José María Aznar López

Primera parte: El Hombre

Esbozar en pocas líneas un perfil de un líder de la talla de Aznar es harto complicado. Las personalidades polifacéticas y salvíficas tienen estas cosas. ¿Cómo condensar en meras palabras la admiración y gratitud que profesamos hacia nuestro Presidente por la gracia de Dios? A pesar de las evidentes dificultades del empeño vamos a ponernos a ello, reflejando, aunque sea someramente, algunas características del primeramene llamado Gran Hombre. Luego, nos quedamos sin palabras.

Los orígenes de la lucha

Aznar, ya de jovencito, demostró ser un líder nato. De familia bien pero demócrata de toda la vida infiltrada en los intersticios del Régimen para debilitarlo, Aznar luchó por las libertades mezclándose entre los vástagos de la elite franquista y martirizándoles con su compañía y su natural sosería. Esta actividad contra el establishment, que ya era considerable, no pareció suficiente a un joven Aznar enamorado de las libertades. Sabedor de que su patriotismo le exigía una impecable preparación si deseaba ponerlo en práctica, pasó su juventud estudiando con el objetivo de prepararse intelectualmente para la lucha contra el sistema, para conocerlo a fondo, tener conciencia de sus contradicciones y debilidades, y emplearlas en su contra. Como cualquier joven comprometido y dotado de una alegría y gracia naturales innatas, nuestro líder espiritual estudió Derecho. Después opositaría para convertirse en funcionario público, cumpliendo uno de los obligatorios requisitos de todo liberal español, hondamente persuadido de la necesidad de que nuestra raza incremente el número de emprendedores y de hombres que trabajen al margen de las ubres estatales. Culminando sus esfuerzos de infiltración quintacolumnista, en un acto de suprema entrega, Aznar renunció incluso a ideales inherentes a todo hombre formado y de bien (el odio a la progresividad) para aparentar todavía más empatía con la parte más socializante del Lado Oscuro de la Fuerza, aquella que directamente pretendía convertir España en una réplica de la Unión Soviética: hizo oposiciones para convertirse, ni más ni menos, en servidor de la Hacienda Pública.

Pero mientras José María se sacrificaba profesionalmente y se infiltraba cual hábil topo en los meandros de la Bestia su lucha contra el franquismo manifestaba vertientes si cabe más heoricas. Aznar estuvo siempre en la brecha, ofertando a los españoles y a la bandera incluso su vida familiar. Para mejor combatir a los negadores de las libertades Aznar decidió sacrificar hasta el amor y lo expulsó de su vida: todo por la democracia. Para infiltrarse todavía más esposó con una insoportable opusdeísta de familia bien: Ana Botella, e incluso le dió 3 hijos (más tarde le daría una concejalía de Asuntos Sociales, también, por eso de completar), lo que refleja claramente hasta qué cotas llevó su sacrificio.

La batalla contra la Constitución fascista

Mientras todo eso ocurría ciertas cosas cambiaban en España para que todo siguiera igual. Aunque muchos fueron engañados por la inteligente farsa montada al efecto, el joven Aznar nunca permitió que esa Constitución, verdadera fachada infame que ocultaba las miserias de un régimen que se perpetuaba, le engañara. Su radical oposición al texto constitucional nos demuestra su lucidez en el análisis y su valentía en denunciar conspiraciones judeomasónicas que prácticamente toda la clase dirigente secundaba para aletargar al pueblo. A pesar de su escasa capacidad, por entonces, de movilización, Aznar no dudó en difundir públicamente su oposición a una carta Magna totalitaria, fascista y socializante. Sacando la cabecita de los cuarteles de invierno, Aznar se ponía por primera vez al frente de los españoles de bien, publicando enardecidos y certeros análisis denunciando en fraude a España y sus gentes que se estaba perpetrando. Arriesgando todo lo que tenía, José María se destapa para defender la verdadera Constitución que merecen los españoles, peligrosamente acechada por las derivas socialcomunistas. Por esa época Aznar predicaba la buena nueva del falangismo (aunque, no lo olvidemos, crítico), pues era un joven idealista que todavía creía en las utopías.

Pronto, sin embargo, Aznar opta por una vía más pragmática. La oligarquía socializante vendepatrias es demasiado fuerte y conviene actuar con más sutileza. “La Nueva Rioja” perdió a uno de sus más mordaces articulistas, pero el mundo ganó un hombre de altura. Nuestro protagonista se introduce en los partidos que, dentro de la ignominia pastelera que la mal entendida libertad ha traído a España, conservan rasgos de decencia, como es el caso de Alianza Popular y, poco a poco, como una hormiguita hacendosa que es, va labrándose un futuro. Al cabo de los años, a pesar de la fachada de modernidad y progreso, para casi todo el mundo empezaba a estar claro que esta Constitución no funcionaba y que el régimen no había, en realidad, cambiado. El socialismo, continuación del franquismo, ahoga a los españoles y restringía su libertad, para sumirlos en un caos en el que sólo brillaban la corrupción, el derroche y el crimen de Estado. Y cuando la situación era ya desesperada, por fin, apareció el hombre largamente esperado por España para sacarla del atraso e introducirla, previa “segunda transición” en la modernidad.

Oposición responsable

España había cerrado en falso su entrada en la historia democrática. Desde 1982 Felipe González y sus secuaces habían capitalizado las estructuras franquistas empleánolas en provecho de un proyecto para-estalinista. Gracias a estos años de oprobio Aznar comprendió dos fundamentales proposiciones que explican toda su acción política posterior. Por una parte, que la solución no podía pasar ya, tras todo el daño hecho, por devolver a España a alguno de sus momentos más históricamente nobles (finales de la década de 1930, con gentes del calibre de José Antonio, Mola o Sanjurjo). La meliflua debilidad del Caudillo malbarató lo que pudo haber sido la Gran Cruzada y la evolución posterior del Régimen, culminada con la debacle de octubre de 1982, demostraba la gravedad de los errores cometidos. Por otra parte, las consecuencias de los mismos eran de tal gravedad que no cabía reforma posible. Era necesario dinamitar el régimen…


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