Juegos de acción en 8 bits

Los padres de mi generación trabajaron duro durante el desarrollismo de los años sesenta, muchos de ellos fueron autodidactas y algunos incluso sufrieron la cárcel por su militancia política. Con mucho esfuerzo y sacrificio, lograron salir adelante al tiempo que nuestro país se adentraba por fin en el siglo XX. Lucharon con una voluntad de hierro y lo pasaron fatal. Por eso, quisieron lo mejor para sus hijos. Conforme se consolidaba la democracia, se establecía una clase media y la enseñanza se universalizaba, muchos de ellos tuvieron a bien hacer un esfuerzo y comprarnos un ordenador de 8 bits. Pensaban nuestros padres en darnos la mejor educación posible, que nos formásemos bien para no tener que pasar tantas penalidades como ellos. Esos ordenadores de 8 bits venían rodeados de sueños, a saber: quizá alguno de nosotros descubriría la vacuna contra el cáncer, o lo mismo inventaba el aerodeslizador, puede tal vez que ideara un programa de ordenador para multiplicar las cosechas y acabar con el hambre en el mundo… Sin embargo, toda mi generación empleó los ordenadores de 8 bits en la misma empresa: matar comunistas escuchando jevimetal.

No es que fuésemos los perros de presa de Jiménez Losantos, que por aquel entonces hacía poco que había dejado de ser comunista. En realidad a nosotros nos la sudaba el comunismo. Es que no sabíamos ni lo que era. Lo que pasa es que la mayoría de los videojuegos que consumíamos venían del mercado anglosajón, y ahí las virtudes del mundo libre se predicaban con un M-16 en una mano, una granada en la otra y un machete entre los dientes. Perfectamente podíamos haber jugado a videojuegos soviéticos, pero los ordenadores made in URSS de veinticuatro toneladas con sistema de poleas tirado por dos prisioneros del gulag, pues tenían alguna que otra dificultad para pasar las aduanas y, por tanto, carecíamos de plataforma para viciarnos a Proletario & Parásito.

Nuestros progenitores empezaron a advertir que no estábamos precisamente diseñando un sofisticado módulo lunar, cuando veían que de nuestra habitación salían gritos como “¡me cago en dios! ¡me cago en dios! ¡la puta mina!”. Otras veces, cuando estabas tecleando frenético, con los ojos inyectados en sangre, echando espumarajos por las fosas, con la mandíbula desbocada y dándole patadas a la mesita de noche, podía llegar tu madre a decirte: Te he traído estos jerseys para que te los pruebes para la boda del tío, que ahora están de rebajas y… -¡déjame en paz ahora hostia puta ya!- te veías obligado a interrumpirla con todo el cariño y respeto que sólo se le puede ofrecer a una madre si no querías que te jodiera el helicóptero de la fase 3. Se podría decir que nuestros padres, viéndonos ahí, convulsionándonos, con espasmos y ataques de histeria, pensarían que en lugar de un nobel iban a criar un deficiente mental, pero, desde un punto de vista artístico, hay que señalar que de los teclados de los CPC salieron gran parte de los mejores bailarines de break-dance de la historia.

Una cuestión importante en esto de los 8 bits era el tema del joystick. Hay cosas que un hombre natural de la meseta nunca debe tocar. Un mango largo y negro con una cosa colorada en la punta es una de ellas. No por nada en especial, básicamente porque eran una puta mierda. Quizá tu hermana si podía hacer sus puzzles o mariconadas de similar ralea con un joystick normal, pero un macho ibérico que ponía películas de Bud Specer & Terence Hill en todos sus cumpleaños si utilizaba esa mierda a los dos días estaba rota. Los descendientes del Cid jugaban con teclas. Aunque, para no faltar a la verdad, hay que reconocer que años más tarde apareció el joystick Telemach, pensado para este selecto público, que más bien se asemejaba a un clítoris gigante. Era ideal, con su base le podías hacer una brecha de siete puntos a tu primo, y se dejaba maltratar salvajemente en las batallas más duras porque nunca se rompía. Con todo, una cosa está clara, hoy en día, en pleno siglo XXI, hay una casta de hombres que saben lo que significa “o-pe-cu-a-espacio”; de ellos será el reino de los cielos, y de la óptica, sus ahorros.

Quemamos las pestañas con muchos juegos, pero, en concreto, mis arcades mata-mata en 8 bits favoritos fueron, por este orden: Operation Wolf, Ikari Warriors y Commando.

OPERATION WOLF: El protagonista de este videojuego, no se sabe por qué, quizá a causa de una apoplejía, sólo sabía andar de lado. Apopléjico, sí, pero de manco nada, que iba bien armado con ametralladora y granadas. La acción yo creo que se sitúa en Angola y hay que meterle caña a las tropas de Fidel ahí concentradas. Atravesamos campamentos, jungla, hangares, polvorines y aeropuertos con los huevos por montera rescatando, supuestamente, a prisioneros. Supuestamente porque, no sé en las localidades periféricas del Estado, pero al menos en la meseta era una cuestión de honor matar a los civiles primero según salían por la pantalla, ya fueran enfermeras, chandalistas o los cautivos a los que íbamos a rescatar. Operation Wolf era muy famoso porque la máquina de los bares venía con una ametralladora incorporada con la que no era nada fácil apuntar. Del mismo modo, con las teclas, pese a tener punto de mira, uno también las pasaba putas. Lo más bonito de este juego es que tenía un contador a la derecha que te indicaba cuántos enemigos te quedaban por matar, de forma que podías contabilizarlos. También estaba muy bien que apareciesen animales corriendo o volando por ahí. En la jungla salía un cerdo. Si nuestra legión se identifica con una cabra, no sé por qué no iban a poder identificarse los comunistas con un cerdo. Reventarlo en mil pedazos proporcionaba un placer próximo a la lujuria.

Operación Wolf, visión apopléjica en combate (Al fondo, el Capitán Benjamin William en busca del Coronel Kurtz)

IKARI WARRIORS: “The country of Ikari has seen better days. Enslaved by a foreign power, Ikari needs help if it is to ever see freedom again. It’s up to a couple of American soldiers, Paul and Vince, to liberate them” ¿Les suena esta frase? No, no es Donald Rumsfeld, es la historia del juego. Dos soldados americanos impartiendo la justicia en el mundo a sangre y fuego. Aquí llamaba mucho la atención que el enemigo era como Ralph, el personaje de los Simpson. Moraba por ahí, se quedaba quieto, se iba a otro lado, tiraba un tiro, miraba a un lado, giraba sobre si mismo, se quedaba quieto… todo delante de tus narices, como si no estuvieras. Lo cierto es que no tenía mucha dificultad exterminar a ese ejército de soldados con un par de decimitas menos de coeficiente. Otra cosa fuera de lo normal es que, al contrario que en la mayoría de los juegos, en el Ikari podías llevar encima hasta 99 granadas no sé sabe donde, quizá, a juzgar por la obesidad del protagonista, las 99 fueran metidas en el culo. Lo más interesante, de todas formas, era que, cuando jugabas a dobles, las balas no, pero las granadas de tu compañero te podían matar, con lo que de pequeñas rencillas surgidas por malentendidos se pasaba a luchas cainitas. Tanto fue el cántaro a la fuente, que nosotros llegamos a usar el juego única y exclusivamente para batirnos en luchas fraticidas a granadazo limpio -mientras tanto, los borderlines dominaban el mundo, qué rabiosamente español.

Ikari Warriors, el Piraña goes to Vietnam

COMMANDO: En Commando nos situábamos en la II Guerra Mundial contra los nazis. No es que fuesen comunistas propiamente dicho, pero sí comunistas en potencia al menos la mitad de ellos. Éste es sin duda uno de los mejores juegos de la historia. Difícil como enhebrar una aguja después de estar dos horas mirando al sol, yo nunca he conocido a bestia humana capaz de pasarse esta maravilla. Todo era bueno en él, empezando por la música. A día de hoy, en la moda del electroclash no ha surgido ni un solo subhumano con la mitad de talento de los que componían música para los juegos de 8-bits a base de pitidos. Como el juego tampoco ofrecía espectaculares giros en el guión precisamente, sólo había que ir en una dirección matando, a ser posible, todo lo que se moviera, nosotros inventamos el “método pacifista” en el que había que pasar las fases matando sólo lo indispensable. Huir de las balas sí que era divertido. Si hubieran hecho un juego sobre los Sanfermines no sería tan perfecto como el Commando en método pacifista.

Commando, ni por excedente de cupo ni por escoliosis severa

Si te pones a pensar que en estos juegos, hoy en día, para realizar una misión de exterminio de infrahombres, primero tendrías que reclutar los soldados, entrenarles, comprar las armas estableciendo rutas de comercio con los filisteos, llevarlos en avión al punto señalado si la climatología lo permite, entablar contacto con los nativos en su propia lengua, construir una base con sistema de cañerías y ventilación e irrigar los terrenos cercanos para poder alimentarse en la jungla, todo ello previa lectura de un tocho de manual de mil doscientas veinticuatro páginas, pues no se puede sino llorar recordando los tiempos en los que te sentabas tú y tu monitor verde monocromo, cara a cara, hombre a hombre, sin artificios, dispuesto a desratizar este mundo de comunistas. ¡Ah! Qué tiempos.разработка промо сайтаблинные сковородки


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