Capítulo 12.- El pinchadiscos

Del ostracismo social a los altares en unas cuantas “sesiones”

Del salón en el ángulo oscuro, divertida al trasluz su pandilla, silencioso y cubierto de polvo, veíase al pincha. Estoico y becqueriano como el arpa que en la rima VII pedía un plumero, el pinchadiscos forma parte importante de la historia contemporánea. Su carácter apocado y tímido, su gordura, su fealdad, una enfermedad mental o todo a la vez hacen que se encargue del control y gestión de los vinilos, una labor para la que no se necesita más cualificación que la capacidad de tener una experiencia vicaria con la alegría que se desarrolla metro y medio más allá de su rincón.  En el paréntesis entre un éxito de Los Diablos y otro de Fórmula V su mirada se cruza con la mirada de la chica que le gusta. Ella le sonríe como reconociendo su labor en pro de la felicidad ajena, se vuelve y sigue bailando un suelto con otro. Dentro de un rato llegarán los agarrados. Una telaraña va de la muñeca del pinchadiscos hasta su tobillo. Lleva demasiado en esa esquina. Eran tiempos en los que los tocadiscos se llamaban picú, las discotecas discotheques y las niñas de los colegios de monjas solicitaban abandonar la clase para salir al excusado poniéndose los dorsos del índice y el corazón en la frente mientras pedían permiso para ir al petit. La dictadura actúa como un colador. Muchos pizcos, también fragmentos considerables, no pasan de la rejilla. Por un lado se vuelca Janis Joplin y en el recipiente ibérico queda Karina. Por un lado se vierte Woodstock y en el recipiente queda el guateque. También sucede al revés, de aquí a allá. Las aguas menores expulsadas por Fraga al aprovechar su baño en Palomares se transforman años más tarde en el agua desplazada con elegancia por el Spitz de las siete medallas de oro. España entera servía como gigantescos exteriores de la segunda parte de Raza. Jaime de Andrade se había pasado del guión a la dirección en 1939 para hacer la película más larga: millones de actores para 36 años de metraje, sin intermedio para tomar un refrigerio en el ambigú.

Estalla la transición. Estalla la democracia. A veces estalla literalmente debido a graciosos artefactos puestos por Tirios o por Troyanos. Café para todos. Como en los esquemas antropológicos donde se observa la evolución del peludo y fornido homo nosequé hasta el más alto y grácil homo nosecuántos, el pinchadiscos evoluciona a disc-jockey progre. Cambia su denominación por la anglosajona pero mantiene una recia barba española, cierta desnutrición, rostro cetrino, fuma Ducados sin parar y complementa su halitosis con la ingesta masiva de segoviano. Un caparazón de pana protege su epidermis de las inclemencias. Ahora sale de su territorio, no mucho, a veces. Se desplaza en zig-zag, a cambayá tendida, hacia la chica que le gusta. Le habla de Marxismo. Le habla de leninismo. Le habla de Marcel Proust. Le habla de Theodor Adorno. Trata de llamar su atención haciéndole toc-toc con el dedo en el hombro cuando ella le da la espalda y se vuelve en el sofá donde se sientan para besar a otro tipo, un poeta novísimo que está recostado sobre los cojines. Retorna a su esquina dejando un reguero de pota -combinado nº 2: bebida, ensalada, filete de pollo con patatas, café, 350 pesetas- que se verá obligado a limpiar. Una araña se desplaza por los hilos de seda que van de su oreja al hombro.

Estallan los 80, porque aquí estalla todo. Cuántas bombas. Madrid mata y con frecuencia matan en Madrid. Llegan los punkis con un lustro de retraso y los rockers 30 años más tarde. La sociedad se ennoblece poco a poco, crece el sentimiento protector hacia los más débiles que estén a un mínimo de dos mil kilómetros o no molesten mucho, we are the world, we are the children. Los yonkis sustituyen a los porteros de los edificios y dan la bienvenida a las familias en el primer tramo de la escalera, el Cojo Mantecas sustituye a los serenos y se encarga de apagar las farolas con un nuevo estilo. La pandilla no quiere abandonar al pinchadiscos a su suerte para que muera de frío soledad, desamor y aburrimiento. Es un ciudadano mermado de pleno derecho. Cae una mosca verde en la red que va de su entrepierna a la pantorrilla. Nacen la Movida y la conciencia cívica. Lo recluyen en un centro de acogida con las paredes acolchadas para que no se haga daño al golpear su testuz contra ellas en los instantes de desesperación: surge así el locutor de los 40 principales. Tras el cristal del estudio, la chica que le gusta le hace un gesto antes de morder la oreja de un periodista deportivo.

Estallan los 90. Qué trenes más rápidos, qué olimpiadas, qué Expo, qué vértigo por doquier, qué de cosas bonitas, qué de comisiones y maletines. La enfermedad se extiende, las radiofórmulas colapsan el dial para dar cabida a tantos disc-jockeys desamparados. Adiós, González. Ellos hablan igual que ellos. Ellas hablan igual que ellas. Ellos hablan igual que ellas y viceversa, I am you as you are he as you are me and we are all toghether, varias décadas después de la controversia sobre la muerte de Paul se descubre en España el verdadero sentido de la letra de I am the walrus de los Beatles: era una visión premonitoria sobre el pinchadiscos. Estalla, cómo no, el síndrome de la morsa. Hola, Aznar. La Seguridad Social toma cartas en el asunto. Reconvierte parte de los antiguos pubs y bares de copas en salas, unos centros sanitarios nocturnos especializados en la atención a estos enfermos. Se les aplica el electroshock inverso, en lugar de darles descargas en las nalgas se permite que ellos ofrezcan sus impulsos al éter mediante modernas mesas de mezclas de giradiscos y giracompactos. La juventud baila de nuevo. El DJ queda recluido en una cabina algo elevada con respecto al suelo. Desde allí otea el horizonte y divisa la coronilla de la chica que le gusta junto a la coronilla de otro tipo. Ella le mira y le hace un gesto de ok con el pulgar poco antes de introducir esa misma mano en los pantalones de su acompañante. Una araña hace puenting desde la nariz del pinchadiscos hasta su bolsillo.

Estalla el siglo XXI. Se derriten los polos. Un gigantesco témpano de hielo viene desde Groelandia, apártese señora. Radiofórmulas y salas no dan abasto con el síndrome de la morsa. Hordas de afectados deambulan con mochilas llenas de 33 y 45 revoluciones, cedés y emepetreses. Al tratarse de víctimas de un mal y vía corrección política pasan a ser ciudadanos de derechos aumentados por la lente de las gafas de pasta. Llega la terapia creativa para ellos. Buen rollito, alianza de civilizaciones. Lerdo DJ se va de bolos por las salas, por las provincias, por las realidades nacionales, por la Unión Europea. Vuelve al hogar, a su cabina, con cierta frecuencia, donde se le conoce como “residente”, vive allí. Los “residentes” van, los “visitantes” vienen, han de sacar lo que llevan dentro, todo lo que llevan dentro. Cuelgan al pinchadiscos con una alcayata en ARCO y recibe críticas fabulosas. DJ Borderline tiene blog. Tiene fotolog. Tiene página web propia. Crece, crece y crece. Hace una versión distorsionada de un tema de Parchís. Crece, crece y crece. Hace un medley con una canción de Luis Aguilé y otra de Isley Brothers conectadas por un interludio con la sintonía de Mazinger  Z. Crece, crece y crece. Una capilla sixtina de sonidos y texturas enaltece a las masas. Su rostro sale en los magazines que vienen con los diarios los viernes. Crece, crece. Arranca melodías de la nada que resultan idénticas a melodías antiguas: DJ Pierre Menard fija la mirada en los platos. Su figura de artista colosal ensombrece los continentes. En cada una de sus “sesiones” se produce un Génesis y un Apocalipsis. El Planeta Tierra chirría y gira adelante y atrás, adelante y atrás, adelante y atrás, gracias al scratch de Dios DJ. A su diestra se sienta un cocinero autor, a siniestra un decorador de interiores. La chica que le gusta le saluda, pero desde la estratosfera se ve demasiado pequeña. La araña le pica en  la napia. El preludio de Así Habló Zaratustra da paso a una variante sin acordeón de Los Pajaritos. Danzad, danzad, malditos.


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  1. Un dato más sobre el endiosamiento de los DJ que leí en un artículo hace tiempo: en nosequé discoteca inglesa la cabina del DJ está suspendida sobre la pista de baile y tiene forma de ojo divino que contempla a la multitud vociferante que baila sudorosa bajo los pies del demiurgo. Desde las alturas, el DJ consiente que los mortales disfruten con “su” música, siente su estado de ánimo y, quién sabe (este último detalle lo añado yo), si está de buen humor puede arrojar pastis desde el cielo que caigan sobre los fieles cual maná divino.

    P & L

    Comentario escrito por Bic Cristal — 27 de February de 2007 a las 10:23 am

  2. como me he sentido de identificado… jjaja.. genial!!

    Comentario escrito por killthemosquito — 27 de February de 2007 a las 10:41 pm

  3. el DJ con el que levitaba en los 90

    http://www.youtube.com/profile?user=nandixkontrolix

    sigue en activo.

    Comentario escrito por nas — 28 de February de 2007 a las 2:39 pm

  4. «I Am The Walrus» tiene aspectos infantiles, aunque es difícil descubrirlos si se ignora la historia que hay detrás de la canción. La afirmación inicial con respecto a la unión humana: «I am he as you are he/As you are me and m e are all together» [yo soy él igual que tú eres él/ tú eres yo y todos somos todos juntos], se le ocurrió a Lennon durante un viaje de ácido. Pero muchos de los versos subsiguientes fueron provocados por una carta de un admirador: un estudiante de su antiguo instituto. Pete Shotton recuerda que él y John estaban dedicados a una de sus «pescas de la suerte» entre las cartas de sus admiradores, cuando apareció una carta de un chico que describía a un maestro del instituto Quarry Bank, pontificando acerca del verdadero significado de las letras de los Beatles. John, que ya estaba exasperado por los análisis frecuentemente erróneos de las canciones de los Beatles efectuados por periodistas, críticos y admiradores, tuvo una inspiración.

    Le pidió a Shotton que recitara la rima que habían compartido de niños: «Dead ~ Dog’s Eye», una lista de las extravagancias que los chicos adolescentes encuentran tan irresistiblemente cómicas y volvió a configurar las palabras, convirtiéndolas en: « Yelloze matter custard/Dripping from a dead dog’s eye» [natillas amarillas goteando de los ojos de un perro muerto]. Asimismo, las palabras «semolina pilchard» [sardinas de semolina] se referían respectivamente a distintos tipos de budines y sardinas que él y Shotton recordaban de sus infancias. Después de garabatear estas líneas, John levantó la vista con una sonrisa y dijo: «Deja que los jodidos descubran el significado de este, Pete». También hubo otras influencias. De hecho, «I Am The Walrus» es una ilustración excelente del concepto que Lennon tenía acerca de la composición de canciones como «inventar pequeños trozos que después se unen». Así, la melodía principal era su aproximación al ritmo bitonal de una sirena de la policía: «Mis-ter cit-y pl’ice-man sit-ing» [señor policía municipal sentado] que había escuchado un día en el exterior de su casa cerca de Londres. El personaje de la morsa fue tomado prestado del poema anticapitalista de Lewis Carroll, «The Walrus und the Carpenter» [la morsa y el carpintero]. La línea sobre el «element’ry penguin» [el pingüino elemental] era un ataque velado a la conversión exageradamente entusiasta (a ojos de Lennon) del poeta americano Allen Ginsberg a la religión Hare Krishna. Al margen de las oscuridades deliberadas, también contenía penetrantes observaciones sucintas como «don’t you think the joker laughs at you~» [

    Comentario escrito por fOLIESvERGERES — 03 de March de 2007 a las 11:18 am

  5. En un reportaje que vi sobre los grandes mitos de los 90 se hablaba como los DJ acabaron con el clubbing en UK. Tios como Sasha o Dave Clark que empezaron a cobrar 20.000 o 30.000 libras por noche, que pedian limusina, habitacion en hotel de 5 estrellas, mas fiesta drogas y tias por cuenta de la casa, para el y el resto deol gripo,como si fuesen estrallas del rock.

    Y clubs como La Hacienda de Manchester tuvieron que empezar a cobrar entrada en serio, unas 30 o 40 libras por cabeza, y copas lo mas caras posibles. Y de repente, la clientela se dio cuenta que salir de marcha a un club te salia por 100 o 150 libras (mucho mas si eres pastillero) por noche. Pronto la gente se canso de las macrodiscos y se fue a los dicopubs.

    Y asi les va que de la “club scene” en UK solo queda algo en londres y un poco en Belfast.

    Comentario escrito por manolo — 04 de March de 2007 a las 3:16 pm

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