Amarga victoria – Pedro J. Ramírez

Cualquier persona que se acerque al libro de Pedro J. Ramírez es posible que sospeche que está entrando en el proceloso mundo del periodismo de investigación, donde nada es lo que parece y donde sólo una verdad inmutable nos permite asirnos a algo remotamente relacionado con el mundo real: la constatación de la perenne maldad indisolublemente asociada al felipismo.


La verdad, el libro de Pedro J., en cuanto periodismo de investigación (y, más directamente, en cuanto libro), no es que valga gran cosa: aunque se supone que Pedro J. nos va a explicar “La crónica oculta del histórico triunfo de Aznar sobre González”, en la práctica nos cuenta lo de siempre: cómo España había caído en manos de un siniestro sátrapa, Felipe González, adorado por masas de ciudadanos enfervorecidos y con el cerebro lavado por TVE y el polanquismo, y cómo entonces él y cuatro más, echándole un par de lo que Ustedes saben, comenzó a sacar a la luz los escándalos que aquejaban al felipismo, para conseguir finalmente que un hombre bueno (José María Aznar) llegase al poder.

Hasta aquí, nada nuevo. Ya sabemos que los años 94 y 95, sobre todo, son los años míticos del Periodismo Independiente, aquellos buenos tiempos en que cada semana nos enterábamos por el diario El Mundo de algún nuevo elemento de felipización de la sociedad; el problema estriba en que eso, Pedro J., está ya muy visto, y nos habría divertido mucho más algo así como “La crónica oculta del chantaje felipista sobre el Director de El Mundo, o sea, yo mismo”.

Pero, de cualquier manera, el libro sigue siendo recomendable, por un motivo muy sencillo; cuando Ustedes creían que nada era comparable a los ejercicios de periodismo – ficción con los que un predilecto de esta Página, Jesús Cacho, nos regala de cuando en cuando, llega Pedro J. Ramírez y nos demuestra que, cuando de lo que se trata es de “asesorar” convenientemente a la clase política de lo que hay que hacer para acabar con el felipismo, nadie como él. Miren si no cómo Pedro J. posibilita, con una cena en su casa, que Aznar y Anguita se hagan amiguetes con el lícito fin de enviar al Maligno González al averno (de donde nunca debió salir):

“Yo no me chupaba el dedo y por eso les había regalado a cada uno una colección perfectamente empaquetada con los ocho tomos de mi libro de historia favorito: ‘La caída del Imperio Romano” de Edward Gibbon. La indirecta no podía ser más directa. Ellos encabezaban los ejércitos invasores que habían osado desafiar la corrupción del decadente imperio felipista. Aparentemente la meta parecía inalcanzable porque la correlación de fuerzas les era tremendamente adversa. Pero la historia servía para demostrarles que castillos más altos que el de la Moncloa habían caído antes. La confianza personal entre Aznar y Anguita comenzó a dar pronto sus frutos en forma de iniciativas parlamentarias comunes destinadas a controlar al Gobierno o investigar la corrupción. Había nacido lo que los felipistas llamaban la ‘pinza’ y lo que para mí era el embrión de un gran movimiento cívico para regenerar la democracia”. (p. 140)

Como es sabido, la democracia acabó regenerándose, y además con excelentes resultados tanto para José María Aznar (que llegó a Presidente del Gobierno) como para Julio Anguita (que no llegó a nada de nada, pero al menos preservó a IU de la contaminación inherente a las relaciones con el PSOE, hasta que le traicionaron aprovechando su convalecencia). A fin de cuentas, a Julio no lo asesoraba Pedro J., pero a José María sí, y además mucho.

Si alguien tenía alguna duda de hasta qué punto Pedro J. Ramírez tiene predicamento en el entorno de José María Aznar, no hace falta que analice las relaciones entre un editorial de El Mundo y una medida del Gobierno, ni que revise curiosas fotografías en el mismo balcón del director del periódico con los Aznar en pleno; es suficiente con que lea al propio Pedro J. jactarse de su privilegiada relación con Aznar, que para él no es Aznar, ojo, sino “Jose”. Veamos, por ejemplo, cómo ambos amigos, director de periódico independiente y líder de oposición limpia (entonces), juegan a su deporte favorito:

“Pronto comenzamos a jugar juntos al pádel. Jose venía al Abasota, un cómodo gimnasio situado pared con pared con la sede de El Mundo en la calle Pradillo. A veces se traía a su amigo de la infancia Juan Villalonga, a quien yo había tratado ya como broker financiero vinculado al grupo De Benedetti en la época en que buscábamos dinero para fundar el periódico. La personalidad del líder del PP se reflejaba igual en la cancha que en la vida política. Era un jugador correoso y tenaz que no daba una bola por perdida, devolvía mucho y era capaz de remontar un resultado adverso a base de fuerza de voluntad. Su estilo era desgarbado, su volea mediocre, pero aguantaba bien en el fondo de la pista y tenía una temible vuelta de pared. Siempre era competitivo, siempre le gustaba ganar y cuando perdía, en seguida pedía la revancha”. (P. 136)

Uséase, y para que quede claro: José Mari (perdón, “Jose”) es muy trabajador, trabaja tanto que resulta improbable que algún día pueda verse afectado por enfermedades como, por ejemplo, el felipismo. Porque, en la práctica, de esto es de lo que va toda esta película: Pedro J. justifica su excelente relación con Aznar porque la alternativa, el felipismo, es una hidra (marxista) capaz de destruir todo intento de regeneración democrática en este gran país que se llama España. La lucha contra la Internacional Felipista se antoja ardua y compleja para nuestros héroes (Pedro J. y Ágata Ruiz de la Prada, no se vayan ustedes a creer), pero el triunfo llega al final, como no podía ser menos en las buenas empresas, en forma de entronización de “Jose” en el Gobierno de la Nación. Y eso que el felipismo, según Pedro J., tenía la leche de poder, hasta el punto de tener dominado el cotarro no sólo en España, sino en “parte del extranjero”, por ejemplo en figuras como Carlos Andrés Pérez y Helmut Kohl, firmes defensores de la felipización social (lógico; a fin y al cabo, ambos resultaron ser unos corruptos).

Y menos mal que llegó la victoria de Aznar, porque si no el libro amenazaba con prolongarse más. Sinceramente, en cuanto periodismo de investigación el ensayo de Pedro J. no tiene prácticamente valor, en cuanto nos habla de cosas ya sabidas; sin embargo, si Usted tenía una idea digamos ligeramente negativa de las características morales de nuestros hombres públicos, lea aunque sea un par de capítulos de Amarga victoria y comprobará que nuestros hombres públicos se asemejan, cada vez más, a las mujeres públicas en lo que concierne a la moralidad. La caradura que muestra Pedro J. para contarnos todos los trapicheos en los que se ve envuelto, cómo influye de forma descarada sobre un líder político como Aznar (para que se hagan una idea, gracias al libro nos enteramos de que, en realidad, aquí el que ha suprimido la mili es el director del diario El Mundo), cómo hace y deshace en los cenáculos madrileños, nos da idea del poder que tiene este sujeto, y de lo soberbio que es el hombre, si es que lo que nos cuenta es -al menos en parte- cierto, y de lo tonto que es, el pobre, en caso de que nos mienta como un bellaco. Bien mirado, lo de que Pedro J. es un poco inocentón lo tengo cada día más claro, a la vista de cómo cuenta en su libro, como si se tratase de un niño con zapatos nuevos, cómo Jose y Julio, y muchos otros, actuaban en función de sus siempre útiles consejos; o tal vez es que Pedro J. tiene tan claro como nosotros que en España un libro, y más un libro de estas características, no lo lee ni Dios, y por tanto puede escribir lo que le venga en gana.


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