Capítulo CII: Iglesias mayestáticas

Año de nuestro Señor de 717

Ya hemos explicado hace unos cuarenta capítulos las sorprendentes realizaciones culturales alcanzadas por Al – Andalus en todos los campos del saber. El incauto lector pudiera fácilmente colegir del esplendoroso estado de las artes y las ciencias en la España musulmana un lamentable contrapunto en lo que corresponde a la auténtica España, la que impasible el ademán antepone la Fe a todo lo demás. Pues hay que decir que, en efecto, así es: está Usted en lo cierto.

Frente a la riqueza de Al – Andalus, la España altomedieval es un páramo sin recursos, sin riquezas, y sin tierras dignas de tal nombre que labrar. Acantonados en las montañas, los españoles cristianos sólo pueden oponer su escandalosa tasa de natalidad y su bestialismo a las realizaciones de Al – Andalus; el arte, sin dinero para desarrollarlo, quedaría en un segundo plano, y la Ciencia no digamos; si pudiéramos viajar en el tiempo y mostrarle a un habitante del norte de la Península así, como quien no quiere la cosa, un libro, o bien huía corriendo o bien nos apiolaba ahí mismo, sin solución de continuidad.

En estas condiciones, sin riqueza, pues toda ésta se hallaba en el opulento Sur (y así ha sido en España hasta hace sorprendentemente poco), y sin cultura, pues aunque pueda parecerles increíble una acaba llevando a la otra (es curioso hasta qué punto el hombre se desentiende de la formación del espíritu cuando apenas tiene nada que llevarse al estómago), los cristianos altomedievales se agarran a los placeres básicos de todo ser humano (luchar y fornicar, si bien es cierto que en ambos el español ocupa un lugar destacado), y añaden a éstos uno característico y peculiar de nuestro glorioso país: la desaforada construcción de Iglesias.

Aunque no es correcto explicar la Historia medieval de España como comúnmente se ha hecho, como un constante batallar contra los herejes musulmanes para recuperar la Península para la Cristiandad (téngase en cuenta que la Historia de España se ha explicado, hasta hace bien poco y de nuevo, desde la Iglesia), pues los gobernantes cristianos y musulmanes lo eran a menudo de boquilla (y en cuanto a los súbditos, nos remitimos a su doble función de luchar y fornicar como distracciones respecto a supuestas misiones divinas), sí es indudable que Dios, y la Iglesia como correlato obligado – único del mismo, ante el lamentable estado de lo que quedaba de la España cristiana tras la invasión islámica, se convierte rápidamente en el único clavo al que agarrarse, así como una excelente excusa para ampliar territorios bajando de las montañas del Norte (salvo, como casi siempre, los baskones, que nunca manifestaron el menor interés por bajar a ningún sitio).

Aparecen, por tanto, Iglesias y monasterios por doquier, generalmente modestas, pero testimonio de la Fe de los españoles en su Dios como clave de la victoria final. Iglesias edificadas en plena montaña, y más adelante iglesias más ambiciosas conforme los cristianos van asentándose en núcleos poblacionales situados en el llano, en lo que en un principio era “tierra de nadie” entre los reinos montañosos del Norte y Al – Andalus (de nadie no tanto por estar en disputa cuanto porque a nadie interesaba aquel páramo) y después se convierte en objeto de la repoblación de los cristianos, aprovechando los momentos de debilidad de Al – Andalus.

El interés cultural de estas realizaciones es indudable (y del interés espiritual ya ni hablamos), pero la Iglesia fue la principal – única representante de la cultura cristiana en otro sentido más importante: al tratarse prácticamente de la única institución que mantuvo a grandes rasgos su organización tras las invasiones bárbaras que asolaron Europa, primero, y la conquista de España por los árabes más adelante, y también, inútil sería negarlo, al recibir una parte importante de la pasta de la que disponían los cristianos, la Iglesia estaba en inmejorable condición de preservar y transmitir la cultura clásica, y también de desarrollarla, con excelentes resultados: en España, a diferencia del “resto del mundo”, y gracias al mestizaje y la tolerancia que caracterizaban a nuestro país, la cultura, las artes y las ciencias, experimentaron un incesante y notorio crecimiento a lo largo de la Edad Media, para solaz y relajo de los habitantes de la Península. Estudios de la Biblia, traducciones de la Biblia, comentarios sobre la Biblia, representaciones iconográficas de la Biblia, … la lista es interminable. No en vano los curas lo tenían todo para dedicarse a la Cultura con mayúsculas y obtener buenos resultados, pues a) no perdían tiempo en fornicar (bueno, sí fornicaban, pero mantenían más o menos el secreto); b) tampoco luchaban, al menos directamente, pues lo suyo era pedir a Dios por las almas de los demás; y c) no habían de preocuparse de su manutención, pues para eso estaban los demás cristianos.

Pero no crean que este obligadamente breve recorrido por la cultura cristiana (bueno, en realidad nadie me obliga, pero tampoco crean que hay mucha tela que cortar) acaba aquí. Acabará en el siguiente capítulo: “Modus Vivendi”, o cómo vivían nuestros antepasados cuando no estaban fornicando, luchando o muriéndose de hambre.seo раскрутка ценыместные выборы 2015 киев


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