Capítulo XI: La organización administrativa de Hispania

Año 27 antes del advenimiento de nuestro Señor

Nos hemos vuelto locos para encontrar por Internet algún mapa digno del Imperio Romano, pero aquí está (para que luego digan que no tenemos interés por la educación). Podrán comprobar que dicho Imperio tenía un porrón de provincias, las más importantes de las cuales, por supuesto, eran las “nuestras”.

Cuando los romanos lograron quitarse por fin de encima a los belicosos iberos, empezaron a convencerles de las ventajas de someterse a Roma. Algunos dicen que a los iberos les gustó cambiar sus misérrimas chozas por hermosas casas de pisos, y posiblemente sea verdad; así de contradictoria es la esencia del iberismo. Una vez Hispania se constituyó en provincia romana, el emperador Augusto decidió subdividirla a su vez en semiprovincias, a saber:

· la Bética, con capital en Hispalis (Sevilla). La Bética ocupaba más o menos la actual Andalucía, y era la provincia más rica de todas las que componían Hispania. También era la más desarrollada (las vueltas que da la vida), con lo que miles y miles de inmigrantes del páramo castellano (que ya existía, claro: eso de Hispania cubierta de árboles es un mito) fueron a trabajar en las ricas tierras del Sur, para luego, suponemos, retirarse poniendo un bar en su pueblo del interior.
· Lusitania, con capital en Emerita Augusta desde el 25 a.c., año de la fundación de la principal urbe romana en Hispania. Como pueden observar, las cosas no han cambiado en este aspecto: toda la riqueza se centraba en la actual Mérida, y el resto de Lusitania (el actual Portugal) servía para que los romanos tuvieran casas de campo, o bien, en el caso de las provincias leonesas, para que empezara el expolio de minerales preciosos por parte de los romanos, como les explicaremos en un próximo episodio.
· La Tarraconensis, con capital (¿lo adivinan?) en Tarraco, uséase (si no lo adivinan, cámbiense de página, amigos) Tarragona. Era, con diferencia, la provincia más grande: abarcaba todo Levante, Aragón, Castilla la Mancha, el páramo castellano y la cornisa cantábrica. En realidad, la tarraconensis venía a ser un pastiche que reunía todo lo que sobraba de Hispania después de que los romanos encontraran la pasta que les interesaba.

No consta que los romanos tuvieran problemas de nacionalismo tarraconense, o lusitano, o baético, pero todo puede ser. Sin duda, los romanos edificaron provincias de primera y segunda clase, aunque todo apunta a que “nuestras” provincias eran todas de primera categoría, con lo que no es de extrañar que pagaran menos impuestos que los bretones, galos y gente de similar calaña. De hecho, los impuestos que pagaron los hispanos eran, sobre todo, indirectos, en forma de oro recogido en las minas y soldados para las legiones romanas. Pero pocos años después de empezar la vida romana de Hispania, un hombre se alzaba al otro lado del Mediterráneo para intentar (sin éxito) que los romanos entendieran sus parábolas y pusieran la otra mejilla, lo que tuvo cierta influencia entre nuestros ancestros: “La Hispania cristiana”.


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