Capítulo XCVIII: Chapapote Ibérico

Año de nuestro Señor de 1170

Cuando Alfonso VIII logra asentarse en el poder lo primero que hace es trasladar la capital efectiva de su reino a Toledo, ciudad fronteriza con la España musulmana y de enorme valor simbólico como capital de los visigodos. Bien pronto se dedica el rey a embellecer Toledo y a desarrollar una incipiente convivencia pacífica entre las tres religiones monoteístas, que permite vislumbrar una época de tolerancia e iluminación en todos los campos del saber.

El rey se dispone a aportar su granito de arena a este festival de mestizaje liándose con una joven judía llamada Fermosa y desentendiéndose de los asuntos de su reino (se comenta que incluso hubo épocas en las que Alfonso VIII no ejecutaba a nadie y sustituía la tradicional sabiduría de la espada por la equívoca, y extranjera, propia de las artes).

Tanto descuido de sus obligaciones morales no podía traer nada bueno y así se lo hicieron saber los demás reyes cristianos, que ante la momentánea pasividad de los almohades, ocupados en exterminar toda sombra de pluralismo de la España islámica, y envidiosos de su pericia en tales lides, decidieron españolear un poco afeándole a Alfonso VIII su conducta de intelectual ilustrado, poco viril e impropia de un rey español, y comenzaron a exigir territorios castellanos alegando que ellos los defenderían mucho mejor de la terrible amenaza almohade.

Así que Alfonso, herido en su orgullo, decide dejar las cosas claras y se pone a repartir palos entre los demás reyes cristianos, menos machos que él, menos poderosos que él, menos bajitos que él y, en resumen, menos españoles que él. Totalmente pasado de rosca, enfrascado en guerras contra León y Navarra, Alfonso VIII decide ponerse chulo también con el caudillo almohade, ante el terror de su Corte (“dejadme, que este moro no tiene ni media hostia”), y el musulmán decide darle una respuesta ponderada propia de su tiempo: le presenta batalla a Alfonso en Alarcos (1198) donde, sin aliados, Castilla sufre una espantosa derrota (pereció todo el ejército castellano salvo ocho personas, entre ellas, el rey); al terminar la batalla los almohades montan un show religioso – festivo, cogen todas las cabezas de los cristianos, las apilan formando un montículo y desde lo alto el almuecín llama a la oración como diciendo “si esto no son fanáticos, que venga Dios y lo vea antes de que le cortemos la cabeza también”.

Asombrado ante tan magna demostración de españolidad, Alfonso VIII decide concentrarse en rivales por el momento más asequibles y en revisar los errores que le llevaron al desastre. En realidad, ambas líneas de su política se resumen en una: todos los problemas de los cristianos, que tan bien vivían durante los reinos de taifas, derivan de su desunión, ergo hay que hacer todo lo posible para limar asperezas, alcanzar vías de entendimiento y tender puentes. Esta brillante deducción propia de un estadista de entidad acabaría cristalizando en la alianza de Navas de Tolosa.

Pero antes, tras la teorización del problema llega la aplicación práctica de soluciones en el corto plazo: Alfonso VIII designa al pernicioso mestizaje que tan alegremente se había dado en Toledo como culpable de todos los males del Reino (pues él, claro, no tenía culpa de nada), y permite que el populacho, enardecido, se haga con la judía Fermosa, la desnude, la viole y la asesine al más puro estilo Comunidad de vecinos enfrentándose al Mal. Símbolo de la pureza reencontrada, la muerte de Fermosa le lleva al rey a buscar más culpables, esta vez fuera de sus fronteras. El Reino de Navarra, que por aquella época ya era el más débil de los reinos cristianos, era un culpable ideal, aislado, pequeño y con extrañas costumbres anacrónicas de levantamiento de piedras totalmente impropias de una sociedad moderna.

Tras tirar a un burro de un campanario para celebrar las fiestas mayores de Toledo, Alfonso VIII se pone al frente de su ejército y se interna en Navarra, conquistando Álava y Guipúzcoa (1200), pero respetando sus fueros (ante lo cual los baskos consideraron que podrían soportar la opresión castellana siempre y cuando no se tradujera en impuestos). Aprendida la lección, el rey navarro Sancho VII conviene por fin en la necesidad de aunar fuerzas contra el hereje (“como no me apoyes en mi Cruzada contra los moros, te doy chapapote que no veas y me apropio de lo que quede de tu reino, ¿sabeh?”, le diría Alfonso VIII, paternal y comprensivo) y decide apoyar, junto a Pedro II de Aragón, al rey castellano en el nuevo show que está preparando contra los almohades. Pero antes de contarles Navas de Tolosa (más que nada para hacerlo en el capítulo C, que queda como más bonito), nos detendremos un momento en relatarles la historia del último rey de León propiamente dicho: “Alfonso IX, El Que Vive En Pecado”.inoxавто конфискат


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