Marxismo y Nueva Economía

El Señor nos envió Amazon.com para destruir el marxismo imperante

En la sociedad de consumo masivo en que nos encontramos priman todos los productos relacionados con la información y el entretenimiento. En general, nos hallamos en los albores de un nuevo tipo de sociedad, la sociedad del conocimiento. Sin embargo, esta sociedad del conocimiento, en la práctica, ofrece siempre el mismo tipo de productos culturales, lo que implica una enorme pobreza formativa de los individuos. Asimismo, es preciso destacar que la sociedad producto de la globalización aumenta la soledad y el aislamiento de los ciudadanos.

Es indudable que el sexo está en la raíz de este doble fenómeno, en tanto en cuanto son los negocios directamente relacionados con el sexo y la pornografía los únicos que mayoritariamente, hoy por hoy, arrojan pingües beneficios en el universo propio de la Nueva Economía, esto es, Internet. Mientras las empresas dedicadas a vender libros, discos, motocicletas, juguetes, etc., languidecen en la Bolsa y, sobre todo, en la cuenta de resultados, las webs porno no dejan de aumentar sus beneficios y de competir entre sí. Quien esto escribe está en condiciones de concluir, tras una seria y reposada investigación del universo del Pecado que es el mundo de las páginas pornográficas de Internet, que, en efecto, todas ofrecen los mismos productos, resumidos, en la práctica, en una orgía de lascivia y perversión que demuestra hasta qué punto algunos pueden utilizar la Nueva Economía para fines radicalmente opuestos a sus objetivos declarados. Cuando hablo de Pecado y de lascivia no me refiero, obviamente, a que estas páginas ofrezcan material censurable, sino a que casi todas ellas tienen la desvergüenza de arrojar beneficios.

No es difícil concluir que las webs porno se aprovechan del aislamiento físico inherente a una civilización en red, en la que las comunicaciones se establecen vía una determinada tecnología que acerca a los que están lejos pero, paradójicamente, acaba alejando a los que tenemos más cerca. De la misma manera, aunque a pequeña escala (pocas cosas hay más importantes que el sexo en este mundo pecaminoso), funciona la pretendida sociedad del conocimiento: el aburrimiento, en última instancia, es decir, la falta de alicientes, de contacto directo con los demás (no necesariamente sexual, insisto) acaba determinando la creación de todo tipo de necesidades, la búsqueda de información en grandes cantidades, el intento de ahogar la soledad en un mar de entretenimientos tecnológicos, etc.

Muchos de Ustedes quizás se estarán preocupando al observar en la interpretación que de la sociedad de consumo hacemos raíces inequívocas de un análisis marxista de la sociedad: a fin de cuentas, estamos hablando de un mundo de trabajadores alienados, solitarios, incapaces de rebelarse frente al opio del pueblo que sería la sociedad de consumo… Pero la realidad es mucho más cruel de lo que nos imaginamos: no somos nosotros los que analizamos la sociedad en clave marxista, es la propia sociedad la que día a día arroja rasgos preocupantes de marxistización. Y, esta vez, Rusia no es culpable.

Como ya sabrán, los objetivos del marxismo no difieren en demasía de la sociedad fraterna que el Nuevo Testamento (y la Nueva Economía) pretenden. El experimento marxista arrojó un balance totalmente negativo, pero su modelo de funcionamiento no dejaba de ser muy parecido al de las sociedades capitalistas actuales: el modelo de consumo masivo no se diferencia tanto en la práctica del modelo de no – consumo de las sociedades comunistas (ya saben: una empresa para fabricar botas, y sólo una, otra para fabricar cerillas, otra para coches, etc.), desde el momento en que todo lo que consumimos es siempre igual: leemos los mismos libros (o, mejor dicho, los compramos para colocarlos en la estantería), vemos las mismas películas, hablamos sobre los mismos temas, etc., estoy en condiciones de concluir que, muy al contrario de lo que se piensa, el marxismo ganó la gran batalla, y hemos llegado, sin darnos cuenta, al paraíso marxista en el que todos tienen acceso a las mismas cosas y, por tanto, son iguales.

Pero un creyente en la Nueva Economía no puede aceptar que un modelo económico tan puro engendre un monstruo marxista de tal calibre. Más bien estoy tentado de considerar que la Vieja Economía nos trajo este marxismo soterrado, de la igualdad por lo bajo, por decirlo así, y la Nueva Economía ha venido en nuestra ayuda para extirpar el germen de la igualdad mal entendida, es decir, la igualdad absoluta, también de aquellos que son ateos y por tanto deberían estar en el infierno.

Desde que un marxista irredento como Francis Fukuyama (sí, el marxismo todo lo invade, incluso a los asesores de Reagan) proclamara el fin de la Historia, en un sorprendente acercamiento a las tesis historicistas de Marx, que preconizaba un paraíso de los trabajadores que sería el fin de los procesos históricos, muchos pudimos observar al demonio detrás de la aparente placidez capitalista que nos envolvía.

En primer lugar, la Vieja Economía posibilitó el advenimiento de un auténtico capitalismo popular, en el que los trabajadores comenzaron a comprar acciones como locos, siendo propietarios de las empresas para las cuales trabajaban. El concepto de plusvalía quedaba así totalmente anticuado, por cuanto las empresas pasaban a comportarse como siniestras cooperativas marxistas colectivizadas. Sólo en un país del mundo desarrollado, España, las cosas siguieron como siempre, pues si bien el reparto de los bienes privados entre las masas se produjo como en todas partes, a la hora de la verdad todo siguió igual, y los jerifaltes de las empresas mangoneaban como siempre ajenos a los intereses y a la opinión (de haberla) de sus accionistas. Es decir, todo iba bien, porque todos sabían que, si bien la propiedad de las empresas estaba repartida entre muchos, seguían mandando unos pocos, los de siempre.

Cuando llegó la Nueva Economía y la eclosión de Internet, los primeros signos fueron preocupantes: ¿Iba a ganar el marxismo la gran batalla por la puerta de atrás? La estructura de las empresas de la Nueva Economía parecía una comuna anarquista, con el jefe y los empleados en plan colega tomando decisiones de forma colectiva: además, el modelo de la comunicación en red se nos antojaba una paráfrasis del dicho “proletarios de todos los países, unios”. Si el proletario disponía de modem y conexión a Internet, se unía con otros iguales a él de inmediato. Por último, las empresas de la Nueva Economía demostraron su vocación de fe marxista creando portales en los que se ofrecían siempre los mismos contenidos, las mismas noticias, las mismas cosas, vaya, puro realismo socialista. Gracias a Internet, todos íbamos a ser iguales.

Sin embargo, la aparente marxistización propugnada por la Nueva Economía no era tal; estoy en condiciones de afirmar que la Nueva Economía es, en realidad, un ángel vengador enviado por el Altísimo para destruir la hidra marxista que se había insertado trabajosamente en nuestras sociedades: pasando por alto el aumento de las desigualdades que crea el fenómeno de la globalización, que favorece a los más preparados, crea enormes bolsas de pobreza, etc., pasando por alto incluso que la espectacular caída de todo lo relacionado con Internet en las bolsas puede estar en condiciones de destruir todo el fenómeno del capitalismo popular en poco tiempo, dado que dejó a los inversores más humildes plagados de deudas, es preciso destacar que, ante todo, la Nueva Economía, a diferencia de la Vieja, basada en fríos datos y estadísticas, es cuestión de Fe.

Un inversor en la Nueva Economía nunca se guiará por el análisis de sus empresas, ni por ondas de Elliot ni zarandajas similares: un inversor en una empresa de Internet es consciente de que si invierte su dinero es exclusivamente por su Fe en que su fidelidad a un proyecto aparentemente locoide le garantizará, en el futuro, una vida mejor, un auténtico Paraíso terrenal de empresas que “crecen” sin parar. La obsesión de las empresas de la Nueva Economía por crecer ante todo, dejando los beneficios para más adelante, es sintomática de su similitud con una religión: los fieles financian, nosotros aumentamos en número de fieles. ¿Acaso esto no es un buen modelo empresarial? A mi, mientras los fieles financien, me parece estupendo.

La caída del Nasdaq no es sino una prueba que nos envía el Señor para comprobar nuestra confianza en él. Una vez la Nueva Economía destruyó todo atisbo de igualdad entre los hombres, tanto los creyentes como los no creyentes, una vez quedó claro que aquí sólo tendrán un sitio a la derecha del Padre los más puros, y los ateos que se vayan al Infierno con sus acciones de Terra compradas a 150 euros, la Nueva Economía resurgirá con más fuerza que nunca, pero sin fieles de opereta, sin gente que está ahí por motivos tan poco espirituales como enriquecerse. La recompensa a los más justos, a los que más pinchen en los banners de Terra y compren pizzas por Internet mientras hipotecan su casa para comprar acciones de Amazon.com, llegará, pero como esto es una religión nadie está en condiciones de decir cuándo llegará dicha recompensa.seo продвижениебесплатная раскрутка сайта в поисковиках


Compartir:

Nadie ha dicho nada aún.

Comentarios cerrados para esta entrada.