Capítulo XCVII: Infancia del Rey Chico

Año de nuestro Señor de 1157

Al morir Alfonso VII El Emperador, como ya hemos comentado, divide León y Castilla entre sus hijos con el objeto de que nadie en España, nunca más, se atreviera a considerarse tan Emperador como él. El Reino de Castilla le corresponde a su hijo Sancho, quien reinará para asombro y orgullo de todos los castellanos con el nombre de Sancho III.

Lamentablemente Sancho III no puedo llevar a cabo todas las grandes empresas a que el Altísimo le había destinado, y sólo le da tiempo a fundar la Orden de Calatrava para defender sus fronteras de los almohades. Si no recuerdo mal, la de Calatrava es la más antigua y la más gloriosa de las Órdenes militares españolas, y también la de mayor hondura espiritual. En efecto, la Orden de Calatrava tuvo que vérselas con el chapapote islámico durante casi setenta años, y tan grandes méritos le fueron recompensados con aún más tierras de las que luego conseguirían en los gloriosos años de rapiña que se dieron a partir del siglo XIII las órdenes de Santiago y Alcántara y la propia Orden de Calatrava.

Su fundamento espiritual y su basamento en la autoridad suprema del Rey les permitió ser unas representantes aventajadas del mundo moderno, anticipando el absolutismo y permitiendo desamortizaciones revolucionarias, en virtud de las cuales los vasallos esclavizados por las Órdenes Militares pasaron a partir del siglo XVI a ser directamente esclavizados por la mucho más acreditada autoridad real.

Lamentablemente, el Gran Rey Sancho III no pudo seguir asombrando al mundo con más decisiones de este cariz, altamente beneficiosas para sus súbditos, y murió en 1158, dejando Castilla bajo la autoridad nominal de Alfonso VIII, un niño de tres años sometido a continuas disputas entre dos familias reales, los Lara y los Castro, que porfiaban por ostentar la tutela del niño. Tales peleas, reflejo y testimonio de dos políticas radicalmente distintas de desarrollar las tierras, riquezas y población castellanas (“Todo el poder para los Lara” y “Todo el poder para los Castro”), generaron dos efectos perversos; en el inconsciente colectivo español, por un lado (lo pernicioso del divorcio como síntoma de disolución moral de la sociedad), y en la propia personalidad del rey Alfonso VIII como principal afectado por los hechos, quien no sólo tuvo que sufrir la ausencia temprana de su padre Sancho, y suponemos también de su madre, con las perniciosas consecuencias para su salud mental que cabría esperar (pues ya no pudo matar a su padre ni acostarse con su madre), ya bien patentes tras su coronación, a los 14 años, sino que tuvo que sufrir los continuos vaivenes afectivos de intercambiar padres adoptivos con casi mayor frecuencia que los hijos de divorciados en nuestro moderno mundo (“Mira Alfonsito, mamá Lara te ha regalado una suscripción al Nacional Geographic”, “Toma, ricura, la tiíta Castro te ha traído unas golosinas”, “¿Verdad que quieres más a papá Castro que a padrastro Lara?”, “¿A quién le caerá un puesto de Primer Ministro cuando jures la coronación?”, “¿A que los Castro nunca te habían llevado de putillas para celebrar tu cumpleaños, cariño?”).

Bien pronto, tras el obligado trámite iniciático de cualquier rey español que se precie, la imposición de un mote de simpático sabor popular (el pobre Alfonso VIII fue denominado rápidamente “El rey chico”, se supone que porque a tan corta edad demostró amplias luces, aunque no serían descartables otras interpretaciones en principio más evidentes, como su corta edad, su corta estatura, su cortedad de luces, e incluso sus dificultades, heredadas de sus taras psicológicas, en el plano sexual), Alfonso VIII se dispuso a recuperar el tiempo perdido durante su infancia, así que… ¡Decapitó a los Castro, a los Lara, y fornicó sin freno con todo lo que se ponía por delante! No, hombre, no hizo esto (al menos, que nosotros sepamos), sino que enfocó sus frustraciones por el mismo camino por que siempre lo han hecho nuestros monarcas: el fervor religioso como vía de salvación, y su aplicación práctica, el uso de la fuerza al más puro estilo de la Coalición Humanitaria: “Chapapote ibérico”.

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