Capítulo LXXVI: Sancho I Ramírez

Año de nuestro Señor de 1063

Sancho I Ramírez (1063 – 1094) continuó en la línea de su padre anexionándose territorios. Ya hemos visto cómo sufragó los gastos del trabajillo que le hicieron Emersinda y Ramón el Fratricida en Navarra, garantizando que los hermanos salieran indemnes del complejo proceso penal que tuvo lugar en Pamplona a raíz de la muerte de Sancho IV. Pero eso no es todo: Sancho I Ramírez estaba dispuesto a luchar con todas sus fuerzas contra los malvados moros del Sur que osaban no dejarle extender sus territorios hasta los confines de la Tierra. Por el momento, sus tierras se limitaban al reino de Navarra y la ciudad de Jaca (capital de Aragón) y alrededores, así que poco podía hacer contra los opulentos musulmanes de la capital, Zaragoza, que habían hecho además un fichaje de impresión: el Cid, ese campeón de la Cristiandad cuya fe en el Señor era tan elevada que siempre cobraba más caro a los musulmanes por sus servicios.

Andaba Sancho I Ramírez meditabundo por tierras pirenaicas cuando de repente, en las cercanías de la cosmopolita ciudad de Barbastro, tuvo una visión: se le apareció un hombrecillo con cara de pan de cinta y gafitas de concha (curioso, pues en aquella época las gafas aún no existían) quien, propinándole un buen golpe con el cilicio a Sancho I Ramírez, le instó a guardar las verdaderas enseñanzas de las Sagradas Escrituras: “Sed como burritos, tú y tus descendientes”. Al desvanecerse la visión, Sancho I Ramírez entendió el sentido de las crípticas palabras del ángel (pues sin duda de eso se trataba) y afanó toda la pasta de la Iglesia en sus territorios alegando “necesidades patrióticas”, esto es, su lucha contra los moros.

Sin embargo, el papa Gregorio VII no pareció entenderlo así, de tal suerte que Sancho I Ramírez tuvo que ir a Roma al frente de una comitiva a humillarse delante del Papa. Cualquier conocedor de la infinita piedad de los máximos representantes del Señor en la Tierra podría imaginarse que la cosa quedó ahí, pero nada de eso; Gregorio VII, además, le impuso a Sancho I Ramírez una multa perpetua, a él y a todos sus descendientes, de 500 mancusos anuales (no sabemos lo que debía valer un mancuso, pero tratándose de la Iglesia suponemos que mucho), con lo que demostró, de paso, que el Sumo Pontífice también había comprendido las enigmáticas palabras de la aparición, que podríamos resumir así: “Roba al prójimo como te gustaría que a ti te flagelasen”, explicación quizás enigmática aún pero que podemos complementar con esto.

Como es obvio, tal situación dejó bastante desabrido a Sancho I Ramírez, que a falta de unas Cortes Generales del Reino a quien expoliar y vista la pobreza de su reino, decidió que la única manera de solventar la difícil situación financiera de su reino era la de siempre: atizándose con los musulmanes en busca de expolio. Desgraciadamente, no tuvo éxito, pues intentó hacerse con la rica y gigantesca urbe de Huesca pero en una malhadada ocasión, reconociendo el territorio, se le ocurrió la genial idea de levantar el brazo al objeto de señalar a sus capitanes un punto débil de las murallas de la ciudad. En ese momento una saeta perdida se le coló por la axila, que Sancho I Ramírez había dejado confianzudamente desprotegida, y el Gran Rey feneció allí mismo, dando al traste con las aspiraciones expansionistas navarro – aragonesas.

Naturalmente, las tropas del Cid estaban dentro de las murallas de Huesca, bien acantonadas mientras contaban el dinero que le habían sacado a los árabes. Pero la suerte de los aragoneses cambiaría con la llegada al trono del hijo de Sancho I Ramírez: “Pedro I toma la metrópoli oscense”.


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