LPD LOW FARE: Puerto Rico

Un viaje al corazón de España

Justificación

En las últimas décadas, y gracias sobre todo a la Constitución y al papel indispensable de la Corona en los momentos difíciles, España ha avanzado lo suficiente como para alcanzar a otras naciones circundantes de las que hay más bien para arriba en cotas de bienestar y progreso. Uno de los grandes logros ha sido la separación cada vez mayor con respecto a países hermanos, como Marruecos, ahí te quedas, cabrón. Las diferencias abismales entre el crecimiento económico de Europa y las naciones pobres desemboca en que los españoles pueden retomar tradiciones abandonadas que constituían por sí solas la esencia ibérica. Una de ellas, quizá la más importante, era la coyunda con indígenas sometidos con el objetivo de intercambiar enfermedades venéreas y crear razas superiores de mulatas o mestizas (y mulatos y mestizos, claro) con las que volver a intercambiar culturas. Ahora vivimos tiempos más civilizados y el español medio no puede plantarse allende los mares para seducir adolescentes con el viejo método del mosquetón y espada ropera porque das una patada y te sale un casco azul que tiene el monopolio de la cosa, pero existen otras variantes que requieren quizá un mayor esfuerzo pero vienen a ser lo mismo. Mediante el turismo sexual, los actuales habitantes de esta plurinación de naciones estatutarias pueden adquirir conocimiento bíblico de toda una gama de razas a las que se tienen la oportunidad de acceder devolviendo el oro que nos llevamos pero a cambio de cariño, con lo que se restituye lo que algunos maledicentes llaman saqueo cuando tan sólo se trató de un préstamo, que ahora retorna gracias a la Unidad de Amor en lo Universal. En ese sentido, Cuba y la República Dominicana son los lugares habitualmente escogidos para ir pagando los plazos de dicho préstamo. Allí se funden la idiosincrasia caribeña y la hispana por mucho menos que en un club de carretera y con más calidad. Si utilizamos términos geográficos pongamos que Cuba está un poco más para abajo del pitorrito que forma Miami. Pues un poco más para abajo está la República Dominicana. Pegadito a ella está Puerto Rico.

Puerto Rico, sin embargo, al ser un estado asociado a Estados Unidos, permanece al margen de esa industria de la cría de ladillas, pese a estar tan cerca. Aun caribeño es un sitio decente. El puritanismo, y sobre todo las subvenciones yanquis, hacen que las faldas todavía tengan allí más longitud que las bragas. ¿Que justificación tiene entonces prescindir de la  hospitalidad cubana y de la amabilidad dominicana para adentrarse en un territorio hostil que está al lado?: en principio ninguna. Sólo hay algo con lo que el español disculpe tamaña insensatez: el cambio  del pecado capital de la lujuria por otro, en este caso la avaricia. Pero eso no es suficiente, por genérico. Ha de tener más españolidad aún, por lo que la excusa se basa en variantes autóctonas, como la gorronería y la rapiña. En efecto, el viaje a Puerto Rico lo justifica el tener un amigo allí con alojamiento. Consideramos amigo a cualquier conocido que hayamos visto de refilón en los últimos 15 años. A partir de que sabemos que está en Puerto Rico por motivos laborales o familiares pasa a clasificarse como muyme (muy mejor amigo). Lo recomendable es avisar por correo electrónico de que vamos para allá, desconectando a continuación el teléfono móvil y rehusando responder a las cartas en las que nos indica que no puede atendernos, o directamente borrando nuestra cuenta para que se las encuentre devueltas en su propia bandeja de entrada. Un español viajero y cosmopolita, y usted y nosotros los somos, debe de ser capaz de dar una sorpresa como el dios católico manda.

El viaje: preparativos, vacunas y consejos

Puerto Rico, al formar parte para su bien de la civilización occidental gracias a los efectos benefactores que produce la anexión forzosa por parte del parásito en el cuerpo económico del huésped, está más o menos desratizado y desparasitado. Hay agua corriente y hospitales. Así que nos tenemos que preocupar por otras cosas:

1. Durante las semanas previas, el español de bien deberá sustituir paulatinamente el Sol y Sombra y el güisqui segoviano por distintas variedades de ron, con el objeto de acostumbrar el estómago e hígado a la bebida de los infieles.

2. Como hablan lo mismo que nosotros, más o menos, no hay que preocuparse ni por el verbo to be. A cambio repasaremos formas arcaicas del castellano, bastan expresiones sencillas, con el propósito de crear en cuanto lleguemos un vínculo familiar, pero también de superioridad. Vuestra merced, voto a bríos o por Santiago nos sacarán del apuro. Resultan elegantes a la par que indican que, cuidado, llevamos a un conquistador dentro.

3. Mantenga siempre una conexión con la metrópoli. Cuando llegue a la isla, en cuanto conozca a alguien pregunte siempre ¿hay muchos españoles aquí? De esta manera sabrán que no está solo, que estamos todos ligados por un hilo invisible y que cualquier compatriota estará dispuesto a desfacer los entuertos que pudiera provocar.

4. Olvide que va a sentarse en la mesa para probar delicias de la cocina criolla. La invasión de la comida rápida y plastiquera de todo tipo con las formas más variadas de burger, pseudopizzerías y medio-garitos-¿franceses?-y-¿japoneses? se ha asentado con más fuerza que en una telecomedia americana. La mejor comida la hizo en el avión.

5. A pesar de los avisos del apartado ‘Justificación’, el español no podrá reprimir sus instintos y querrá tener ayuntamiento con hembra fermosa a cambio de unas monedas en cuanto se encuentre con un clima cuya humedad supera algunos días el 80 por ciento. Avisamos de nuevo para los incautos que pese a todo creen que dejarán una cuantiosa descendencia en el Caribe en cuestión de 10 días: no hay turismo sexual. Es más, la prostitución está prohibida. El buen lector de periódicos español sabrá localizarla en los anuncios por palabras de los diarios, con el eufemismo ‘cantineras’, pero tendría que someterse a un tedioso proceso de llamada y espera hasta que vengan en furgoneta a por él, con los consiguientes peligros. Tampoco vale la pena el acecho en casinos o bares de hoteles buenos, puesto que resulta caro y para eso nos quedamos. Existen a lo sumo bares de strip-tease, de los de poner el billetito en el tanga de la bailarina, con la sorpresa de que el ambiente es muy divertido, puesto que asisten mujeres y parejas de novios. Ellas son en muchos casos las encargadas de depositar el billete de dólar en la prenda de la bailarina o en algún lugar de su cuerpo, con lo que el español enfermará ante la escena lésbica y querrá tener inmediatamente turismo sexual, generándose un círculo vicioso en todos los sentidos. Esas bailarinas podrían aliviarle por precios altísimos fuera del local, ya que allí no pueden tocarle ni en los bailes “personalizados” que hay en habitaciones apartadas. No compensa, así que estése quietecito ya y limítese a conocer el lugar, que tiene sus atractivos culturales y paisajísticos.

Destino: San Juan de la Ultra España

Con alojamiento en la casa del amigo, nuestro destino es fácil de elegir: allí donde esté el alojamiento del amigo, en este caso San Juan. Esta ciudad es un conjunto enorme de barrios desperdigados y unidos por carreteras, cada uno con su función, desde aquellos dedicados a la destrucción del semejante a manos de pandilleros hasta el centro de negocios, desde la zona pija de costa hasta el casco antiguo. La Página Definitiva recomienda reducir un viaje de pocos días al Viejo San Juan, a Condado y a Isla Verde. El Viejo San Juan es la zona monumental aunque no haya monumentos, Condado e Isla Verde imitaciones de otros sitios ‘chic’, ‘in’ e incluso ‘cool’ de cualquier lugar turístico con playa, aunque más sucios.

En esa suciedad observamos el primer rasgo que convierte a Puerto Rico en un viaje hacia una España más española. Las raíces de lo que nunca pudimos ser se mantienen frescas allí, estorbadas por una perniciosa influencia estadounidense que sume a sus habitantes en una galopante y perceptible crisis de identidad. El puertorriqueño es un ser confundido entre el amor-odio a España y el resentimiento a Estados Unidos, aunque a la vez quiere ser americano y mira al pasado español con nostalgia.  Una mijita de tradiciones caribeñas convierten a los aborígenes en una curiosa mezcla de católicos revenidos, raperos del Bronx y santones que se mueven entre el complejo de estar siempre invadidos de una u otra forma desde hace mucho y las pretensiones de ser aceptados como iguales por el invasor que toque en ese determinado siglo. No obstante, el americanismo estadounidense se muestra bastante superficial, en la comida, el uso del inglés y la música de radiofórmula. De la tradición caribeña queda apenas la estética. Sin embargo, como no podía ser de otra manera, la huella española se ha asentado en lo más profundo, llegando incluso a tener cierta fuerza juvenil. El viajero se percata en seguida de que todavía hoy funciona el imperio en el que no se ponía el sol gracias a naciones cuyo españolismo se mantiene vivo y en constante movimiento, alcanzando en algunos puntos una perfección emocionante.

Como decíamos, Puerto Rico se asemeja a un piso de estudiantes o solteros españoles. Todo tiene esa suciedad del “voy a pasar un poco la escoba pero ya limpiaré mañana en serio”. Siendo este un rasgo agradable, hay otras cuestiones que hacen sonrojar a un español cuando se da cuenta de que una raza a priori inferior contiene dosis de españolidad de una pureza extraordinaria.

Para empezar, llama la atención de que San Juan, con edificios en construcción por todos lados, no alimente la figura del anciano observador de obras. La extrañeza da paso al júbilo. Y es que este lugar maravilloso ha conseguido llevar hasta la cúspide a dicha figura, sólo que se encarna en los propios obreros. Sí, los edificios están llenos de obreros empecinados en mirar mientras los otros trabajan. Se puede ver constantemente a un albañil haciendo algo mientras ocho compañeros le rodean sin dar un palo al agua. Por tanto, los edificios en construcción suponen una imagen donde pocos obreros hacen su labor mientras una cantidad unas seis veces superior anima con su presencia al prójimo. Cuando tras cinco o diez minutos de labor, el que llamaremos activo queda exhausto, es sustituido por otro que va arrastrando los pies hasta el sitio. Insistimos, la visión de estas escenas por doquier hace que sea aconsejable que el viajero español tenga una mochila llena de pañuelos de papel. Tanta belleza hará que se le salten las lágrimas con frecuencia. Estos accesos emocionales pueden llegar a ser peligrosos si esas escenas se combinan con otras habituales, la visión de trabajadores tipo jardineros, barrenderos u operadores variados que trabajan en la calle, sentados durante horas mientras charlan o directamente tumbados en la acera durmiendo (hay que sortearlos a veces de puntillas). El sentimiento puede desbordarse y acabar en una confusión nerviosa y delirios con vítores a Hernán Cortés y Cabeza de Vaca.

A pesar de tan magna pereza, los edificios se levantan a fuerza de españolidad. Y no sólo eso, sino que convierten a las zonas costeras de España en vergüenza patria, en lugares que se han quedado a medio camino por cobardía. Muy pronto, el viajero español, lleno de esa vergüenza, puede ser capaz de negar a Benidorm tres veces antes de que cante el guacamayo. En San Juan se construye como el español quisiera. No hay paseo marítimo y los edificios no se hacen en primera línea de playa, sino que el propio concepto primera línea de playa es de ecologistas. Allí se construye en la playa, comiéndose toda la arena que se pueda y justo antes de que la cercanía con el mar permita a los inquilinos echarles migas por la ventana a las barracudas. El mejor grano de arena es el grano de arena aplastado por el ladrillo. Y eso, vamos a ser claros, es sencillamente tener dos cojones. El turista tiene que conformarse con algunos pedacitos de costa cuya función consiste tan sólo en conseguir que el agua tenga la mínima separación para que las olas no lleguen a las fachadas.

La hermosura del Viejo San Juan nos subyugará desde el principio. Rodeado de mar, con bonitas casas coloniales y buenos locales nocturnos, tiene su mayor atractivo, como de nuevo no podía ser de otra forma, en dos fortalezas militares españolas: San Cristóbal y El Morro. Ambas fortalezas suponen el cenit de esa maltratada palabra: preciosidad. Las salas de tortura, las reproducciones a escala de la soldadesca, los cañones, la imaginación desatada sobre cómo la España antigua cumplía con su destino de ensuciar, someter, destruir y desertizar, queda apenas empañada por la constatación de la derrota ante Estados Unidos a finales del siglo XIX. Además las fortalezas están llenas de estancias que le hacen sentir a uno dentro de un videojuego de aventuras. Tan pronto el visitante se atreve a subir por una abertura con escalera de caracol o una rampa en la penumbra aparece, no se sabe cómo, en otra cámara ya visitada. El proceso se repite hasta la extenuación, con lo que el hartazgo llega a ser tan auténtico como la impotencia que sintieron nuestros bien amados antepasados al soltarle plomo a los barcos yanquis sin llegar a darles. El cronista fue allí testigo de un momento de pura españolidad ultraespañola: el renegar de la patria con imprecaciones cuando en realidad se ama. En efecto, un padre puertorriqueño estaba con sus retoños contándoles cómo masacrábamos gloriosamente a la población y cuán poderosos fuimos cuando mirando a su prole en una mazmorra de la fortaleza de San Cristóbal dijo: “Antes preferiría ser (palabra despectiva aborigen no identificada pero muy india) a español”. En esas paredes no cabía más amor.

De la misma forma que en España se colocan de manera artificial barrios marginales entre zonas residenciales, con el objeto de fomentar el intercambio a punta de navaja entre ambos, los puertorriqueños perfeccionan esa costumbre hasta colocar lo que ellos llaman zona residencial (que allí, con dos cojones de nuevo, es el ‘gueto’ inmundo) en  medio del patrimonio histórico. Así, el largo y bello paseo entre las fortalezas cuenta con la posibilidad de que al viajero lo revienten en medio, donde por supuesto al lado del mar y sin dejar un grano de arena, se alza, por decirlo de algún modo, un sitio que si entras ya no sales. Por algo al lado está el cementerio, sólo visitable si uno tiene intención de quedarse allí.

A partir de la fortaleza de El Morro empieza un estupendo paseo al lado del mar, realmente bonito y lleno de gatos, a los que crían especialmente para que estén allí y puedan ser pateados. El resto de las calles del Viejo San Juan hay que recorrerlo andando para conocerlo, hasta que la deshidratación por el sudor derivado de la humedad provoque calambres en las piernas, situación poco acostumbrada que se hace familiar salvo que uno lleve siempre agua embotellada, y ni por esas. Esto ahonda en el sentimiento español, ya que el viajero tendrá a diario una especie de pájara parecida a la que retiró a Indurain en Hautacam, quizá el momento más bajo del Imperio en los últimos años junto al codazo a Luis Enrique y la decadencia de El Más Listo de la Clase o Tirador de Carros.

En el resto de zonas turísticas que hemos comentado, Condado e Isla verde, el viajero se encontrará con ciertas dosis de seguridad y pubs con las copas tan caras o más que en España. En un intento de nuevo ultraespañol por convertir a los parroquianos en unos adictos más enganchados que los ordinarios de las tabernas ibéricas, los puertorriqueños ofrecen comida basura en todos los bares de copas. Sólo falta una hamaca o literas para que el alcoholizado pueda desarrollar allá su vida entera.

La contaminación acústica a la que el español medio dedica buena parte de sus energías resulta asumida en Puerto Rico como una misión bastante más seria. A las cuantiosas obras que hemos comentado hay que añadir el gusto por los coches más grandes, contaminantes y ruidosos que haya, casi siempre camionetas o todoterreno, además de subir un peldaño en el fenómeno de poner música hortera a toda mecha por la ventanilla. Un sólo coche puertorriqueño en su salsa basta para contaminar Madrid durante un lustro, acústica y gaseosamente hablando.

Fauna y Flora

San Juan está lleno de todos los tipos de formas y colores desde el negro negro hasta el blanco pajizo, fruto de la honrada contribución española a la evolución darwinista. Hay algunos turistas americanos y japoneses. Algún español despistado. Pero la mayoría son habitantes oriundos de la isla y celosos del extranjero. Gracias a esa cantidad de racismo protector han conseguido también llevar más allá los roles sexuales españoles. Puerto Rico es también en ese sentido la vanguardia de la españolidad, una España no contaminada por naciones absurdas como Francia o Alemania.

Allí el hombre es machista hasta la exacerbación, pero a su vez no pinta nada. La que manda es ella, aparentemente coqueta, tradicional y sometida, pero capaz de llevar los pantalones desde el principio. Ambos papeles están perfectamente combinados. El machismo se queda en la apariencia y actitudes, mientras que el dominio femenino es ejercido primero desde la atracción y más tarde desde la tradición. Hombres muy machos que creen llevar los galones con mujeres entre sensuales y de mentalidad anticuada se reparten una tarta sexual donde todavía se dan matrimonios muy jóvenes. Puerto Rico mantiene esa inocencia en las relaciones que ha quedado devastada con la liberación y obsesiones en Europa.

Hombres y mujeres coquetean así de una manera a veces cándida, e incluso no es raro encontrarse locales donde las parejas bailan apasionadamente con otros para reencontrarse después en la mesa. El español, preso de esa obsesión sexual característica de occidente, lo pasará mal salvo que vaya avisado. Todas bailarán con él al estilo Dirty Dancing y pensará que su aliento alcohólico resulta irresistible. Posteriormente se llevará un chasco al comprobar que la bella mulata vuelve con su novio, que estaba al lado haciendo lo propio con otra. El español concluirá: son todas unas putas. Advertimos por eso de nuevo. El viajero ligará lo mismo que en su país de origen, y no debe confundir esa sensualidad y visión del sexo menos centrada en la entrepierna con el carácter casquivano o con la manipulación. Simplemente, el visitante ha de reconocer que es un perturbado. A partir de ese instante disfrutará de lo que hay, en algunos casos bastante insólito, como en algunas plazas llenas de locales nocturnos que dedican una noche entre semana al baile y la juerga de personas de 40 a 99, donde entre danzas y bebida, cuerpos de toda índole pero sobre todo degradados, tienen la oportunidad de divertirse como jóvenes sin esconderse ni ser señalados, e incluso de reconstruir sus vidas. Ese gusto por la sensualidad es sin duda de la poca herencia que queda del Caribe y una puñalada a la españolidad que desprecia al anciano, al que allí no se recluye en el limbo en el que merece estar cualquier persona que supera los 50, y porque está penado eliminarlos a los 30 como en la Fuga de Logan.

Existen algunos otros aspectos bastante anti-españoles. Hay un respeto extremo al transeúnte. Los coches paran para que pase el viandante, que tiene mucha consideración. Respetan a los ciclistas y conducen con cierta lentitud. Asimismo apenas utilizan tacos. Las palabrotas, lejos de estar generalizadas, cumplen su antigua función de dar énfasis a una expresión. El viajero español –que hasta aquí  se sentirá acomplejado por el repaso que dan a su españolidad- sí tiene ahí la oportunidad de demostrar lo que supone tener un castellano avanzado, donde de cada tres palabras una sea un taco. El caribeñismo también se nota en cierta amabilidad en las formas. Si uno se choca de manera fortuita con otro en una discoteca, lo normal es que vuelen las botellas y se mente a la madre al instante. En Puerto Rico no hay mas que disculpas y buenos deseos, en ese punto un asco. A pesar de las enseñanzas españolas y de su carácter ultra español en muchas materias, aquí el puertorriqueño falla al preferir la paz a la agresividad y la posibilidad de blandir a la mínima una navaja de Albacete. En el cainismo van muy mal, algo decepcionante.

En ese sentido hay que agradecer parte de la influencia americana, que ya referimos se queda en lo superficial: comida, cadenas de televisión, ropas juveniles y cierta cultura del éxito a cualquier precio, aunque con más influencia de los medios que como algo enraizado. A veces San Juan parece una especie de parque de atracciones sacado de una serie americana, pero tras esa superficialidad hay esperanza, la violencia sí ha arraigado con cierta fuerza. Los diarios dan cuenta de los muertos en listas, y si por una parte falta cainismo, hay cierta ilusión por el futuro gracias a una psicopatía de arrabal cada vez más sólida. Aunque venga de Estados Unidos hay que alabarla. En los pandilleros puede aflorar alguna vez un verdadero y hermoso sentimiento fraticida, indispensable si esta España más allá de España ha de convertirse en breve en un bastión patriótico ante la pérdida de valores en la antigua metrópoli.

Hay que señalar que las vivencias que describe esta crónica tuvieron su centro de operaciones en la calle Cervantes de San Juan, en un apartamento del edificio Quijote, al lado del edificio Dulcinea. Aun a riesgo de resultar reiterativo: con dos cojones. Viva Puerto Rico, que es como decir viva España pero más.


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