Capítulo 7.- Las Batucadas

Los decibelios de la interculturalidad

Las ciudades modernas, al igual que organismos gigantescos, sudan, defecan, eructan, orinan y escupen todo tipo de detritus agrupados en poluciones y contaminaciones a la carta, entre ellas la acústica, que nosotros, acongojadas criaturas, tenemos que soportar porque en el espacio exterior hay que aguantar demasiado la respiración como para que se esté como en casa (y además hace rasca). La mayoría de los ruidos proceden de la frenética labor interna de lo que se ha dado en llamar estado del bienestar, cuyo nombre produce escalofríos ante la posibilidad de que exista otro del malestar aún más insoportable para los oídos.

El engranaje, los mecanismos, las tuercas, tornillos y émbolos de este modo de vida generan suficiente estrépito como para preferir a veces la muerte o, en su defecto, al mismísimo Manolo el del Bombo golpeando nuestro propio yunque con nuestro propio martillo tras habernos abierto delicadamente uno de los lados del cráneo tirando de la oreja.

Estas excrecencias sonoras procedentes de la vida y el sinvivir humano se aceptan con entereza, pues están ligadas a la subsistencia o a lo que nos creemos que es eso, pero no contentos con provocar sorderas a largo plazo tratamos de acelerar el proceso con actividades lúdicas que nos vuelvan locos cuanto antes.

Hasta ahora, dichas actividades demenciales se mantenían en espacios adecuados para ellas (por ejemplo, un concierto de heavy o una función de ópera) o bien se ajustaban a unas fechas determinadas (por ejemplo, una feria o un festejo de esos en los que te persiguen las reses). Había excepciones, como la tuna (que era algo ocasional de todos modos) o los habitantes de la Comunidad Valenciana (que consideran la pólvora como plato típico y a la mínima lanzan un cohete, pues, como sabemos, tienen los bolsillos repletos de ellos).

Un día cualquiera de un mes cualquiera de no hace mucho, y merced a ese concepto tan en boga de la interculturalidad (que viene a ser algo así como que todos somos hermanos de aquel que está tres metros más allá del convecino siempre y cuando no se acerque a menos de dos), la gente decide que es ciudadana del mundo, y sobre todo brasileña. Esto condujo en un principio a la desenfrenada práctica de la capoeira, un arte marcial que no serviría ni para darle una colleja a Bud Spencer (al de ahora), pero que descoyuntar, lo que se dice descoyuntar, descoyunta bastante, normalmente al estudiante de ESO o filosofía que la practica. Cuando las lesiones fueron suficientes como para volver a las mañas del más tradicional tae-kwon-do (que sirve para dejarse robar por la calle con mucha seguridad en uno mismo) los brasileños vocacionales se percataron de que era más fácil tocar el tambor.

A partir de entonces, y para alborozo de todos, pandas de jovenzuelos y de cuarentones y cincuentones en regresión se lanzan al mundo de la batucada, o sea, a hacer chin pum y tam tam con una coartada cultural que les permite actuar impunemente en cualquier calle y parque y a la hora que sea.

Las melodías que emanan de sus percusiones se asemejan a las de aquellos indígenas que hacían alarmarse a Tarzán y exclamar pachi-pachi-yuyu, pero a pesar de eso hay concursos, encuentros y toda clase de reuniones festivas en torno a las batucadas. Por supuesto, cualquier parecido con las de Brasil es pura coincidencia, pero en la interculturalidad lo que cuenta es la intención. Así que si un grupo de tamborileros formado por universitarios de greñas a lo rasta y funcionarios a punto de prejubilarse impide su siesta, deje a un lado esos iracundos pensamientos relacionados con dolorosas introducciones de instrumentos por orificios poco aptos para ese hábito y comulgue espiritualmente con ellos, haciendo así que el nervio auditivo trascienda y se eleve más allá de su estúpida condición material buscando nuevas fronteras sensoriales. O eso o lánceles un huevo o un cubo de agua desde la ventana, como se ha hecho toda la vida.узнать рейтинг сайтаenglish to japan translation


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