Capítulo LIV: El legado de Al – Andalus (III): La Escuela de Traductores de Toledo

Año de nuestro Señor de 929

Como ya hemos dejado claro en el capítulo anterior, España se ha especializado “desde siempre” en salvar al mundo de sus errores. El periodo árabe no fue de los menos importantes a la hora de contabilizar esta misión histórica. Pues, además de enseñar a contar a los europeos, Al – Andalus, por el mismo precio, les enseñó también a pensar.

Como consecuencia de la caída del Imperio Romano buena parte del saber clásico había sido pasto del olvido durante siglos. Sólo en algunos lugares pervivían muestras de los conocimientos atesorados por los griegos (y posteriormente copiados por los romanos). Al – Andalus, como Ustedes ya estarán sospechando, era uno de esos lugares privilegiados. El motivo era bien simple; por su condición de cruce de caminos, enclave en el que confluían las culturas árabe, cristiana y judaica, Al – Andalus supo beber de las tres culturas y recuperar lo mejor de lo que cada una de éstas había preservado del paso de los años. De esta manera, surgió la Escuela de Traductores de Toledo, un fabuloso ejercicio de tolerancia y mestizaje en el que sabios cristianos, árabes y judíos convivieron en armonía en su afán por traducir a las lenguas de cultura (árabe clásico y latín, según los casos) los documentos antiguos que se habían salvado del desastre de las invasiones bárbaras (de cuando en cuando había que detener las actividades de la Escuela para acometer una nueva persecución contra los judíos, pero durante el califato esta costumbre nunca estuvo muy arraigada. Fue con posterioridad, una vez los cristianos reconquistaron la mayor parte del territorio español, cuando perseguir a los judíos se convirtió en algo tan habitual como lo era ya en el resto de Europa).

El carácter abierto de esta escuela, su vocación universalista y, por qué no decirlo, el hecho de que estuviera radicada en España, permitió que el experimento fuera muy positivo, y así poco a poco Al – Andalus fue inundando Europa de los restos del saber clásico que se habían podido recuperar en Toledo. Aristóteles, Platón, Cicerón, Ovidio, … eran nombres condenados al olvido que el esfuerzo de los traductores de Toledo consiguió preservar para la cultura occidental; es decir, aunque suene un tanto paradójico, Al – Andalus permitió evolucionar al “enemigo” cristiano con mayor rapidez de lo que habría sido previsible en una civilización cuyo único centro del saber era, hasta esos momentos, la Biblia.

Pero eso no fue todo: Al – Andalus permitió que lo que hasta entonces (y desde entonces) siempre había sido una entelequia se convirtiera en una realidad: en el seno de su civilización surgieron Averroes y Avempace, dos grandísimos filósofos árabes que contribuyeron, particularmente el primero de ellos, reivindicador de Aristóteles, a restaurar la filosofía clásica en Europa. ¿”Filósofos árabes”? ¿No son estos dos términos antitéticos? Es posible, pero el saber español lo puede todo (¿”Filósofos españoles”? ¿No son estos, también, dos términos antitéticos? Es posible, pero piensen Ustedes que Averroes y Avempace no son nuestras únicas aportaciones a la filosofía occidental. Hay muchos más, como por ejemplo… ¿Séneca? Hay que reconocer que hay otras culturas mejor preparadas para esto. Miren a los alemanes, siempre aburriéndose, siempre atormentados, siempre pensando, pensando, preguntándose cómo pudieron perder su Lebensraum).

Pero la ilustrada población de Al – Andalus no se dedicaba únicamente a divagar sobre lo divino y lo humano; también hacían cosas más prosaicas, como por ejemplo lo que les contaremos en el siguiente capítulo: “El legado de Al – Andalus (IV): El mercado persa”.


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