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Un nuevo invitado se une a la fiesta más de moda desde la Guerra Fría

Corea del Norte, el diminuto país sumido en la miseria más absoluta, ha vuelto a demostrar que el socialismo científico, versión oriental, puede con todo. Da igual la renta per cápita, importa poco el grado de desarrollo o riqueza, no tiene nada que ver el acceso a la información y la cultura… una buena asignación de recursos permite cualquier logro si uno se lo propone con mano de hierro: lanzar tíos al espacio, tener un sistema de salud occidental en medio de la selva o, como es el caso, disponer de La Bomba.

La receta, en este caso, es sencilla: por poco PIB que tengamos, si dedicamos un 40% a desarrollo armamentístico, eso tendría que bastar. Y, si no, pues dedicamos el 60%. Si la cosa es desesperada, como en el caso que nos ocupa, podemos llegar hasta un 80%, con dos cojones. Hay consecuencias menores en este modelo de gestión de los recursos públicos, como a ningún jugador avezado de Civilization se le escapa, claro, pero en la era de la Internet se necesita poco más que esta suicida voluntad de tocar los cojones para que todo acabe bien. O más o menos, porque parece que la prueba nuclear norcoreana ha sido algo así como un tanto famélico, pero menos da una piedra. Se tratará de una Bombita, sí, pero que nadie ose afirmar que esta gente tira su dinero. A fin de cuentas, si un país como España se gasta lo que se gasta en televisiones públicas, ¿acaso tenemos legitimidad para reprochar a la República Democrática Popular de Corea que se gaste todo lo que tiene y no tiene en hacerse con ingenios nucleares y cohetes para dar la impresión de que hasta serían capaces de enviarlos unos kilómetros más allá de sus fronteras? Porque, no nos engañemos, Kim Jong-il (o como se llame el que dirija el cotarro allí, que la transcripción al cristiano de la fonética de esa lengua coreana que tan bien dominamos es una tortura), a diferencia de lo que le ocurre a los políticos españoles con las teles, sí necesitaba La Bomba.

A Rodríguez Zapatero le bastará con agitar el fantasma de la guerra de Irak, del 11-M y rematar la faena diciendo que “la derecha” es la alternativa, “esa derecha que no quiere que los homosexuales tengan derechos”, para barrer en las elecciones. A Esperanza Aguirre, Francesc Camps o cualquier gobernante del Partido Popular quejarse de que no tienen infraestructuras o agua por el agravio padecido a cuenta del Gobierno central para mantener sus aspiraciones. En el fondo, creánselo, les da igual para ello tener o no una tele pública sumidero de recursos. Pero en cambio el pobre Kim Jong-il y sus coreanitos de bien del ejército, con sus medallas de chapa y su orgullo por controlar el cotarro como nadie (aun a costa de que cada vez haya menos que controlar, pero nadie negará que es una medida sabia para asegurar cada vez más control, convertir todo en un erial), necesitaban como el agua la bomba. Al menos, esa sensación daba después de ver lo que les pasaba a los otros miembros del declarado por el Nuevo Mesías de Occidente (acompañado de sus lacayos azoríes) Eje del Mal.

La nueva doctrina de George W. Bush sobre cómo y dónde intervenir para pacificar el mundo, acrisoladamente arbitraria en el mejor de los casos, y para saciar las ansias de venganza americanas tras el 11-S, ha provocado ya varios efectos. Por supuesto, ninguno de los queridos por sus autores más allá de la emocionante liberación de pozos petrolíferos en la Operación Humanitaria de 2003, ya que no se han detectado demasiados avances en la lucha contra el terrorismo mundial ni parece que las cosas tengan visos de cambiar. De la democratización de Oriente Medio, la pacificación del conflicto árabe-israelí o de la ampliación de derechos y libertades en países buenos como Marruecos no hablaremos, porque nos da la risa tonta y parecemos Manolo Lama retransmitiendo un partido de la selección sin Raúl.

Para compensar, en cambio, sí ha propiciado una nueva carrera armamentística en la que tanto Irán como Corea del Norte tienen más o menos claro qué hay que hacer para evitarse problemillas como los padecidos por los iraquíes. Irán lo tiene algo más difícil, porque:
a) tiene petróleo
b) está al ladito de Irak
y en los palos de ciego del gorila herido no todo se deja al azar, con lo que meter marines ahí o encargar bombardeos a los buenos chicos de la aviación israelí es bastante más sencillo y apetitoso que enfangarse en chapapote allá en los confines del mundo. De forma que los iraníes parecen dispuestos a ir pasito a pasito, no sea que algo se tuerza antes de que se erijan definitivamente en el gran poder regional de la zona.

La inteligentísima Operación Humanitaria en Irak sigue demostrando que fue no sólo justa y medida sino, además, de gran habilidad política. Ha dado una razón para que todos se pongan a jugar con cacharros nucleares. Y a ver quién es el valiente que lo impide. O, al menos, con qué argumentos.

Obviamente, todos tenemos claro que, puestos a vivir en un mundo con bombas atómicas, lo mejor es, en este orden:
– que las bombas atómicas las tengamos nosotros y sólo nosotros (entiéndase este nosotros como se quiera, desde los españoles, a los europeos, a los occidentales, a los de la OTAN o a los admiradores de la modestia de Fernando Alonso)
– que ya que lo primero no es siempre posible, pues que las tengan sólo nuestros aliados, preferiblemente los fiables
– que si estas opciones no pueden verse satisfechas, al menos, que las bombas atómicas estén en manos de democracias solventes con gente seria; o, si no, de países más o menos estables; o, si no, de países que previsiblemente no vayan a liarse la manta a la cabeza; o, al menos, de países que no tengan dirigentes locos; o, por último, y ya desesperados, que como mínimo sean países y no vaya Usted a saber quién los que tengan La Bomba.

Desgraciadamente la vida es muy puta y este listado de preferencias no siempre se verá satisfecho por sí mismo. Quizá sea necesario currárselo para que las cosas sea lo más parecido a lo que desearíamos posible. Pero habrá que trabajar. Las opciones suelen ser dos:
1. Prohibir hacer bombas y castigar a quien las haga
2. Convencer o presionar al prójimo para que no haga bombas

La primera opción es bastante complicada. Nadie tiene derecho a prohibir a otros que hagan bombas atómicas y sólo la voluntaria renuncia a meterse en esos berenjenales, previa firma del Tratado de No Proliferación Nuclear, compromete a no perderse en esos andurriales. Pero uno siempre puede quedar al margen del Tratado o, como hemos visto, denunciarlo o pasar de él por las bravas y quedar de hecho en la misma situación: o sea, pasando pero mucho de cumplir nada sobre no proliferación. Todo eso lleva a que estas previsiones puedan incumplirse con toda la tranquilidad del mundo. Así ha sido desde siempre en todos y cada uno de los casos en que se ha querido. Varios países han optado por alguna de estas alternativas, desde los inmaculados Israel o India a Pakistán. Pero siempre que sean países amigos la cosa no provoca excesivo escándalo. Y eso había venido pasando hasta la fecha. Al menos desde que los malvados franceses y chinos, allá en los sesenta, se unieron al club todos los nuevos invitados a la fiesta eran, más o menos, de los nuestros o protegidos nuestros.

Así que, con los países enemigos, díscolos o poco fiables, nos queda, en el fondo, la opción 2. O sea, convencerles o presionarles para que no se metan en la carrera. Para lo cual no es muy inteligente ir dándoles motivos para que se rearmen (como, por ejemplo, amenazarles con invadirles y dejarles claro que sólo nos lo pensaremos si tienen la bomba atómica), o dotar de armas nucleares a sus vecinos y rivales o, sencillamente, declarar que el objetivo político de Occidente es su exterminación en tanto que Eje del Mal. Comportarse de otra manera es ser bastante ingenuo. Como cuando la Liga de Fútbol Profesional trata de imponer moderación en el gasto y aparece un club que empieza a fichar a lo loco a “Rambo” Petkovic y demás mercenarios de lujo, la reacción es una escalada en vez de la pacificación. Asi acabaron llegando Petit o Marcelinho Carioca al fútbol español. Y esto debería bastar, la verdad, para tener aprendida la lección.

Más que nada, decimos todo esto por dar ideas. Porque el problema es que, la verdad, no sabemos muy bien con qué cara decir a la República Democráctica Popular de Corea que no tiene derecho a tener armas atómicas cuando, a la vista está, las últimas décadas han sido de barra libre al respecto para nuestros amiguitos que las anhelaban. Máxime cuando venimos desde hace unos años amenazando en plan matón con cargarnos el régimen, pero dejando claro a la vez que si tienen la Bomba nos lo pensaríamos.

No parece la estrategia occidental la más sabia de las posibles, la verdad. Pero probablemente es porque nosotros no sabemos de esto y no tenemos ni idea de la realidad del tablero de la geopolítica mundial y de cómo aconsejaba vehementemente expediciones humanitarias y otras aventurillas. A uno le dan ganas de llamar a alguna Universidad de prestigio, no sé, la de Georgetown por poner un ejemplo, para que alguien de su claustro que sepa de verdad nos ilustre. Afortunadamente no dudamos de que en breve seremos iluminados convenientemente, regañados por nuestra mala cabeza y al fin sabremos a qué atenernos. Preventivamente, eso sí, recomendamos ir asumiendo que las razones últimas de la intrínseca maldad de los coreanos del norte será difícil de hallar en Guadalete, de forma que, como españoles que somos, puestos a encontrar algo, tendremos que conformarnos con relacionarlos con el golpe del 34, con el 11-M, que son los auténticos comodines para estas cosas de ámbito nacional, o directamente con el 11-S.продвижение в соц сетях [1]продвижение сайта в поиске [2]