Capítulo CI: El Camino de Santiago

Año de nuestro Señor de 739

La economía española de la Edad Media, tanto en zona infiel como en la otra, estaba profundamente influida por esquemas productivistas desfasados, importados de Europa. El peso del sector primario, claramente desorbitado, tal y como la Política Agraria Común de la época imponía, refrenaba los ímpetus modernizadores de un pueblo que, desde siempre, había sabido innovar.

La península, crisol de culturas, da lugar así en plena época oscura a un fenómeno inaudito: la tercierización de la economía. Por primera vez en la economía mundial se introducen en el cómputo del Producto Interior Bruto nacional réditos notables provinientes de actividades prestaciones ajenas a la mera producción y venta de mercaderías. Esta revolución es tanto más meritoria cuanto que los pueblos peninsulares descubren el sector terciario antes de haber siquiera osado industrializar la sociedad, algo sólo al alcance, como es obvio, de los españoles.

Tras una sabia prospección del mercado en esos momentos los españoles se dieron cuenta de que el mundo todavía no estaba maduro para los servicios bancarios o financieros, la creación de líneas aéreas o las cadenas de restauración rápida. De manera que optaron por sentar las bases de lo que, con el tiempo, se ha convertido en la primera industria española: el turismo.

Dado que en esos momentos las rentas, poco elásticas por definición, no estaban para juergas gratuitas, lo mejor era la creación de un parque temático que atrajera gentes de todo el orbe a partir de una oferta única, atractiva e irrepetible. Y así nace una experiencia única como el Camino de Santiago, llamado a convertir la cornisa cantábrica en una sucesión de entrañables pueblecitos dedicados a saquear a los viajeros. Saquearles, eso sí, como siempre se ha sabido hacer en estas tierras: comidas infames en fondas atestadas de peregrinos y cobradas a precio de oro, noches en el pajar de ventas a reventar de fieles por las que se cobraba como si de una estancia palaciega se tratara y, sobre todo, una incipiente industria del recuerdo hortera que sableaba a los pobres incautos como hasta entonces nunca se había hecho. El ingenio español, tan vivo siempre, comenzó a comercializar como reliquias simples conchas de moluscos, con lo que además se libraba de los desechos orgánicos de una manera notablemente eficaz.

Además de la industria de la producción y venta de reliquias, así como la de la hostelería y la restauración, los ingresos turísticos se aumentaban a base de donaciones exigidas cuasi imperativamente para la conservación y adecentación del parque temático. La tumba del apóstol, verdadero monopolio en esa época, podía permitirse, a diferencia de los complejos actuales que se ven obligados a agasajar al viajero-cliente, el lujo de tratar a sus peregrinos como escoria. De hecho cuanto peores eran las condiciones de la acogida más disfrutaba el cliente y más quería “contribuir” a la causa.

Con el paso de los años otros países europeos se subieron al carro turístico, e incluso otras naciones han terminado por terciarizar también sus economías. Nada de ello resta méritos a esta innegable invención española.купить биметаллический радиатор отопления в москвеbusiness translation from russian to english


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