llorar de pena por lo aburrida que era. Y es que los buenos viejos tiempos de un animador como Hormaechea habían pasado. Para no volver. La cosa era doblemente triste en un momento de desenfreno jesusgilístico como el actual, donde el sujeto se habría puesto las botas.

Pero en 2003 el aburrimiento tocó a su fin. Asusta pensar que LPD acertó de lleno, quedándose corta, eso sí, en su análisis electoral de hace cuatro años, que concluía así: “La llave del Gobierno regional la tendrá el PRC, que si bien hasta la fecha se ha sentido muy bien tratado por el PP, a quien viene apoyando regularmente, nunca se sabe hasta dónde podría llegar por tres o cuatro consejerías con mando en plaza“. Porque los socialistas no sólo le dieron tres o cuatro consejerías. Con tal de largar al Partido Popular accedieron a que el líder del PRC, o lo que fuera ese sujeto, de nombre Revilla, se convirtiera en Presidente de la región.

La suerte que tenemos los españoles es que siglos de ejercicios de destreza política sin par de nuestros mandatarios han vacunado al país frente a cualquier burrada que pueda cometer el líder de turno. Pero, aun así, la cosa llama la atención. Porque en tiempos de “profesionalización” de la política, donde los Rodríguez Ibarra parecen residuos del pasado en vías de desaparición, que te aparezca un sujeto que exhibe las “esencias del pueblo” (vulgo, una preparación intelectual dudosa, un gusto discutible, una línea política indescifrable, una tendencia a mear fuera de tiesto acreditada) como todo programa electoral y que se acabe ungido como Presidente es algo que uno ya no pensaba tener que presenciar.

Las actuales elecciones están condicionadas porque todo el mundo asume:

- Que el PP gana, pero que no se rebajará a ceder a Revilla la Presidencia porque eso ya sería bordear el ridículo asumible incluso para un político español.

- Que el PSOE seguirá por delante del PRC o que incluso puede acabar por detrás pero que, la verdad, ¿qué más da? Si ya han demostrado una vez que para mandar y sobre todo evitar que mande el PP están dispuestos a ceder lo que sea, es evidente que lo volverán a hacer. Y es que, como demuestran día a día, su vocación por romper España les permite hacer ridículos que superan, incluso, los que son frecuentes en el marco político español.

- Que el PRC gana, porque ya se sabe: queden las cosas como queden (salvo mayoría absoluta del PP, algo bastante complicado a pesar de que la estatua del Caudillo siga en pie), los tíos gobiernan y Revilla presidente. Además, recordemos, el fiero carácter de los españoles suele demostrarse ante los franceses, los árbitros de fútbol y los partidos de oposición. Frente a quien manda solemos, en cambio, ser obsequiosos y genuflexos. Vamos, que el tal Revilla está llamado a mejorar resultados.

El PRC ha logrado, no se sabe muy bien cómo, tener el asunto atado y bien atado. Y es de suponer que la cosa durará un tiempo. La organización regionalista gobernó en su día con el PP. Luego, hasta la fecha, porque les podía sacar la hiel, con el PSOE. Se supone que la cosa podría venirse abajo por cuestiones ideológicas, ya que estratégicamente andan sobrados. Ahora bien, el PRC, como buena bisagra de corte regionalista, es un partido moderado y “de centro”. Lo que no deja de ser lógico si tenemos en cuenta que está integrado mayoritariamente por personas que, no encontrando acomodo en cargos que colmaran sus aspiraciones en PP y PSOE, vieron la luz y pasaron a engrosar la cohorte de quienes no aceptan “ser gobernados por partidos de Madrid”. Las necesidades provocadas por la absorción de unos y otros obligan a centrar el discurso de este tipo de formaciones políticas y, sobre todo, las convierten en un arma que carga el Diablo. Igual que pactan con unos pueden hacerlo con otros. Por (ausencia de) ideología. Y por amor al cargo, de forma muy sentida (estos partidos, como buenos regionalistas, tienen una fuerte presencia de miembros con gran espíritu de altruista sacrificio en el ejercicio de pesadas funciones públicas trabajando para los ciudadanos).

Así que auguramos luengos años de Revilla y con ello de espectáculo y diversión. Dado que, contención de los excesos euskaldunes al margen, la comunidad de Cantabria todavía está tratando de dar con un rasgo que la sitúe en España como referente de algún tipo, no creemos que sea una mala idea posicionarse como faro nacional en materia de experimentación en gobiernos bizarros.


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