Friends

Adéntrese en el siglo de los jóvenes, sus corticoides y sus diuréticos

Si hay un producto de ficción televisiva para jóvenes que ha revolucionado el género, sin duda ése fue “Beverly Hills 90210. Sensación de… “. Gracias a esta serie, los productos con los que crecieron los últimos retoños del siglo XX, dominados todavía por el culto a la lógica argumental, la tendencia a construir historias trabadas y un latente machismo que decantaba la temática hacia los coches o las motos, los héroes de ficción o la milicia justiciera han pasado a la historia. “El coche fantástico” o “El Equipo A”, a fuerza de repetir el mismo argumento en innumerables ocasiones, lograban dotar a su narración de una solidez incuestionable. Pasaban cosas, y se contaban.

“Sensación…” fue el primer producto de masas generacionalmente diferente. Una época donde los productores ya se habían percatado de que las formas importaban más que una historia realmente valiosa y una generación de guionistas con estudios universitarios sólo podían producir series para adolescentes como las que tenemos en la actualidad: una especie de cruce entre el estructuralismo más desencantado, Ibsen interpretado por compañías soviéticas y la densidad del cine de la nouvelle vague desentrañando los misterios de las relaciones humanas. La serie rompió moldes e inauguró con honores la nueva tendencia, más del gusto del nuevo consumidor de finales de siglo XX y principios del XXI (más femenino y refinado, en consecuencia): modelitos, promiscuidad sexual bajo una pátina de buenos sentimientos cristianos, modelitos y buenos sentimientos cristianos bajo una pátina de promiscuidad sexual. Un cóctel definitivamente insuperable, llamado al triunfo y a las secuelas (que van desde “Melrose Place”, que logró un gran éxito en el nicho de mercado jóvenes adolescentes recién salidas de una clínica de desintoxicación o próximas a ingresar en ellas, a “Sexo en Nueva York”, derivación de la primera para mujeres occidentales que han superado cierta amargura sexual por no ser lo suficientemente valientes como para dedicarse a rastrear el mundo de la inmigración en busca de parejas sexuales gracias a las palomitas de maíz y los vibradores).

Pero, como ya anticipamos, la secuela funcional más respetuosa con las claves de “Beverly Hills 90210. Sensación de… ” y que mejor ha sabido captar su esencia, logrando un merecido reconocimiento por ello, ha sido Friends. En todo el mundo, jóvenes, adolesecentes y niños han acompañado el cambio de siglo y la evolución de nuestras sociedades (tan magistralmente plasmada en la evolución capilar de las protagonistas femeninas, que empezaron la serie con un 2 a 1 a favor del pelo rizado-cardado herencia de unos 80 todavía no del todo superados y que la han acabado con un espectacular 0-3 que demuestra la vistoria del pelo liso entre las gentes de bien) con esta serie y sus jóvenes protagonistas.

Friends es un producto que sintetiza en menos de media hora lo que “Sensación de…” requería de casi una. Más adaptado a los nuevos tiempos, sin duda, y sobretodo más eficaz humorísticamente así como más apto para incitar a la reflexión. Porque la serie refleja la vida y preocupaciones de una serie de jóvenes neoyorquinos (algunos de ellos, al menos inicialmente, sin oficio ni beneficio) y contribuye incluso a la formación de la conciencia social de los espectadores. En España, por ejemplo, la conciencia respecto de la gravedad del problema de acceso a la vivienda que padecemos sólo se nos desarrolló cuando descubrimos que un actorzuelo en paro podía vivir en un pisito de puta madre en Nueva York mientras que en Ciudad Real algo así sólo es posible con un sueldo de fontanero, electricista o jugador de fútbol del Real Madrid.

Friends es una serie coral. Es decir, que se sustenta en varios personajes protagonistas. Seis, en concreto, que se dividen, sorprendentemente, en tres chicos y tres chicas. Todos son blancos y heterosexuales pero no crean, para demostrar que estamos en el siglo XXI aparecen homosexuales y lesbianas (si eran blancas desde el primer capítulo) e incluso en las últimas temporadas se aceptó dar algo de chance a los afroamericanos. Moros, latinos y demás cumplen a la perfección sus funciones de repartidores de pizzas o barrenderos. Siguiendo con las sorpresas, a lo largo de los años de serie surgen toda una serie de historias de pretendido amor entre algunos de los protagonistas. Pero no se engañen, en Friends, como en la vida, no pasa nada. La serie sólo pretende reflejar lo que es nuestra sociedad, como hiciera “Sensación…”, con una mirada irónica. Y lo hace a la perfección.

Así, por ejemplo, Friends permite constatar cómo, a medida que la serie prosperaba, los años pasaban y sus protagonistas obtenían el éxito y el aplauso, dos líneas evolutivas muy marcadas aparecían: las protagonistas iban de cabeza a la anorexia (si la serie llega a durar dos años más habría acabado usándose en las clases de anatomía para estudiar el sistema óseo humano) mientras que ellos empezaban a ponerse más y más fondones (evolución asimismo aneja a la que siguen los machos dominantes de nuestra época si no se ciclan debidamente en el gimnasio).

Pero, sobre todo, la serie reflexiona y muestra algunas de las más claras patologías de nuestro tiempo, que conducen a la exclusión, la marginación y el auto-odio. En concreto, los estudios. Y, si son universitarios, peor. Las protagonistas de la serie, en plan políticamente correcto, se convierten (una vez logran encontrar un hueco en el mercado laboral) en existosas masajista, vendedora de trapitos y cocinera. Todas ellas son gentes satisfechas, felices y sensatas. Porque son inteligentes y válidas, adaptadas a lo que el mundo exige de ellas (vómitos si comen demasiado, cierta disponibilidad sexual y, llegado el caso, tener hijos).

Los varones, en cambio, son un género de patanes. Graciosos y entrañables, en ocasiones, pero estúpidos en cualquier caso. Unos inadaptados. Dentro de lo que cabe uno de ellos, al ser actor y pensar que Josef Stalin es un novelista afamado, está salvado: es capaz de relacionarse con mujeres, esquivar la marginación y sentirse realizado (dado que es el único personaje que ha generado una serie propia una vez acabada la serie-madre, la verdad de este aserto reluce más si cabe). Pero los otros dos, con estudios universitarios, son la imagen del mismo desastre. La serie, con buen criterio, insinúa constantemente la falta de hombría de uno de ellos (que además se dedica profesionalmente a la enseñanza universitaria de la paleontología) y directamente basa uno de los pilares argumentales de la historia en la latente homosexualidad del otro, tan atraído por el paleontólogo que acaba casándose con su hermana. Ambos son la viva imagen del loser de nuestros días: capaces de pronunciar correctamente la palabra “nuclear”, trabajadores, poco eficaces en la confrontación física, avasallados por las mujeres e incapaces de integrarse de verdad en el ambiente que exigen los garitos de moda. Son los despojos de nuestro tiempo, de una generación de varones educada en el engaño de que tenía que cultivar su sensibilidad e intelecto, y que ni por edad ni por disposición son capaces de meterse los ciclos de gimnasio que, para su fortuna, los hombres ya plenamente educados en el siglo XXI sí que son capaces de asumir y que les prepara, junto con la depilación láser y los tintes químicos, para afrontar con garantías la supervivencia en sociedad.промо сайт заказатьбатареи отопления москва


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