Capítulo CIII: Modus Vivendi

Año de nuestro Señor de 711

Sabemos ya mucho sobre las grandes fazañas de nuestros ancestros, pero muy poco sobre sus inquietudes, sus costumbres, sus esperanzas, sus miedos, … La Historia contada de forma lineal tiene estas cosas, nos obliga a centrarnos en estrellitas rutilantes y a obviar el devenir diario de los individuos normales. Claro, “el devenir diario de los individuos normales” no tiene ningún interés, así que es normal que la Historia no se preocupe de lo que hiciese o pensara la gente, porque total… ¿qué más da?

Exactamente así pensamos nosotros (la Historia como sucesión de batallitas y no como explicación de los hondos factores socio – económico – culturales que lo predeterminaban todo), así que considérense servidos con este capítulo que hemos tenido que escribir con sangre (por aquello de pasar lo antes posible a “Lo Otro”. Tengan en cuenta que si ya es aburrida, insustancial y estúpida nuestra vida en la moderna sociedad del siglo XXI, plagada de profesionales del periodismo que, casualmente, provienen del mismo siglo, el XXI, como Letizzzzia Ortiz, imagínense en el siglo XI, por ejemplo: no había televisión, con lo que no había profesionales del periodismo, no ya del siglo XXI, que por supuesto que no, sino ni siquiera del siglo correspondiente; no había fútbol, no había Real Madrid, no había videojuegos, no había Internet (aunque, honradamente, sí había una actividad, la construcción de iglesias, muy similar a Internet y sus fundamentos: perder el tiempo y tirar dinero a la basura). No cabe extrañar, con todas estas carencias, que la población tuviera una esperanza de vida de 30 años: en estas condiciones, no merecía la pena vivir, así que todos se suicidaban. Pero como el suicidio era pecado, sancionado por la única institución, la Iglesia, que realmente merecía la pena pues guardaba gran parecido con el moderno Internet, los individuos tenían que disimular como podían dedicándose a prácticas que, tarde o temprano, conducían a su ansiada muerte. Y lo hacían, además, rizando el rizo hasta tal punto que la Iglesia no sólo no los excomulgaba, sino que alentaba el suicidio e incluso lo santificaba:

– Por ejemplo, un montón de gente se apuntaba a las cruzadas domésticas contra los malvados moros, de forma que, si todo iba bien, lograban adelantar su muerte un montón de años. Si el mando de la tropa estaba en manos de los incompetentes monarcas cristianos, estamos en condiciones de afirmar que el suicidio interpuesto estaba más que asegurado. Y todo ello muy bien visto por la Iglesia, pues se trataba de suicidarse por el superior concepto de la Fe.

– Si lo de las batallitas no funcionaba, siempre quedaba la segunda actividad básica, junto a soltar yoyah, de todo español que se precie: procrear. En aquella época, a diferencia de la actual, la población no sólo no utilizaba apenas métodos anticonceptivos (evidentemente prohibidos por la Iglesia, no ya por desperdiciar el Divino Líquido, sino porque las escasas condiciones de salubridad podían desembocar en un suicidio “malo”), sino que se dedicaba a procrear con un entusiasmo similar al que en la época actual demuestran los simpáticos habitantes de países tercermundistas en los que la Iglesia, siempre firme, tiene algo que decir. Tal entusiasmo por el sexo no sólo permitía proveer a nuestros antepasados de múltiples enfermedades de transmisión sexual que acabarían degenerando en una ansiada muerte en loor de Santidad, sino que también tenían la ventaja añadida de producir una prole numerosa, muchísimas bocas que alimentar, demasiadas para la economía familiar, que a su vez provocaban la muerte por inanición de progenitores y vástagos, de nuevo, en condiciones asumibles por los Padres de la Iglesia.

– Si a los males provocados por las guerras y el sexo añadimos el régimen de esclavitud en el que vivía la práctica totalidad de la población cristiana (obligados a trabajar para el señorito y la Santa Iglesia al mismo tiempo), no cabe extrañar que no hubiera alimentos suficientes para todos (primero el señorito se atizaba todo lo que podía, después venían los curas y se nutrían para seguir dogmatizando unos años más, y por último una población en constante efervescencia sólo comparable con su entusiasmo por morir lo antes posible se repartía los restos), ahondando, de nuevo, en la Muerte como objetivo vital de todo español de aquella época que se precie.

– Por último, si ninguno de estos recursos era suficiente para garantizar la rápida muerte de uno, siempre quedaba la higiene personal, inexistente en aquella época por contraria o ajena a los preceptos de la Iglesia (y agravada en España por un concepto de la masculinidad tan irreductible que asumía como “propio de maricones” y por tanto, recuerden, sancionado por la Iglesia, aquello de lavarse). La falta total y absoluta de limpieza permitía la alegre proliferación de todo tipo de gérmenes (con un índice de natalidad comparable, a escala, con el de los sufridos humanos) que provocaban todo tipo de enfermedades que eran leídas, a su vez, como castigo divino a los españoles por su falta de piedad (lo cual, si bien no era la forma preferida de morir en aquellos momentos difíciles, al menos tenía la vieja excusa de “mal de muchos, consuelo de tontos”, o “no es que Dios me castigue a mí, sino a toda la Humanidad por su falta de Fe”, algo garantizado por la común dejación de la higiene más elemental).

Es decir, que por si les quedaba alguna duda, la vida en aquella época era una puñetera bazofia; no cabe extrañeza alguna de que el modelo de español que saliera de un entorno tan hostil fuera el de hombres sufridos, imparables, sin medias tintas, sin cavilaciones, sin mariconadas, duros como el pedernal; hombres, en resumen, españoles de pura cepa.стоимость продвижения сайтасковорода вок


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