Las Cruzadas vistas por los árabes – Amin Maalouf

Tradicionalmente se han considerado las Cruzadas como el grado sumo del espíritu caballeresco y la religiosidad cristiana, un movimiento perpetuo de población motivada por los valores superiores de la fe y el arrepentimiento que compendian los fundamentos religiosos de nuestra hermosa civilización occidental. Y, en efecto, así fueron: en una Historia del Mundo que podría resumirse fácilmente, desde los orígenes hasta antesdeayer, en la expresión “repartir yoyah” (con tres anexos dedicados a España), las Cruzadas ocupan un lugar de honor, pues pocas veces tantos repartieron tantas yoyah a tantos tantas veces, y pocas veces lo hicieron por motivaciones tan incomensurablemente absurdas.

Las Cruzadas son, ante todo, un ejercicio de Bestialismo Aplicado, desarrolladas en un total de nueve ocasiones, siete de ellas en “Tierra Santa” y alrededores (Egipto), una que acabó dirigiéndose contra Constantinopla y otra, ecléctica y la más importante de todas, que destruyó a la hidra marxista y la erradicó durante mucho tiempo de la auténtica Tierra Santa. Casi todas ellas, salvo la primera (1096) y la última (1934 – 1939), constituyeron un fracaso militar (aunque en la sexta Cruzada al menos se logró poseer de nuevo Jerusalén, por poco tiempo).

En este libro, el escritor Amin Maalouf, apoyándose en cronistas árabes contemporáneos, muestra una visión general de cómo se vivieron las grandes fazañas de los cruzados desde el otro lado, y cómo de ahí surgió un sentimiento de humillación que aún perdura. El libro adolece de los mismos fallos que los hagiógrafos cristianos, a saber: casi todos los musulmanes son exageradamente buenos y valientes, pero misteriosos imprevistos de última hora y eventuales prácticas felipistas de algunos de sus más significados líderes dieron al traste con el objetivo de rechazar la más exitosa de las invasiones, la primera, y de erradicar después en poco tiempo a los cruzados, a pesar de que los musulmanes obviamente fueron siempre muchos más. Para disimular, se hacen continuas referencias a lo fuertes y salvajes que eran los cruzados (denominados “frany”, o “francos”, de forma genérica), y se exagera continuamente su escaso número, pero la cosa como que no cuela: un servidor tenía muy claro que los musulmanes, desde el hundimiento del Califato de Córdoba, eran unos perdedores con anterioridad a la lectura de “Las Cruzadas vistas por los árabes”, y lo sigue pensando ahora.

Con todo, el libro es muy interesante por desarrollar los pormenores de unos acontecimientos en realidad desconocidos por todos nosotros (bueno, seamos justos y abandonemos momentáneamente el tonillo curil: por todos Ustedes); unos acontecimientos, además, desconcertantes: ¿a alguien le cabe en la cabeza que sea posible mantener un territorio ubicado en el quinto pino, rodeado de enemigos por todas partes y dependiente del flujo continuo de enemigos, un territorio, además, paupérrimo, por muchos incentivos comerciales que pudieran aparecer después? Pues sí, señores, en efecto: en la Historia, sólo el Imperio Español y sus posesiones en Flandes es capaz de igualar la machada.

La historia de las Cruzadas comenzó, como casi todo, en España, cuando el Papa Ratzinger VI promulgó la primera cruzada, veinte años antes de que el chiringuito fuera oficialmente inaugurado en 1096, motivada por la conquista de Barbastro: ¡Qué mejor ocasión para comenzar las Cruzadas que conquistar la ciudad natal del Padre Escrivá, dirán Ustedes! Pues, por increíble que pudiera parecer, la cosa no salió bien, por lo visto los cruzados extranjeros sólo querían matar y saquear y el asunto fue un absoluto fracaso (hubo más ejemplos de esto, anteriores y posteriores: la Cruzada, nunca consumada, que pocos años antes había intentado incentivar el Papa merced a las presiones de Alfonso VI, y la que tuvo como resultado la épica victoria de Navas de Tolosa, en la que no participaron unos 60.000 caballeros cruzados que, una vez más, sólo querían matar y saquear).

A finales del siglo XI, el Imperio bizantino, dirigido por uno de los emperadores más capaces de toda su larga historia, Alejo Comneno, solicitó al Papa algún tipo de acción militar de los reinos occidentales que, en apoyo de Bizancio, aliviaran la presión islámica sobre las fronteras del Imperio, tradicional defensor de Europa. A cambio, Alejo agitó el monigote de la reunificación de la Iglesia. El Papa Urbano II incitó a los cristianos a tomar la Cruz e ir a Jerusalén, pero el tío lo hizo con tanto énfasis que, con anterioridad a la llegada de los verdaderos cruzados, una auténtica caterva de desarrapados, bajo el mando de Pedro el Ermitaño, se dirigieron a Constantinopla llevados del fervor religioso con el que recorrieron Europa destruyéndolo todo a su paso. Alejo, horrorizado ante la convención de lumpenproletariado que amenazaba con entrar en Constantinopla, se apresuró a meterlos a todos en barco para trasladarlos a Asia Menor, donde la cosa le duró un par de asaltos al sultán selyúcida.

Es precisamente ahí donde comienza la historia narrada por Maalouf, y también la parte más interesante y divertida, la correspondiente a la I Cruzada. Sus intentos por presentar a la jauría harapienta como un rival mínimamente creíble son cuando menos entrañables, y su relato de cómo destruían aldeas, violando a todo lo que se moviera en plan Ejército Rojo hacia Berlín, espectacular. Pero nada comparable a la llegada del auténtico ejército cruzado, más o menos un año después, y con mando compartido entre los caballeros cristianos y el emperador bizantino, disuelto cuando, tras la rápida conquista de Nicea (junto a la costa del Mar Negro) por parte de estos últimos (los turcos decidieron rendir la ciudad a Bizancio sabedores de lo que les pasaría si eran los cruzados los que entraban en la ciudad: aquello sería un curso de posgrado para montar, precisamente, prisiones turcas), los cruzados indican con vehemencia que a ellos lo de matar moros les mola, pero que prefieren hacerlo directamente en Tierra Santa, y por supuesto quedarse todo aquello que conquisten. Así que Alejo Comneno les viene a decir “por ahí tó recto” y se vuelve a Constantinopla.

Sorprendentemente, tal aventura desquiciada salió bien. Los cruzados mataron y saquearon en cantidad, conquistaron Siria y Líbano y dieron un espectacular fin de fiesta en Jerusalén en el cual arrasaron absolutamente con todo y luego entonaron un solemne Te Deum como diciendo “Danos señor más moros a los que violar y asesinar, tus hijos quieren descuartizar moros talmente como si fueran el Cuerpo de Cristo”.

Hay que decir que el Ejército cruzado se encontró con una situación favorable, con el mundo islámico totalmente desintegrado en múltiples reinos ridículos que, como es tradicional en la historia, bebían directamente de la experiencia española. Pero aun así la cosa tiene mérito: piensen que los asedios no podían ser muy prolongados, no ya por la tradicional muerte por enfermedades contagiosas, sino por la muerte, más eficaz aún y más rápida, por hambre, puesto que ya hemos quedado que el principio motor de los cruzados, además de la Cruz, era el Saqueo, pero al final se acababan las cosas que saquear y sólo quedaba la propia ciudad que se estaba sitiando. Así que la conquista era una cuestión de vida o muerte, un “o ellos o nosotros” plenamente justificado desde el punto de vista moral.

El mejor momento de la conquista, y del libro, llegó con el saqueo de la ciudad de Maarat, una situación particularmente difícil para los cruzados, al borde de la inanición, solventada como sigue: “En Maarat, los nuestros cocían a paganos adultos en las cazuelas, ensartaban a los niños en espetones y se los comían asados” (p. 67), según cuenta el cronista francés Raúl de Caen. El hambre, éh lo que tiene, vuelta y vuelta, al punto de sal. Y no se crean, la cosa es que la experiencia debió resultar muy apetitosa, dado que después de la invasión la dieta continuó en esa línea, según indica Maalouf: “Los habitantes de la región de Maarat asisten, durante este siniestro invierno, a comportamientos que no se explican sólo por el hambre. Ven, en efecto, bandas de frany fanatizados, los tafurs, que se diseminan por la campiña clamando a voz en cuello que quieren comer la carne de los sarracenos, y que se reúnen por la noche alrededor del fuego para devorar a sus presas” (p. 69). A fin de cuentas, incluso Benedicto XVI consideraría impecable un comportamiento así, desde el punto de vista teológico, puesto que ya saben, “tomad y comed todos de él, pues este es mi cuerpo”. De hecho, y como es tradición en la Iglesia, pronto surgieron preocupantes herejías, como relata el cronista Alberto de Aquisgrán, testigo presencial (¿comensal?) de los acontecimientos: “¡A los nuestros no les repugnaba comerse no sólo a los turcos y a los sarracenos que habían matado sino tampoco a los perros!”.

Tras el festín de Maarat, y tras la conquista de Jerusalén, el libro pierde interés (aunque justo es reconocer que ha puesto el listón muy alto, la Teología Gastronómica es aún mejor que el monofisismo), fundamentalmente porque ya no se verían caballeros de Dios con espadas y dientes tan afilados, y el politiqueo felipista sustituiría muchas veces a la guerra contra el infiel, no en vano los cruzados, como buenos hermanos, se dividieron el territorio en feudos que, a continuación, comenzaron a guerrear entre sí y con los musulmanes, perdiendo territorios a espuertas a poco que estos últimos se molestaran en organizarse, hasta que después de la Octava Cruzada (1270) puede considerarse amortizada para siempre la presencia de los cristianos occidentales en Tierra Santa (aunque tampoco se crean que los musulmanes pudieron cantar victoria, porque a los cuatro días de la Octava Cruzada aparecieron los mongoles arrasándolo absolutamente todo, con la salvedad de que preferían limitarse a comer carne cruda de animales macerados en el caballo a la rica diversidad de la cocina occidental), tras sólo 200 años, una mariconada comparada con la Cruzada que mientras tanto, antes y después, llevamos a cabo en España (711-1492) para echar a los moros, hasta que ahora han vuelto para volver a intentarlo y, convertidos todos en maricones a raíz de “the crusade experience” ya relatada, fornicar sin freno y, lo que es peor, casarse.оптимизация сайта yandexполотенцесушители водяной


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