Estúpidas novedades de la presente edición

Como todos Ustedes saben no hay nada sobre la faz de la Tierra más innovador y arriesgado que un programador televisivo. Les das pie y, a la que te descuidas, el tío ya te está montando un espectáculo experimental, dando la vuelta a nuestras vidas a través de la televisión, revolucionando el medio televisivo una y otra vez. El caso es innovar, no quedarse out, sorprender a la audiencia. Eso es lo que ha ocurrido con Gran Hermano, un programa señero de nuestra televisión, es más; un programa que, de no existir Operación Triunfo, debería ser declarado de interés general y programarse en la televisión pública para aumentar la cuota de telebasura (si bien esto, tratándose de TVE, se antoja una misión imposible); en resumen, un programa “por encima de la media española”. Dale un formato de éxito a un programador y seguro que el tío te lo vuelve del revés, así de grandes son sus ganas de ofrecer cosas nuevas: pero si además contamos con un equipo señero de psicólogos, sociólogos y comunicólogos interesados únicamente en el aspecto científico del programa (no les digo más que fueron ellos quienes descubrieron a Cal.loh, ¿sabeh?), se pueden imaginar que a Gran Hermano III no lo reconoce ni la productora que lo parió: doce concursantes, como el año pasado, lucrarse a costa de la audiencia vía telefónica, como siempre, en Guadalix de la Sierra, de nuevo, estúpidas pruebas semanales, como es habitual, concursantes “por encima de la media española” y, sin embargo, fieles representantes de la sociedad española, una vez más… Las novedades son tantas que se nos agolpan en la pantalla, obligándonos a prestar atención o, peor aún, ejercer nuestra capacidad intelectiva.

La verdad es que Gran Hermano es lo de siempre, o al menos parece la misma telebasura de calidad a que estamos acostumbrados; cambios haberlos haylos, pero no creo en ellos, o al menos no creo que cambien la filosofía del programa. Es más, espero que el engendro sea como siempre, porque en caso contrario no lo va a ver ni Dios. Las novedades, esperamos, son, sobre todo, cosméticas:

Modus vivendi

Según la productora Zeppelin, el principal problema de las dos anteriores ediciones es que los concursantes de Gran Hermano no daban un palo al agua. Pese a que ver a doce (o diez, o cinco, o tres) personas (o algo por el estilo) dormitando en un sofá no sólo no ahuyentaba a la audiencia sino que parecía atraerla como las moscas a la miel (“mira qué cabrones, no hacen nada… Yo quiero ser como ellos. Qué coño, yo SOY como ellos”), la idea es que este año los concursantes se pasen la vida trabajando en absurdas tareas encargadas por el Gran Hermano, algunas eventuales (las famosas, y estúpidas, “pruebas semanales”) y otras sistemáticas: Gran Hermano pretende ser este año una economía de subsistencia en la que los sufridos concursantes habrán de generar todo tipo de materias primas que Gran Hermano les cambiará por productos manufacturados. Como ya dijimos en otro lugar, esto sería un hermoso símil del colonialismo europeo o, sin ir más lejos, la economía capitalista (petróleo para mover coches en Occidente cambiado por coches que, por otro lado, han sido fabricados en franquicias en el Tercer Mundo; ¡toma ya crítica social! ¿Quién dijo que Gran Hermano no era un programa superprofundo?), si no fuera porque, previsiblemente, Gran Hermano será mucho más generoso en esta economía de trueque sui generis que una multinacional o Estado opulento al uso.

Todo este tinglado de obligar a trabajar a los concursantes se sostiene, supuestamente, en un corral con animalitos (ya saben, esas cosas que a veces hay en el campo, aún sin envolver para ser vendidos en el supermercado, que a la vez constituyen alimentos y generan otros nuevos) y en un pequeño huerto (lo mismo que el corral pero lo que sale sabe bastante peor), con lo que, teniendo en cuenta que los concursantes tan sólo cuentan con 3 euros diarios para efectuar la compra, es obvio que estos tíos, una vez descontados los tres euros reservados para tabaco, alcohol y productos de maquillaje, se van a pasar la vida comiendo lechuga y huevos, hasta que se cansen y sacrifiquen a todos sus animales en una entrañable fiesta ritual o hasta que Gran Hermano vulnere, por tercera edición, sus propias reglas y les ofrezca barbacoas gratis.

La verdad es que confiamos plenamente en el nivel intelectual de los concursantes y en la propia dinámica del programa para que el tiempo ponga las cosas en su sitio: a los 12 hombres sin piedad tumbados en el sofá mientras hablan de cosas profundas, se comen el tarro pensando en si le gustan a uno o a otra, a los programadores comentando la jugada y al público disfrutando de lo lindo, como siempre, al comprobar cuán fiel es Gran Hermano al espíritu de la sociedad española. ¿Concursantes dinámicos y trabajadores? ¡Para eso ya tenemos el Congreso de los Diputados!

La Casa
La Casa del Gran Hermano es como siempre, un prodigio de la técnica y el arte contemporáneos cuya principal función es asegurar que los concursantes habiten en ella cómodamente y con los gastos pagados durante 101 días sin ordenarla ni limpiarla ni una sola vez, llenándola, de paso, de elementos decorativos en la mejor tradición del kitsch, como banderas de Castilla – La Mancha o carteles estilo “Luis estubo akí”. Este año, sin embargo, hay bastantes novedades, concretamente dos, a cual peor:

– “El corral”, compuesto por dos ovejas, dos cabras, doce gallinas y cuatro conejos (hagan los juegos erótico – cabalísticos que quieran con esto, por lo pronto a mi se me ocurre que han decidido colocar a una gallina por concursante, para que todos, incluso las mujeres o aquellas que se precian de serlo, tengan un par de huevos, o que si sumamos a todos los animales de la casa el resultado da 30, el porcentaje de audiencia media que cosechará, como mucho, Gran Hermano III).

– “La cocina”: funciona con leña y carbón, pues Gran Hermano no ha conseguido que Gas Natural le instale el ídem. Se supone que así los concursantes habrán de mostrar su capacidad de supervivencia en un entorno adverso como un programa de televisión, en una clara copia de otro programa de Tele 5, Supervivientes. Estamos en condiciones de afirmar que si no hay un concursante que se encargue en exclusiva de cocinar asistiremos a un sinfín de cenas frías.
Las pruebas

Ya van tres años en los que Gran Hermano nos ha aburrido sin freno con una serie de pruebas semanales, a cual peor, pues obligaba a los concursantes a hacer esfuerzos físicos (o, aún peor, intelectuales), distrayéndoles de su función primigenia de no hacer nada de nada. La función de tales pruebas parece ser que los concursantes se apuesten una cantidad de su presupuesto semanal, no superen la prueba, Gran Hermano la dé por buena y naden en la abundancia, fumando más que la semana anterior. En este sentido, las pruebas tienen su razón de ser, pues alejan a los concursantes del pernicioso vicio de sufrir, coto privado de los telespectadores. Sin embargo, este año las pruebas tienen la novedad de que hay también un ganador individual, se supone que para premiar el esfuerzo de la persona humana frente a la colectividad (mezclando el talante cooperativista de Gran Hermano con un cierto toque neoliberal, satisfaciendo así a todo el espectro ideológico) y, accesoriamente, generando problemas entre el cabrón que gane la prueba y los demás.

El ganador individual, votado por el público, puede elegir entre salvarse a sí mismo de ser nominado, salvar a otro concursante o pasar un día (acompañado por otra persona) en la Suite, un engendro sacado de las peores películas de Hollywood de los años treinta en el que se supone que el lujo y la opulencia son un fin en sí mismo. Damos por sentado que los concursantes, al menos mientras sean muchos, escogerán siempre la opción de no ser nominados, pues salvar a otro parece una gilipollez como un piano, totalmente contraria al espíritu altruista del concurso, y pasar un día en la suite aislado de los compañeros para que te puedan poner a parir (“éste se cree algo”, “mira cómo nos ignora y se va”) y confabularse en tu contra no parece una buena idea.

La radio

En un desesperado intento para sacar dinero por todos lados, Zeppelin ha montado un estudio de radio en la Casa para que diariamente, a una hora que no reproduciré aquí y en una dirección web que por supuesto y mientras no nos subvencionen, tampoco pronunciaré aquí (esto ya parece el Señor de los Anillos), los concursantes hagan un espacio musical de una hora que podrá escucharse por Internet. Animamos desde aquí a todos Ustedes para que, pese a que no les decimos ni dónde, ni cuándo, ni cuánto dura, se acerquen algún día al programa de radio, que promete ser antológico. Transmuten a los concursantes de Gran Hermano en presentadores de radiofórmula y he aquí lo que tenemos: una mezcla privilegiada entre Joaquín Luqui y Fernandisco.

Los concursantes

En principio, se supone que los 12 concursantes de Gran Hermano III constituyen una gran novedad, no en vano son distintos, en principio, a los de Gran Hermano II y Gran Hermano (a secas). Sin embargo, hay una serie de factores que nos hace preguntarnos si la novedad es tal; en primer lugar, son nuevamente doce, en segundo lugar todos están “por encima de la media española”, y en tercer lugar todo apunta a que las características sociológicas y psicológicas de los Hermanos de las dos anteriores ediciones son enormemente similares a las de los aspirantes al famoseo y el papel couché de este año (excluimos del grupo a fenómenos paranormales como Cal.loh, por estar, este sí, muy por encima de la media española).
El premio

El ganador del concurso se llevará 180.000 euros, una cifra ciertamente ridícula, especialmente si es antes de impuestos, en cuyo caso el socio Hacienda se llevará un enorme bocado por otro lado fácilmente recuperable a través de exclusivas en las revistas del corazón, discos supuestamente de música y colaboraciones en las tertulias más prestigiosas del panorama mediático español. Dado que los ingresos por estos últimos conceptos acaban siendo, a la hora de la verdad, mucho más importantes (si el concursante carece de dignidad personal, lo cual, por otro lado, se le supone, y sobre todo si se sabe vender ante la audiencia) que el premio final, habrá que decir que en realidad el único valor real de ganar el concurso es que sales más tiempo en la tele, lo cual aumenta las posibilidades de ser contratado después de la experiencia (aunque esta regla puede ser fácilmente infringida con un poco de imaginación, por ejemplo pegando yoyah como Cal,loh o teniendo un oscuro pasado del que hablamos sin pudor una vez se descubre, como María José).

El experimento sociológico interactivo

Se supone que, en cuanto experimento sociológico de tronío, uno de los principales valores de Gran Hermano es la interactividad con los espectadores que, como en los sistemas democráticos más acreditados (por ejemplo la democracia USA), son los que se encargan de decidir quién gana y quién se va ejerciendo su derecho al voto. Ciertamente Gran Hermano se asimila cada vez más a la democracia, sobre todo a la democracia USA, pues para votar hay que pasar por caja (pagar impuestos o llamar por teléfono a precios abusivos; esta comparación es un poco forzada pero ya me dirán si no cómo leches clavo lo de que para votar en Gran Hermano hay que soltar la pasta), al igual que en la democracia USA los familiares tienen una función muy importante (el hermano de George W. Bush en Florida, Jeb Bush, Gobernador del Estado, conduciendo el recuento, la familia de Fran, o la de Bustamante en clónicos de Gran Hermano, llamando desde el móvil) y, como ocurre en la democracia USA, en la práctica la votación está vendida a unas élites superpoderosas que al final hacen lo que quieren (los burócratas de Washington y los productores de Gran Hermano que decidieron que ganara Sabrina).

Este año, sin embargo, Gran Hermano va más allá y hace un ejercicio de democracia directa al preguntar al público sobre un sinfín de cuestiones que, al igual que en la democracia directa, son menores pero no por ello insignificantes: decidir si va a llover en la Casa del Gran Hermano, decidir quién es el ganador individual de las pruebas, decidir si alguno de los concursantes de Gran Hermano deberá leerse un libro de 200 páginas de pe a pa, y luego hacer un resumen de por lo menos 6 líneas, en castigo por dormir más de 16 horas al día, … La función de esta continua consulta popular al público es doble: por un lado, reivindicar el carácter de experimento sociológico bidireccional del programa y, por otro, recaudar más pasta aún (coño, pues al final no era tan complicado colar lo de que con lo de las votaciones expolian un montón de dinero a la incauta audiencia).

La otra gran novedad, en el plano de la interactividad que caracteriza a Gran Hermano, es que no hay, por el momento, ninguna plataforma de televisión, por cable o por satélite, que se moleste en emitir el programa las 24 horas del día, siendo únicamente posible seguir los avatares de los concursantes a través de Internet. Resulta sorprendente que así sea, pues en principio incluso Gran Hermano III es un importante factor de enganche de la audiencia; quizás sea debido a la condición exangüe de todas las plataformas televisivas, que bastante tienen con pagarle una grada nueva cada mes al Rayo Vallecano, o la última estrellita brasileña al Tenerife, como para preocuparse de comprar los derechos de Gran Hermano. La no emisión 24 horas constituye, indudablemente, una gran ventaja para los telespectadores, que ya no tendrán la obligación de aburrirse durante horas viendo lo que pasa en la Casa (nada), limitándose a aburrirse durante los resúmenes de Gran Hermano con el objetivo de acceder al meollo de la cuestión: quién se lía con quién, qué nueva frase absurda se convierte en objeto de culto popular (“quién me pone la pierna encima”, “jode-te”, “canne y toltiya”, etc.), pues al fin y al cabo de eso se trata. Y si aprovechando que casi nadie puede seguir el programa en directo las 24 horas la productora manipula siniestramente los contenidos, mejor. Televisión de calidad. Total, tampoco eran muchos los que lo seguían en Vía Digital, y cuando pasaba algo interesante (ordenaban callarse a algún concursante, entraba un proetarra en la Casa) lo censuraban igual.

El presentador

Por último, el presentador, no sé si Ustedes se han dado cuenta, ya no es Mercedes Milá, sino Pepe Navarro, rescatado de la caverna televisiva (al igual, por otro lado, que la propia Mercedes). Como esta es una cuestión de mayor alcance la dejamos para un apartado específico. Aquí sólo diremos que la sentencia “peor imposible” aplicable a Mercedes Milá pierde credibilidad al hacernos cargo de quién es su sustituto.angel drawings black and whiteнеобычные радиаторы отопления


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