World Trade Center (Oliver Stone, 2006)

El americano intrépido

Los americanos son unos cagados. Han tenido que pasar cinco años para que el cine de Hollywood se asomara a los atentados de las Torres Gemelas. Cinco años para superar el trauma colectivo de verse como seres vulnerables. Cinco años de censuras en los programas de televisión, planes especiales de seguridad y conflictos en Oriente Próximo para hacer una peliculita sobre aquellos acontecimientos. Lo dicho, unos acojonados. Porque aquí, en España, desde el día posterior al mayor atentado de nuestra historia, el 14-M (es decir, ese atentado consistente en que el PP perdiera las elecciones a pesar de las encuestas y como consecuencia del segundo atentado más grave de nuestra historia, el 11-M), al mismísimo día siguiente, se pusieron en marcha todos los medios de nuestra industria de entretenimiento no para hacer una película, sino un culebrón con más episodios que Verano Azul repetido durante 50 años. Periódicos, telediarios, programas radiofónicos, todos los medios al servicio de un gran montaje de ficción que retrocede la causa del 11-M a la permanencia de los árabes durante ocho siglos en la península.

Por eso, lo primero que le sorprende al espectador español que acude a ver esta película de Oliver Stone es la carencia de un guión como Dios manda. Vamos, se ha hecho todo lo contrario que en nuestro culebrón:

– en la peli se ensalza como héroes a los policías, los bomberos, los equipos de rescate, vamos básicamente lo que aquí llamaríamos “nuestros cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado”. Los policías y bomberos son en la película personajes desprendidos, positivos, dispuestos al sacrificio para salvar la vida del prójimo. Es decir, que echamos en falta a policías corruptos, jueces manipulados, fiscales incompetentes y, sobre todo, no comprendemos cómo no aparecen las auténticas figuras heroicas en una historia de estas características: los delincuentes y los confidentes de la policía.

– tampoco vemos que la película ponga en el justo lugar que se merecen a las víctimas de los atentados: en un altar dialéctico. De hecho, los personajes recitan páginas enteras de guión sin soltar frases como “recordemos que aquí lo más importante son las víctimas y los familiares de las víctimas”. Ante tamaño error, aún nos preguntamos cómo consigue el director crear una cinta con secuencias emotivas y sentimentales.

– y, lo más grave de todo, en ningún momento aparece una bandera norteamericana, como si los norteamericanos no se sintieran en la película orgullosos de ser norteamericanos. Como si aquí no quisiesen reivindicar la unidad de Norteamérica frente a los ataques de los separatistas. De nuevo, otro patinazo, porque ése es un elemento imprescindible para un buen relato de ficción política post-atentado: la reivindicación patriótica de la nación por encima de la misma vida y derramando la última gota de sangre, si fuera menester.

Entendemos, de todos modos, la posición de Oliver Stone. El pobre hombre ha hecho lo que ha podido, porque sus antecedentes no eran fáciles. Un director obsesionado con el Vietnam, que había denunciado la existencia de un golpe de Estado en “JFK”, y que había aguantado durante horas a Fidel Castro sin dormirse, no podía permitirse muchas florituras jugando con los sentimientos patrióticos de los suyos en esta película. Tampoco podía deleitarse con una reconstrucción de los hechos: así, no aparecen imágenes demasiado espectaculares, y sólo vemos las colisiones de los aviones a través de los informativos de televisión. El resultado es que le ha salido algo un pelín frío, ya que no apuesta por la polémica ni tampoco se acerca demasiado a la senda del patriotismo. De esto último hay lo justo, porque no aparece apenas el presidente en plan líder-salvador-del-mundo-mundial (como en “Independence Day”) ni hay un final feliz de reinvidicación de la Historia para concluir que no hay mal que por bien no venga (como sucedía en “Pearl Harbor”).

Porque Oliver Stone lo que quería hacer, al fin y al cabo, es lo de siempre: su eterno discurso de que el ser humano está por encima de todas las cosas, y que es la iniciativa individual la que mueve el mundo, superando las barreras de los burócratas y de los aparatos oficiales para hacer avanzar la sociedad. Es lo que viene defendiendo en sus películas, en las que aparecen los personajes como héroes por el simple hecho de actuar por su cuenta y riesgo: es el Jim Garrison de “JFK”, el soldado de “Nacido el 4 de julio” o su Alejandro Magno. Un discurso que vuelve a plantear en“World Trade Center”.
La película trata de dos policías que se quedan atrapados entre los escombros de uno de los edificios que se derrumbaron en el centro comercial y financiero de Manhattan. Son un blanco y un hispano que permanecen sepultados durante horas (¿adivinan quién de los dos tiene un delirio en el que cree ver a Jesucristo ofreciéndole una botella de agua?). Y allí se habrían muerto de no ser por unos marines que se saltan el requerimiento de los cuerpos de rescate de interrumpir los trabajos por la noche. Hay que agradecer también el papel de las esposas, que rechazan el consejo de sus familias de quedarse en casa esperando noticias y acuden al hospital a ver cómo llegan sus maridos, lo que constituye para éstos una fuerza vital para seguir luchando contra la muerte. Porque las esposas están para eso, para cocinar, para cuidar a los hijos y esperar al marido que está haciendo labores de rescate. Ni una sola mujer aparece en todos los equipos de rescate (a excepción de la mujer negra que atiende el teléfono en comisaría) y eso que Oliver Stone se ha encargado de que veamos al menos a un miembro de cada raza para cuidar lo políticamente correcto.

En definitiva, como siempre hace Oliver Stone, una reivindicación tan encendida como vaga del valor del individuo. Y lo de las Torres Gemelas no es más que una excusa para volver una vez más sobre este tema. Podía haber situado la historia en un terremoto u otra catástrofe natural, que no habría cambiado nada. Porque así de simple es Oliver Stone como director. No es un antibelicista, sólo es un anti-Vietnam. No es un antiamericano, sólo es un provocador.

Y tampoco es demasiado valiente, porque no se ha atrevido a hacer una película política intrépida como “JFK”. A lo mejor su valentía sólo se demuestra en hechos ya digeridos por los suyos: el asesinato de Kennedy o la guerra del Vietnam. En resumen, que en Estados Unidos será considerado un tío con las cosas en su sitio, pero si lo ficharan como guionista del culebrón del 11-M, no aguantaba dos telediarios (o dos tertulias radiofónicas). País de nenazas.ny sketchкак узнать тиц


Compartir:

Nadie ha dicho nada aún.

Comentarios cerrados para esta entrada.