El viejo y el mar – Ernest Hemingway

Un mito literario chabacano

En el primer tercio del siglo XX, surgió en los Estados Unidos una generación de escritores que, en gran medida, revitalizaron la literatura, pero sobre todo permitieron que todos los estudiantes de Filología Inglesa tengan que cursar una materia troncal, “Literatura Norteamericana”, en la que, curiosamente, no se estudia a ningún autor mexicano. De todos ellos (Dos Passos, Faulkner, Scott Fitgerald, Steinbeck) Hemingway es, sin duda, el peor, y por ende, el más famoso, especialmente entre el público norteamericano, donde es idolatrado como un icono cultural.

Todos sabemos que la vida de Hemingway fue apasionante, propia de un aventurero. Los más románticos hablan de cómo Hemingway luchaba por la República en la Guerra Civil española, cómo combatía el fascismo allá donde lo encontrara, cómo cazaba leones en la selva? Y los más pragmáticos siempre admiramos cómo conseguía vivir a costa del Gobierno estadounidense o de cándidos mecenas americanos sin hacer nada de nada, cómo escribía crónicas totalmente inexactas sobre el conflicto que, teóricamente, cubría para el periódico que le pagaba, cómo se atizaba un mojito detrás de otro en Cuba, etc.

Pero esta es una sección literaria, no un apartado de “Grandes Sinvergüenzas de la Historia”, así que tendremos que adoptar alguna referencia concreta para seguir choteándonos de este supuesto escritor; la elección ha sido difícil, porque muchos y muy variados son los bodrios que nos dejó Hemingway, pero creemos que “El viejo y el mar” satisface todas las expectativas. Siguiendo con la visión romántica del sujeto, y siendo muy generosos, podríamos decir que El viejo y el mar es una espléndida plasmación de la lucha por la vida, la capacidad del ser humano para enfrentarse a situaciones extremas, y una bella moraleja final que nos indica la futilidad del enfrentamiento con la naturaleza. Pero, hablando en plata, todo esto son tonterías, y lo único que podemos sacar en limpio de esta novela es una serie de ridículas descripciones objetivistas que, según los defensores de Hemingway, pretenderían, paradójicamente, transmitirnos hondos sentimientos. Pero es que, además, el hombre escribe con un estilo que parece sacado del cuaderno de estudiante de Azorín: “Un viejo. Y un mar. Una tormenta. El sol brilla. La noche cae. Sobre el mar (¿Y cómo podía caer la noche si brillaba el sol?)”. Y así todo el rato.

El incauto lector, cuando lleva cuarenta páginas de este auténtico tostón, que ni siquiera lo es porque tenga pretensiones, sino porque el escritor es malísimo, aún piensa esperanzado: “Al fin y al cabo, sólo son 200 páginas, y es imposible que pueda ser peor”. Pues puede, señores, puede. Como los grandes genios de la Literatura con mayúsculas, Hemingway es capaz de convertir su horrible prosa en arte por el procedimiento de compararla con la todavía peor prosa que le persigue en la narración.водяные полотенцесушители интернет магазин


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