La guerra fría – Ronald E. Powaski

Este es el clásico ejemplo de libro prometedor que al final no cumple con las expectativas del lector; cuando uno se compra un libro titulado “La Guerra Fría” espera algo así:

– Un repaso general a los principales acontecimientos de la segunda mitad del siglo XX en relación al enfrentamiento a las dos superpotencias, EE.UU. y la URSS.
– Referencias continuas a siniestras historias de espionaje, anécdotas de un mundo más peligroso y, para qué negarlo, más divertido que el actual.
– La descolonización y su rápida sustitución por una geopolítica en la que todos eran “aliados” de uno u otro bando y rivalizaban en muestras de pleitesía bien sea a la patria de los trabajadores (con la amenaza explícita de una invasión en caso contrario), bien sea a la mayor democracia del mundo (con la amenaza explícita de una invasión soviética, y la amenaza implícita de utilizar el dólar para destruir las economías aliadas, en caso contrario).
– Bombas atómicas.

Lamentablemente, el lector sólo ve satisfecha sobradamente la última de estas expectativas, las bombas atómicas. Todo lo demás es siempre leído en función de cuántas bombas disponía cada uno de los contendientes en cada momento histórico, y además las referencias suelen ser superficiales. Es en ese momento, ya en la parte final del libro, cuando uno recuerda el momento de locura en el que decidió soltar las 4.500 ptas. que costaba el libro “porque seguro que merece la pena”.

En realidad, la parte más interesante del libro es la que en principio se antojaba secundaria, los años previos al principio de la Guerra Fría propiamente dicha, y sobre todo los años de la II Guerra Mundial. Siempre desde la perspectiva estadounidense (otro de los principales defectos del libro, que nunca se detiene a observar con detenimiento el punto de vista de los soviéticos, y acaba convirtiéndose en una especie de intérprete – historiador de la política exterior norteamericana en exclusiva), asistimos al fracaso del proyecto del presidente Woodrow Wilson, la Sociedad de Naciones, al acabar la I Guerra Mundial, y sus tensiones con una Unión Soviética recién aparecida que se niega a comulgar con las exigencias -estado de derecho, libertades individuales, libre mercado, ya saben, la Biblia del imperialismo yanqui- americanas a cambio de “tolerancia diplomática” y ayudas económicas. Esta situación se perpetúa a lo largo de los años previos a la II Guerra Mundial, empeora paulatinamente con la llegada de Stalin al poder, y da un vuelco radical con el estallido del conflicto. El ogro bolchevique se convierte en aliado frente a los nazis, y las razones ideológicas desaparecen. Los años de la II Guerra Mundial son, por momentos, apasionantes, y el lector no puede evitar carcajearse al comprobar la inocencia del mítico F. D. Roosevelt en sus negociaciones con el implacable Stalin.

Con la llegada de Truman las cosas cambiarán del todo; pues Truman se trae la bomba atómica debajo del brazo, poco después la consiguen los soviéticos, y a partir de ahí la historia del mundo se fundamenta en dos parámetros:

– Bombas atómicas
– Conflictos indirectos entre las superpotencias.

El problema de este libro es, básicamente, que sin poner en duda en ningún momento que las bombas atómicas sean el fundamento de toda la política de ambas superpotencias (qué, cojones, “de toda la política” a secas), resulta estomagante que el autor se refocile en citarnos con enorme minuciosidad cada una de las negociaciones de ambos contendientes, el Estado de la Cuestión bombístico, el desarrollo de nuevos modelos, etc. Pese al enorme valor fálico inherente a las bombas nucleares, llega un momento en que incluso la feminista más recalcitrante, o el seguidor más exaltado de Rocco Sifredi, se cansa.

Si a ello unimos que la forma de acercarnos a los diversos conflictos internacionales en que se vieron inmiscuidos tanto los EE.UU. como la U.R.S.S. no puede ser más esquemática y centrada únicamente en datos desnudos, el libro sigue perdiendo fuste. En realidad, esta obra sólo nos sirve para lo mismo para lo que sirve cualquier obra cultural no multicultural: para confirmar el tópico:

– Tópico 1: En realidad, Kennedy era militarista además de estúpido, mientras que Nixon era un genio pacifista.
– Tópico 2: la política armamentística de los EE.UU. se basaba en estar siempre a la última, mientras que en la U.R.S.S. se preocupaban de fabricar más y más armas. Calidad frente a cantidad, lo típico. Pero esta divergencia en la estrategia de armamento acabaría siendo enormemente perjudicial para los yanquis en el apartado de bombas atómicas, pues en una política de disuasión por el terror nuclear carecía totalmente de importancia si nuestras bombas tenían un diseño más agresivo, más fashion, o incluso si tenían más autonomía, desde el momento en que garantizábamos que el rival destruiría más que nosotros en una hipotética conflagración. Y destruir, amigos, sorpréndanse, es el primer objetivo de las guerras.посуда москва купитьsophisticated sense of humor


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