El rock contra Bush

Una de las píldoras que han ido salpicando las noticias del seguimiento de la campaña electoral en Estados Unidos ha sido la de los músicos rock que se han manifestado, e incluso cantado, en contra de George W. Bush. Los medios de comunicación españoles han actuado, fieles a su tradición, ofreciendo un simpático sesgo ideológico a estas noticias. Por un lado, los medios progres destilaban un tufillo de paralelismo con el caso español. Vamos, como si ser un músico rock famoso equivaliese a ser un agente de la SGAE o un tipo que no se sabe muy bien en qué trabaja pero que aparece en cualquier sarao, estilo Forrest Gump. Por el contrario, los medios conservadores dejaban caer que los músicos en realidad lo que hacen es interferir en la campaña al hacer llamamientos interesados a favor de un candidato determinado (el demócrata, claro, ya que, para estos medios, no hay ningún problema si alguien apoya a Bush). En fin, lo de siempre.
Pero más allá de la ingenuidad de unos y otros, más allá de los amagos de comparar a Bruce Springsteen con Ramoncín o a REM con Amaral, más allá de ver a los músicos como integristas radicales capaces de dinamitar la Casa Blanca, lo cierto es que, a grandes rasgos, la historia es siempre la misma: cuando se trata de apoyar, la gente de bien suele inclinarse por el candidato demócrata, y los sinvergüenzas se van al lado republicano.

Existen, cómo no, las excepciones y los casos curiosos. Ahí está el de un cantante (no de rock, pero que también ha trabajado con artistas rock) como Sinatra. Éste hizo lo que sabía hacer mejor que nadie: llevarse bien con todo el mundo. Apoyó siempre al caballo ganador, y su momento de cumbre llegó con el gobierno de Reagan, ya que era el auténtico confesor de Nancy Reagan, a la que consolaba del temor que tenía esta señora a envejecer. Cuentan las malas lenguas que incluso tuvieron más de algún revolcón en sus numerosos encuentros en la Casa Blanca, y otras lenguas, peores aún, lo desmienten afirmando que, desde los años 70, Sinatra padecía de impotencia. Detallitos morbosos (y envidiosos, sin duda) hacia la capacidad de engatusar al personal que tenía el gran crooner.

Lo cierto es que los años de Reagan fueron los más efectivos en la paralización de cualquier forma de oposición proveniente del mundo del rock, lleno de pervertidos sexuales, como el presidente cowboy llegó a decir en alguna ocasión. Reagan impuso una fórmula especial: ser muy simpático con los medios de comunicación y muy amenazante con la industria musical, en plan, chavalín cuidado que si tu radio emite algún disco en que aparezca la palabra “sexo” pues a lo mejor a lo mejor no se te renueva la licencia de emisión. Así, nadie se movió en aquellos años de guerras de las galaxias y luchas contra la pornografía, y sólo algunos locos marginales (Jello Biafra o Frank Zappa, por ejemplo) clamaron en el desierto.

La foto más siniestra que queda de aquella época es el video-clip de “We Are the World”, una canción compuesta por Michael Jackson y Lionel Richie para paliar el hambre en África. En aquel año, 1985, un puñado de artistas (todos ellos con buenas intenciones) se metieron en un estudio de grabación para formar un numeroso coro: Bruce Springsteen, Ray Charles, Bob Dylan, Paul Simon, Stevie Wonder… Todos ellos a la espera de tiempos mejores y sin nada que protestar más que por el hambre en el continente negro. Todo ello bajo la firma, recordemos, de un cantante que no quería ser negro y que había compuesto una canción que hoy da escalofríos escuchar: Michael Jackson con su “We are the world, we are the children”, tiene mucha tela freudiana en su interior. Tal vez avergonzados de aquel episodio (o de todo lo que ocurrió en los 80 en general), nadie se atreve a desenterrar aquel vetusto video-clip.
En los 90 llegó el aburrimiento (es decir, Clinton y Nirvana) y todo se hizo más previsible, se respiraba un ambiente de libertad en que los jóvenes empezaban a llevar ropa carísima que simulaba ser del rastro (ésa fue la máxima preocupación del grunge) y el presidente esparcía sus soldaditos cargados de ADN en el vestido de una becaria. ¡Qué se podía esperar de un tándem (Clinton/Gore) que habían elegido una canción de Fleetwood Mac (“Don’t Stop”) como tema de campaña! Pero los republicanos no fueron a la zaga, y superaron el listón: queda la posteridad la adaptación que hizo Bob Dole del “Soul Man” de Sam & Dave, que convirtió en “Dole Man”. No era el descaro de Reagan, que intentó apropiarse de una canción antimilitarista, “Born in the USA”, del mismo modo que Rambo se apropió de la legitimidad moral de la guerra del Vietnam. No era descarado, pero era divertido.

La llegada de George W. Bush a la Casa Blanca ha demostrado, con todo, que las cosas pueden ir a peor en cuanto a gustos musicales se refiere. La principal baza se encuentra en Britney Spears, esa rubia que un día dice que llegará virgen al matrimonio y que al día siguiente se da un beso en los morros con Madonna, otra oportunista como ella. Pero no acaba aquí. El elenco de personajes que apoyan a Bush no tiene desperdicio: Tom Selleck, Mel Gibson y Bo Derek, entre otros. Bush ni siquiera ha intentado dotarse de un corpus intelectual estable como hizo su compañero de borracheras invasoras, Josemari Ánsar, que, al menos, intentó en su primera legislatura apropiarse nombres como Popper o Max Aub.

Además, a Bush hay que reconocerle que es un inútil. No sólo ha permitido la movilización del grupo “Rock the Vote” (formado por diversos actores y cantantes que han realizado una intensa campaña de registro de votantes); no sólo se ha encontrado con una granada representación de Hollywood en su contra (Danny DeVito, Michael J. Fox, Matt Damon, Ben Affleck, Barbra Streisand y Whoopi Goldberg, entre otros); no sólo ha permitido que alguien como Michael Moore venda sus películas hasta en Europa. No. No sólo todo eso, sino que no lo ha impedido. ¿Para qué, entonces, el “Patriot Act”? ¿Para esto tuvimos un 11 de septiembre?

El partido republicano ha perdido el norte. Ni arropado por todo el gabinete de su padre ha podido George Bush controlar a toda esa caterva de impresentables que se merecerían estar en Cuba, bien en suelo cubano, bien en suelo norteamericano (Guantánamo). George ha defraudado a propios y extraños, ya que a nadie le importa el apoyo de Britney Spears ni de cualquier cantorcillo country de tres al cuarto. Ni con toda la televisión a su alcance emitiendo con retraso la ceremonia de los Oscar para evitar que se convirtieran en los Goya, ni con Oliver North de comentarista en televisión, ha podido George Bush controlar ese gentío. Que se vaya a casa. Y que venga un republicano como Reagan: sensato, simpático, bonachón y un buen estadista. Eso es lo que necesita el país. Que luego llegan los liberales y lo dejan todo perdido y en manos de Bin Laden. Como en España, vamos.


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