Capítulo VI: La Época Oscura

El Mundo Antiguo, tal y como lo conocemos (y lo conocemos más bien poco), era un mundo, como esperamos que haya quedado claro, bien apañado: tenían ríos, tenían agricultura, y tenían barcos para comerciar. Aparecían sus discrepancias de cuando en cuando, claro está, pero la cosa no solía llegar a mayores. El derrumbe de los imperios se debía más a razones de política interna que a la violenta embestida nómada que se los acababa llevando por delante; ésta era más la gota que colmaba el vaso que el factor principal de su caída. Y, además, tan pronto como tomaban posición de sus nuevas tierras, los nómadas solían adaptarse rápidamente a la idiosincrasia de los pueblos conquistados, incluso bailaban el equivalente a un fandango si era menester, y mantenían, a lo sumo mejorándola, la infraestructura administrativa básica que habían heredado. Eso había ocurrido en repetidas ocasiones en Mesopotamia, más o menos eso es lo que se supone que pasó en Creta, y en esencia en eso consistía el paso de un Imperio a otro en Egipto. La gente pagaba sus impuestos, trabajaba sus 30 ó 40 años en la construcción del monumental zigurat o pirámide que se le antojase al caciquillo de cada momento, dedicaba sus ratos libres a cultivar los campos irrigados por los grandes ríos y a lo sumo se entretenía profundizando en el folklore local y los usos y costumbres de la sociedad que los vertebraba como orgullosos integrantes de la misma.

Sin embargo, el Mundo Antiguo sufrió un cataclismo de grandes proporciones en torno al año 1200 a.c. que destruyó todas las civilizaciones conocidas en torno a la cuenca mediterránea, salvo Egipto (a la que dejó, en cualquier caso, tocada del ala para siempre), y generó una Época Oscura que ríase Usted de los visigodos en España, prolongada en el caso de Grecia hasta más o menos el siglo VIII a.c. ¿Qué había ocurrido? ¿se secaron los ríos? ¿Se produjeron terremotos? ¿el primer hijo fue niña? Deberíamos diferenciar, al objeto de clarificar mínimamente las cosas, entre dos acontecimientos más o menos coetáneos y quizás interrelacionados: la invasión de Grecia por parte de los dorios y la llegada al Oriente Próximo de los Pueblos del Mar, ya mencionada en anteriores capítulos.

Habíamos dejado la historia de Grecia con los micénicos sintiéndose fuertes y poderosos, bien asentados sobre el terreno y, de hecho, emprendiendo un ataque preventivo contra la ciudad comercial de Troya, estratégicamente ubicada a las puertas del estrecho de los Dardanelos. En ese mismo momento, o quizás unos años después, los dorios, tribu también helénica que se había asentado en el norte de Grecia, irrumpen a través de las distintas ciudades micénicas y, en apariencia, cosechan victoria tras victoria, hasta conquistar la península del Peloponeso y ubicar allí su reino. Si recuerdan el capítulo anterior (y lo normal sería que se acordaran, sólo han pasado unos cinco meses entre aquél y el que ahora publicamos), se hacía referencia en él a la existencia de tres grandes dialectos en los que podríamos dividir la lengua griega, asociados a su vez a tres pueblos o familias de pueblos griegos: los dorios, los jonios y los eolios. Pues bien, obligados por la presión de los dorios, los eolios, asentados al norte de la península del Peloponeso, se ven obligados a desplazarse hacia el sur, quedándose con las regiones que después (o igual antes, a mí qué me cuentan) se denominarían Tesalia y Beocia; los jonios, por su parte, quedan arrinconados en el Ática (Atenas) y en la isla de Eubea, muy próxima a Atenas. Creo que es posible que a alguno de Ustedes le haya quedado algo claro, así que me permito una nueva intertextualización para enfollonar el asunto aún más:

Mapa 1: Grecia tras las invasiones dóricas. Los Dorios se quedan con el Peloponeso, los Eolios con la parte norte (Tesalia y Beocia) y los Jonios con el Ática y la isla de Eubea. No hagan ni puto caso a toda la parte norte que queda de colorines supuestamente jonios.

Pero la cosa no queda ahí: los dorios, además, conquistan Creta (asolada teóricamente en menos de un siglo por dos invasiones –la micénica y la dórica- y por una oleada de terremotos que se llevaron por delante los fastuosos palacios de Knossos –brillante explicación arqueológica para explicar el derrumbe de “la mayor talasocracia del mundo” -sí, he hecho lo posible para decir otra vez “talasocracia”-, de cuya auténtica motivación, en realidad, me da a mí que no se sabe prácticamente nada), Rodas y la parte sur de la costa de Asia Menor, donde fundan o conquistan ciudades que serán dominadas por los griegos durante siglos, como Halicarnaso. Los eolios también se hacen a la mar y acaban en la parte norte de la costa de Asia Menor (en la zona donde se ubicaba Troya, para entendernos, justo enfrente de la isla de Lesbos, los muy viciosillos). Y los jonios, finalmente, aparecen en la parte central de la costa, fundando ciudades como Mileto, Éfeso o Focea. En resumen, podemos ver el asunto plasmado en este bonito mapa, lleno de colorines (el marrón corresponde a las migraciones dorias, el verde a los jonios, y el azul a los eolios):

Mapa 2: Migraciones de dorios, jonios y eolios. Fuente: aquí

Contado así, puede que Ustedes saquen la impresión de que la cosa fue un poco en plan “dios mío, que viene el cuñado gorrón, saca los billetes para Asia Menor” ante la invasión de los dorios, y que los pueblos migrados se fueron, fundaron nuevas ciudades en un par de años y pelillos a la mar. Pero a la vista de los resultados (recuerden: la Época Oscura), parece indudable que los dorios repartieron yoyah hasta decir basta, y que Grecia se asemejó por momentos a un amistoso Sevilla – Nápoles con Bilardo en los dos banquillos. Por otro lado, como tantas y tantas veces será común en esta Historia, el proceso de asentamiento en Asia Menor se prolongó durante varios siglos, y ni siquiera está claro, aunque es razonable suponerlo así, que el motivo de estas emigraciones fuera la invasión.

Dicha invasión, elucubrando en plan contertulio radiofónico, pudo deberse a la insoportable presión que sufrieron los dorios por parte de los pueblos ilirios (de Iliria de toda la vida, actual costa de Yugoslavia; huy perdón, de Eslovenia – Croacia – Montenegro), o a que les dio por ahí, vayan Ustedes a saber. Sin embargo, lo aparente más incomprensible de todo el asunto es, en realidad, lo que tiene más fácil explicación: dado que los dorios eran una tribu pobre y esaboría del norte de Grecia, mucho más atrasada que sus cotemporáneos micénicos, ¿cómo es posible que pudieran acabar con la civilización micénica con tanta facilidad? La respuesta es fácil: los dorios contaban con Hierro. Lo cual no quiere decir que los dorios tuvieran entre sus filas a un defensa central y centrocampista de contención de excepcionales condiciones que se hinchara a soltar codazos en las batallas mientras el árbitro no le sacaba ni amarilla, sino que los dorios “empleaban armas de hierro en un mundo de bronce” (frase con la que presento mi candidatura a los Premios Hefestión 2005).

El hierro era conocido en la Antigüedad, pero en estado natural sólo existía en muy pequeñas cantidades, y no se sabía cómo extraer mineral de hierro ni cómo trabajarlo (la fusión del hierro requiere de temperaturas mucho más altas que la del bronce). Pero hete aquí que pocos años antes de la invasión doria se descubre el secreto de la forja del hierro. En teoría el descubrimiento tiene lugar en el Imperio Hitita, radicado en Asia Menor, aunque en realidad esta teoría, para cualquier persona con dos dedos de frente, y para la cual los miles y miles de yacimientos arqueológicos que la avalan son mariconadas, no hay por dónde cogerla: los hititas descubren el hierro y, en lugar de hacer lo que haría cualquier persona de bien (guardarse el secreto y repartir estopa hasta quedarse a gusto), ¿dejan que se les escape y se extienda entre sus enemigos? Tengo en demasiada consideración a la inteligencia del buen pueblo hitita como para achacarles tal destarifo.

Sea como fuere, el caso es que sí parece avalado por los hechos que los dorios poseían hierro, y los desgraciados micénicos que se les ponían enfrente veían cómo sus ridículas armas de bronce se doblaban y quebraban cual señor de cincuenta años sin viagra. En pocos años los dorios destruyen la civilización micénica, y en su lugar implantan un modelo de civilización que habría firmado el mismísimo Fernando Hierro: se pierden casi todos los avances alcanzados en los siglos anteriores, entre ellos la escritura; la gente se agrupa en tribus minúsculas que sólo muy trabajosamente volverán a reunirse en ciudades dignas de tal nombre: se vuelve, en resumen, a la Edad de Piedra, o por decirlo con el título de este capítulo, se cae en una profundísima Época Oscura de la que Grecia tarda prácticamente cuatro siglos en salir, en torno al siglo VIII, momento en el que comienza el expansionismo mediterráneo que relataremos en el capítulo siguiente.

Pero no crean que el salvífico barniz civilizatorio se limitó a implantarse en Grecia. Más o menos al mismo tiempo que la invasión doria, o un poco después, aparecen unos misteriosos “Pueblos del Mar” que primero destruyen el Imperio Hitita, poco después convierten en polvo las ciudades de Canaán, y finalmente son derrotados por la mínima por el faraón egipcio Ramsés III, cuyo imperio queda hecho unos zorros de una vez y para siempre. La gran pregunta en este caso es: ¿quiénes eran los Pueblos del Mar? ¿de dónde salieron y qué fue de ellos? Porque el follón que causaron, como pueden ver Ustedes en este mapa abarrotado de flechas y nombres hasta ponerlo todo perdido, fue considerable:

Mapa 3. Pueblos del Mar. Fuente: la de siempre, o sea, El Mundo. Gran Atlas de Historia vol. 2, Barcelona, Ebrisa, 1985. P. 67.

Lo más razonable (o sea, lo que pienso yo) es que la aparición de los Pueblos del Mar fuera consecuencia de la invasión dórica, que obviamente provocó un colapso generalizado de la civilización micénica no sólo en el continente, sino en las islas griegas. Y dado que la primera civilización aparecida en Grecia, la desarrollada en la isla de Creta, era una potente talasocracia (lo he vuelto a hacer), ¿de dónde sino de Grecia podrían venir unos pueblos que llegan en barco y que, además, tienen tal capacidad destructiva? Sí, claro, podrían venir de España, yo también lo he pensado (aunque no lo hago muy a menudo, siempre que pienso algo, piense sobre lo que piense, pienso primero y ante todo en España, coño), pero no es descartable que también haya en la historia, muy de cuando en cuando, algunos acontecimientos en los que España no juegue un papel central.

Los Pueblos del Mar importan al Oriente Próximo el último invento griego, la Época Oscura, y lo extienden también por unos cuantos siglos. Son un factor fundamental para comprender acontecimientos tan cruciales en nuestro actual modelo de civilización como los albores del Pueblo Elegido, asentado en Canaán en un momento en el que ninguno de los imperios tradicionales reúne las mínimas condiciones para dejar claro quién manda. Y cuando, siglos después, los griegos recuperen las enseñanzas de los Antiguos en su período clásico, pero esta vez sean también depositarios de la sabiduría del buen pueblo dorio, acabarán conquistándolo todo, a base de yoyah, como siempre, pero también expandiendo por casi todo el mundo conocido el modelo civilizatorio “más mejor” que se había visto hasta entonces. El espectáculo comienza con el “Expansionismo mediterráneo”.translate russian into english freeопределение тиц


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