Capítulo XCI: Llegan los almorávides

Año de nuestro Señor de 1086

Como ya hemos indicado, al final los reinos de taifas decidieron inclinar la cerviz y llamar por la línea caliente a los almorávides, pueblo de salvajes del norte de África que se habían configurado un imperio muy apañado en el Magreb ante el derrumbamiento del califato de Bagdad, para que les defendieran de los soldados, y sobre todo de los recaudadores de impuestos, de Alfonso VI. Los taifas eran plenamente conscientes de que a la larga el ejército almorávide sería el único poder musulmán sobre la península, pero esperaban que, al menos, ellos podrían oficiar de gobernadores de paja en sus respectivos cortijos.

Pero ni eso. En 1086 tiene lugar la batalla de Sagrajas, con aplastante victoria de los almorávides frente a Alfonso VI, y el caudillo almorávide, Yusuf, apoyado por los alfaquíes (ya saben: el equivalente musulmán de los curas), no tarda en hacerse con el poder. ¿El motivo aducido? Que los taifas no seguían la estricta observancia del Corán, que se dedicaban a emborracharse, tener harenes llenos de mujeres cristianas y, aún peor, a leer y escribir de vez en cuando. Así que Yusuf, con el apoyo del clero, instaura el Corán como ley que regirá a partir de entonces los destinos de la España islámica (exactamente lo que ocurre ahora en el Islam), lo cual es recibido con gran alborozo por la población, harta de la impiedad y los excesos culturales de los taifas y deseosa de asistir a los excesos sanguinarios de los almorávides y, sobre todo, de pagar menos impuestos, lo cual estaba garantizado por las estúpidas y absurdas leyes emanadas de un texto religioso (¿está aquí la verdadera clave del integrismo islámico?).

Alfonso VI, el gran rey, había dejado pasar su gran oportunidad de hacerse de un plumazo con la práctica totalidad de España, y ahora se dedicó a remover cielo y tierra para defender sus territorios, buscando alianzas con los demás reinos peninsulares y allende el Pirineo. De hecho, consigue que el Papa promueva una Cruzada contra los almorávides, pero los caballeros cruzados francos y alemanes que vienen por estas tierras vieron que no les iban a dejar matar y saquear como es preceptivo en los hombres temerosos de Dios y, pasando de todo, se fueron a las costas levantinas a tomar el sol y coger salmonelosis; costas por entonces regidas por el Cid con mano de hierro, una vez había sido desterrado por segunda vez por Alfonso VI (1089).

Los últimos años de reinado de Alfonso VI se caracterizan por una perenne defensa del territorio frente a las acometidas almorávides, una vez desaparecidos los reinos de taifas, y un postrero fracaso en Uclés (1108), donde los cristianos pierden nuevamente la batalla y además muere Sancho, el heredero de la Corona. De tal forma que será Urraca, la hija de Alfonso VI, la que suceda a su padre en un matrimonio de conveniencia con Alfonso de Aragón cuyos pormenores ya comenzamos a relatar en anteriores episodios. Sin embargo, la época de Alfonso VI es conocida fundamentalmente por la aparición, desde lo más profundo de la civilización hispánica, de un guerrero peculiar: “El Cid (I): El mito”.


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