Historia Sagrada. 49

Convenio marco Israel – Egipto (Éxodo 4, 10 – 31; 5, 1 – 23; 6, 1-30; 7, 1 – 14)

Moisés vuelve de su retiro espiritual en el extranjero y se dispone a cumplir las órdenes de Él; sin embargo, pese a sus buenas intenciones, Moisés era tartamudo, lo cual podía resultar irritante para llevar a buen puerto su prevista audiencia con Faraón (que era un hombre muy ocupado con fiestas y saraos y que, dado su pragmatismo, bien podría cortarle la cabeza a Moisés allí mismo por mucho que poseyera algo tan preciado como su bastón – serpiente), así que recaba la ayuda de su hermano Aarón, leguleyo bien avezado en soltar discursos ante las masas.

La petición de Moisés y Aarón es taxativa: estamos hartos de trabajar, queremos que nos des unos cuantos días de fiesta con el fin de honrar convenientemente al Señor. En los tiempos antiguos se ventilaban en las negociaciones patronal – sindicatos, como ven, las mismas cosas que en la actualidad, pero dada la dureza de aquellos años, en lugar de firmar convenios colectivos uno tenía que ir pertrechado de bastones – serpiente y sibilinas amenazas de “haznos caso o el Señor, nuestro primo de Zumosol, se pondrá a repartir chapapote por todo Egipto”. Faraón, sin embargo, ni se inmutó. A su entender, los judíos eran una panda de vagos cuentistas que no trabajaban lo necesario, así que, maligno como era, no sólo no concede a Moisés sus justas peticiones sino que encima endurece las condiciones de trabajo de los israelitas: a partir de ahora, tendrán que buscarse ellos mismos la paja necesaria para construir ladrillos, pero además tendrán que satisfacer el mismo número de ladrillos diarios que anteriormente (como ven, ni la patronal ni los sindicatos han cambiado tanto con el tiempo, en el fondo).

Rotas las negociaciones, y soliviantados por sus lamentables condiciones de trabajo, por el insulto que suponía la intolerable plusvalía acaparada por el capitalismo explotador de Faraón, indignados, en suma, por no participar en lo más mínimo de los beneficios del boom inmobiliario que en aquellos años estaba experimentando Egipto, los israelitas echan en cara la incompetencia de sus líderes sindicales y, en particular, de su mentor intelectual, Yaveh, pero éste suelta un discurso a Moisés que suena de lo más convincente (no en vano, Él es Él, valga la redundancia, y Él es capaz de todo), con el objetivo último de que Faraón permita salir a los israelitas de Egipto (pero… ¿no habíamos quedado en que sólo querían unos días de vacaciones? ¿Y ahora salen con esto? Esta gente parece el PNV, siempre quiere más), y que viene a resumirse en “tú hazle a Faraón el truquillo del bastón – serpiente y verás como el malage ese se acojona, pisha”.

Reconfortado por estas palabras, Moisés vuelve al encuentro de Faraón y le suplica que vuelva a ser el empresariado el responsable de surtir a sus trabajadores de la materia prima -la paja- necesaria para construir ladrillos, y de paso le vuelve a sacar la vieja reivindicación israelita de que les dejen montar unas fiestas patronales en condiciones para mejor alabar al Señor, y, porqué no decirlo, que si se tercia un éxodo de los judíos para salir de Egipto tampoco estaría mal, pero Faraón, que era tan malo que no habría desentonado en una reunión de promotores inmobiliarios de la Costa del Sol, y que además comienza a hartarse de que esta gente le venga con todo tipo de reivindicaciones extemporáneas, sigue sin inmutarse y les dice que ni hablar, que aquí manda él, que los sueldos los pone él, y las condiciones de trabajo también, que la competencia extranjera es durísima y que como le sigan tocando los huevos se saca de la manga un expediente de regulación de empleo y los manda a todos a la calle, sin dejarles salir de Egipto y sin darles trabajo, y todo esto sin ni siquiera molestarse en mezclar sus amenazas con frases de talante más diplomático del estilo de “no os preocupéis, chavales, ahora estamos pasando un momento duro en el que todos, yo el primero, pero sobre todo vosotros, tenemos que apretarnos el cinturón, pero si os portáis bien os espera un esplendoroso futuro de vacaciones pagadas, seguridad social y contratos indefinidos”.

Preocupado por esta respuesta, Moisés arroja el bastón al suelo y éste se convierte en una serpiente, que se queda por ahí reptando, como suelen hacer las de su condición, ante el estupor de los presentes. Pero Faraón, acostumbrado a los más bajos trucos propios de las negociaciones a cara de perro, llama a sus científicos y estos, “usando sus fórmulas secretas” según nos indica, críptica como siempre, la Biblia, logran reproducir el proceso y convierten también sus bastones en serpientes. Pero nada puede oponerse a la voluntad de Yaveh y estas serpientes – bastón de segunda categoría son fácilmente ingeridas por la serpiente – bastón de Moisés, en una más de las bellas metáforas que riegan la Biblia mostrando la victoria del Bien sobre el Mal.

Cabreado con la pérdida de un montón de bastones lujosos, auténticas obras de arte de orfebrería, que ahora engrosan el estómago de la serpiente – bastón de Moisés, Faraón sigue sin dar con su brazo a torcer y amenaza con endurecer aún más las condiciones de trabajo de los israelitas, así que Moisés y Aarón vuelven a hablar con Yaveh, quien les reconforta: “no os preocupéis; Él (Yo) tiene un plan”.


Compartir:

Nadie ha dicho nada aún.

Comentarios cerrados para esta entrada.