Historia Sagrada. 36

Historia de Onán (Génesis 38, 1-30)

Hay ocasiones en las que el cronista que se enfrenta al reto de narrar una visión humorística de la Biblia ha de reconocer su ineptitud para sacar punta a los textos sagrados, pues dichos textos por sí solos llegan a unos niveles imposibles de superar por cualquier mente calenturienta no iluminada por Él. La Historia de Onán es, indudablemente, una de esas ocasiones privilegiadas.

Nuestra historia comienza con los escarceos sexuales de Judá, uno de los hermanos de José, quien casó con “la hija de un cananeo llamado Sué” (la Biblia no considera necesario decirnos el nombre de la interfecta, y más bien prefiere deslizar subrepticiamente que era de buena familia), con la que tuvo tres hijos: Er, Onán, y Sela.

Judá, siempre preocupado por multiplicarse como las estrellas del firmamento, se preocupó de buscar una esposa para su primogénito, Er, decantándose por una viva la virgen llamada Tamar. Lamentablemente, Er era malo a los ojos de Yaveh, así que Él le quitó la vida. No eran tiempos de componendas, y podemos intuir que, habida cuenta de los valores morales de la época, ser malo a los ojos de Yaveh no quería decir necesariamente ser mala persona, sino no cumplir en la cama como un Elegido. Tal intuición se confirma cuando asistimos a la historia de Onán, segundo hijo de Judá, que sucede a Er en la penosa labor de asegurar descendencia a la familia. Pero Judá andaba corto por entonces de doncellas casaderas, o quizás el honor bíblico le obligaba a satisfacer convenientemente las necesidades procreadoras de Tamar, porque fue también esta la Elegida para copular con Onán y asegurarse, así, la descendencia.

Onán no estaba demasiado entusiasmado con su función, porque en realidad él no iba a ser el esposo de Tamar, sino un mero instrumento para darle hijos a su hermano. En palabras de la Biblia: “Judá dijo a Onán: ” Cumple con tu deber de cuñado, y toma a la esposa de tu hermano para darle descendencia a tu hermano.””. Onán no estaba dispuesto a yacer con Tamar en calidad de cuñado, así que urdió un plan para escapar del compromiso: eyacular su semen en la tierra, evitando así fecundar a Tamar como su padre y Yaveh ansiaban. Como Ustedes comprenderán, tal actitud, que en los tiempos actuales le habría garantizado a Onán una canonización en el centenario de su nacimiento, no fue bien vista por Yaveh en los duros tiempos de la Antigüedad, en los que la procreación se anteponía a cualquier tipo de consideración ética (que la procreación se produzca tan a menudo en la Biblia en condiciones harto vergonzantes para nuestra rígida moral ¿católica? no es síntoma de depravación, bien al contrario, testimonio de la fe de los Antiguos en el Señor), máxime si tenemos en cuenta que para la Biblia sólo hay una cosa más importante que la procreación en sí, y es la garantía de que las relaciones sexuales serán también incestuosas: Onán se negó a una minucia tal como yacer entre cuñados, y la respuesta de Yaveh fue taxativa: eliminación por impío, y a otra cosa. Había nacido el Vicio Solitario, mítico pecado capaz de dejar ciego al que lo practicara, con el apunte curioso de que quien inauguró el chiringuito, Onán, no sólo no se masturbaba sino que manifestaba un gran hastío en practicar sexo, justamente el sueño de la mayor parte de los que practican dicho Vicio Solitario como sustitutivo de las relaciones sexuales (no necesariamente con cuñadas).

Muerto Onán por sus pecados, Judá se estaba quedando sin hijos para garantizar una multiplicación de estrellas como Yaveh deseaba. Por lo pronto, decidió mantener a Tamar en la agenda para cuando su último hijo, Sela, de corta edad, pudiera cumplir como un hombre. Pasaron los años, y murió la mujer de Judá. Piadosamente este guardó luto, y al terminarlo lo primero que hizo fue irse con un amigo a “ver esquilar a las ovejas”. Posiblemente la Biblia se disponía a aumentar su repertorio de perversiones sexuales, pero en el camino de Judá se cruzó Tamar, que al saber que su suegro se dirigía a los alrededores de donde ella vivía se disfrazó, sentándose a la vera del camino. Judá la tomó por una prostituta, y en consecuencia, dado que se había terminado el luto, la tomó, a secas, pagándole con un collar y un bastón de uso personal. Tamar nada dijo (los motivos por los que se hizo pasar por prostituta ante su suegro se nos escapan, a no ser que fuera uno de los raros personajes lascivos de la Biblia y hubiera decidido romper sus años de impuesta castidad precisamente con el autor de la imposición), y al poco quedó embarazada, una consecuencia de lógica implacable según el afán multiplicador del Señor. Al enterarse, Judá ordenó que la quemaran como escarmiento por su falta de aguante, pero hete aquí que Tamar reveló de quién estaba embarazada, y Judá, muy arrepentido, la dejó con vida, con lo que Tamar dio a luz poco después a unos preciosos gemelos.

Naturalmente, al Señor le dio exactamente lo mismo la actitud de Judá, en absoluto repudiable por Él; al contrario, Judá dio ejemplo, consiguiendo de una tacada no uno, sino dos retoños de una mujer que se había resistido a sus hijos Er y Onán, malos a los ojos de Yaveh, particularmente el segundo.

Pero no se vayan todavía, cuando parece que es imposible llegar más lejos, el Libro vuelve a sorprendernos y nos deleita con más escenas subidas de tono: “La mujer de Putifar”.ключевые слова для сайтаводяные полотенцесушители цена


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