George Washington

(1732-1779) 1er Presidente de los Estados Unidos de América

Los orígenes

Washington, como paradójicamente hace todo estadounidense que se precie de serlo, pretendió siempre descender de la aristocracia europea (cuestión harto complicada si tenemos en cuenta la ralea que se instaló en las colonias). El caso es que, de noble cuna o no, lo que está claro es que sus padres habían logrado establecerse cómodamente en Virginia, y la niñez del prohombre transcurrió, plácida, en las plantaciones familiares a orillas del río Potomac.

Como cualquier intelectual de la época Washington dedicó sus mayores esfuerzos al aprendizaje de las disciplinas básicas del conocimiento: buenas maneras para tratar a la sociedad de las plantaciones, matemáticas básicas para hacer cuentas y “valores humanos”, eufemismo bajo el que se esconde el aprendizaje de los rudimentos básicos de control de los medios de producción del negocio familiar: los “afroamericanos”. Es sorprendente comprobar lo poco que ha cambiado el sistema educativo de las clases dominantes siglos después, ajeno a la influencia del “Emilio”.

Este nene bien de la época, con todo, era un poco más mastuerzo de lo habitual, y sus frecuentes enfados y rabietas, así como la agresividad que manaba de él, aconsejaron dedicarlo a cuestiones menos trascendentes que el incremento del patrimonio familiar, de manera que desde muy joven se le encauzó hacia mundos para hombres de verdad: la guerra y la política.

Fundamentos ideológicos

George Washington inicia una saga de políticos (los Presidentes de los Estados Unidos) y como es lógico es en parte responsable de haber marcado las pautas posteriores. Tan alta magistratura fue desempeñada ya por su primer inquilino con una absoluta carencia de bases ideológicas. En este sentido no puede sino reconocerse un indudable mérito a Washington, pues sin duda marcó escuela. Nuestro hombre, todo un avanzado, era un político de los de ahora, absolutamente desinteresado de cuestiones distintas a los beneficios que una u otra postura le reportaban personalmente.

De hecho Washington cambió de aliados y chaqueta cuantas veces pudo y le convino y sólo su perseverancia en masacrar a los indios nos permite vislumbrar un rasgo de enternecedora ideología. Su mandato fue una especie de síntesis de las corrientes que agitaban la política norteamericana de la época: es decir Washington, que pasaba olímpicamente de todo excepto de ser Presidente y sacar pasta gracias a ello, cobijaba en su Gobierno tanto a federalistas como Hamilton (su Secretario del Tesoro) como a republicanos como Jefferson (su Secretario de Estado, téngase en cuenta que los republicanos de esa época acabaron por ser el partido dominante que a su vez se escindió en demócratas-republicanos) que se llevaban fatal y no hacían nada por disimular su antipatía.

Washington, por encima de todo, actuaba y se creía un semi-Dios, un nuevo César que estaba por encima del bien y del mal y que todo el mundo debía reverenciar. Como veremos, estaba absolutamente en lo cierto.

Carrera pública

La carrera pública de Washington se dive en dos partes, como la de todo buen caudillo: las glorias militares de un lado y su labor como Padre de la patria de otro (llamar carrera política a su magnífico tutelaje de los americanos de a pie sería desmerecer).

WASHINGTON, Caudillo de América por la Gracia de Dios. Como cualquier gran hombre que contribuyó a crear una nación de la nada, proveyéndola de honor y decencia, Washington fue cocinero antes que fraile. Si acabó siendo llamado a ejercer la Suprema Jefatura de las Fuerzas Armadas de su país fue tras haber mostrado una impecable hoja de servicios en el frente:

– Ya muy joven el mozo se alistó en la lucha de británicos contra la malvada coalición de franceses e indios. A pesar de que el curso de la guerra fue en general favorable a los intereses de la civilización y de que cientos de miles de indios fueron aniquilados, la presencia de Washington era un inmán de derrotas. Allí donde él actuaba los ingleses estaban perdidos. Eso sí, su gran genio militar le permitió escapar con vida de los sucesivos desastres tácticos que organizaba y sus apoyos entre los plantadores de Virginia (que preferían tenerlo lo más ocupado posible) así como cierto carácter fanfarrón le permitieron, sin mbargo, escalar posiciones en el Ejército. Acostumbrado a ordenar a seres inferiores en casa el joven Washington mandaba a sus huestes a la muerte con una firmeza que tenía extasiados a sus jefes.

– Como colofón a sus fracasos con los franceses Washington llegó incluso a desertar, lo que sin duda nos permite hacernos una idea bastante certera de la calaña del personaje.

– Cuando, acabada la guerra entre ingleses y franceses, Washington vuelve a la plantación pronto empieza a aburrirse. Como las cosas empresarialmente le enfrentan a la Madre Patria no tardará en convertirse al independentismo, intereses económicos mediante. A sus motivos para la rebelión unía el agravio comparativo que había padecido en sus propias carnes: exitosos oficiales ingleses habían ascendido con rapidez durante la guera, mientras que él, por ser “de colonias”, estaba estancado, algo sorprendente en alguien con su inmaculada hoja de servicios.

– Inciada la Guerra de Independencia Washington, sorprendentemente, es elegido Comandante en Jefe por la Convnción. Los motivos de esta elección son un verdadero misterio y los historiadores que resaltan la “moderación” y “discreción” de nuestro héroe durante las discusiones nos comunican el hecho sin explicar qué factores fueron tenidos en cuenta para obrar así. La sospecha de que la corrupción y la venta de cargos existían al más alto nivel sólo se difumina si nos inclinamos por pensar que se trató de una malévola maniobra para hacer fracasar la Revolución.

– Esta estrategia, si es que lo fue, a punto estuvo de ser un éxito total. La incompetencia militar de Washington, por si todavía era preciso que quedara patente, fue puesta de manifiesto una y otra vez. Perdió una batalla tras otra y a punto estuvo de perder incluso su capital, Filadelfia. Sólo con la llegada de la ayuda prusiana (¿cómo podía ser de otra manera?) del Barón von Steuben y, sobre todo, francesa (a cargo del Marqués de Lafayette) las cosas se equilibraron. Tras algunas victorias rotundas con apoyo francés en el frente sur (justo el que no controlaba Washington) que acabaron con las tropas de Cornwallis, la victoria cayó del lado continental.

– La única batalla de enjundia que en justicia ganó Washington a lo largo de la guerra fue la desarticulación del llamado Conway Cabal, una intriga que buscaba destituirle y colocar a alguien mínimamente capaz de Comandante en Jefe. Con métodos expeditivos, y que no requirieron estrellar avión ninguno (en esto sí fue superior a nuestro Caudillo), Washington se reafirmó en el puesto.

LA PRESIDENCIA. Acabada la guerra Washington, generosamente, se retiró a sus cuarteles de invierno. Como todo buen patriota y militar sabía, como el General de Gaulle, que las cosas no funcionan sin disciplina ni mano dura, pero prefirió que la gente se diera cuenta por sí misma. Cuando, redactada una nueva Constitución, se hace preciso un Guía para la nación, Washington es aclamado Presidente y el Colegio Electoral le elige masivamente en 1789. Esta espectacular victoria de la democracia indirecta garantizó a los Estados Unidos un Primer Presidente absolutamente impresentable que se dedicó a hacer bien poco salvo tratar de equilibrar las cosas en las ya por esa época complejas relaciones Norte-Sur.

Washington, moderno incluso en eso, dejó las riendas de su política en su Secretario del Tesoro (Hamilton), que creó el antecedente de la actual Reserva Federal, que es la que manda ahora en el mundo. El único contrapeso a ese poder era Jefferson, encargado de la política exterior, y una de las pocas atribuciones ejecutivas que tienen los Presidentes de los Estados Unidos. Como en esos años las cuitas internacionales y las Cumbres en la materia eran escasas el lucimiento era también mínimo. Sólo la guerra entre franceses e ingleses le obligó a actuar, pero el Presidente se sacó un conejo de la chistera e inventó la “neutralidad” que desde entonces tan buenos réditos ha proporcionado a Suiza y tan nefastas consecuencias a España siempre que la ha intentado.

Y la verdad es que poco más hizo, lo que le garantizó una espectacular reelección en 1792. Si acaso destacó su labor política de persecución, hostigamiento y ejecución sumaria de los indios. En 1797 se retira, renunciando, como los grandes hombres, a un tercer mandato (entonces posible), para morir dos años después.

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