Los orígenes de la Fe

1. Los melenudos de Silicon Valley

Todo sistema teológico mínimamente convincente tiene que crear unos orígenes míticos que sustenten el dogma y le confieran un carácter auténticamente inmutable. La Nueva Economía no es flor de un día, sostengo, y no lo es porque tiene hondas raíces en el pasado. Para mí sería muy sencillo exhibir multitud de ejemplos que demuestren bien a las claras que la Nueva Economía es parte fundamental de la esencia del ser humano, que las señales de su llegada eran inminentes desde la extinción de los dinosaurios, y que cada vez que un hombre caía en el pernicioso vicio de la ludopatía en realidad se estaba constituyendo en antecedente claro de los inversores en empresas de las Nuevas Tecnologías. Sería muy fácil poner ejemplos remotos, digo, pero no lo haré. Y no lo haré porque ahora mismo no se me ocurre ningún ejemplo plausible y, sobre todo, para no insultar a su inteligencia. Bastará por el momento con que nos remontemos a los orígenes más cercanos y evidentes: los felices años 60, con su Kennedy, sus Beatles, sus misiles cubanos, …

En los años 60 el comunismo internacional había logrado, por fin, infiltrarse en las esencias de la mentalidad y las costumbres americanas, y apareció bajo la forma de jóvenes progresistas que protestaban contra la división bipolar producto de la Guerra Fría, el capitalismo salvaje, la Guerra del Vietnam,… y, en general, protestaban. Por supuesto, esta gente provenía en su mayoría de las universidades americanas, particularmente Berkeley, en California; hordas de estudiantes alentados por profesores de mentalidad abierta se manifestaban una y otra vez contra los abusos de la Administración estadounidense, mientras los profesores liberales se congratulaban de haber encontrado una excelente excusa para no dar clase (eran gente viajada, y muchos de ellos habían pasado largas temporadas en universidades europeas de prestigio, por ejemplo la Universidad de Nápoles, donde por aquella época se fraguaba una auténtica leyenda: el Departamento de Filología Inglesa de dicha Universidad se compone de 43 profesores… ¡Todos de la misma familia! Fin del inciso).

Estos estudiantes, no nos caben dudas, querían un mundo mejor, y por eso se enfrentaron a las fuerzas de seguridad y a los poderes fácticos para eliminar el economicismo rastrero que hasta entonces determinaba las relaciones entre los pueblos y así llevarnos a todos a un mundo lleno de luz y de color. Por supuesto, no lo consiguieron, así que decidieron dedicarse, ya que el mundo no quería ser mejor, a ser ellos cada vez mejores, naturalmente a través del consumo de drogas alucinógenas.

Pero los años pasaron, y los que no habían quemado totalmente su cerebro con L.S.D. comenzaron a preocuparse por su futuro. ¿Qué sería de ellos cuando, a sus 39 años, lograran licenciarse? Algunos de los más avezados no se lo pensaron dos veces y echaron un vistazo a sus pasados ideales, y les dieron la vuelta: no es cuestión de enfrentarse al Sistema, sino de cambiarlo “desde dentro”. En realidad, allí nació la Nueva Economía, una excusa más para hacer lo de siempre pero barnizado de un cierto talante “liberal” (para un americano de pro, “liberal” quiere decir un tipo que en cualquier momento se puede poner a asaltar conventos, para que nos entendamos). La idea era sencilla: el mundo era injusto porque hasta el momento el progreso, a grandes rasgos, había beneficiado a unos pocos, que detentaban los centros de producción y eran dueños del capital, la maquinaria y la fuerza (no la de trabajo, la otra) necesarias para imponer un sistema de intercambio comercial similar al que el Imperio español ideó en las Indias (oro a cambio de biblias y baratijas). Pero la culpa de ese desastre no era ni del mercado ni de las tecnologías en sí; uno y otras no son otra cosa que fuerzas ciegas, de carácter divino, pero más o menos utilizables en provecho de una causa u otra. Y ellos, los que habían intentado destruir el sistema en su época estudiantil, iban a saber transformar los fundamentos del mismo en su nueva época empresarial.

La idea básica que subyace, en un primer momento, a la incipiente globalización que posibilitan las nuevas tecnologías es la de crear un mundo sin centro claro y sin trabas para el intercambio comercial, un mundo donde las diferencias de productividad y de riqueza fueran siendo minimizadas poco a poco gracias al efecto vivificante de las Nuevas Tecnologías.

Naturalmente, el resultado fue justo lo contrario, pero ya indagaremos al respecto.


2. De la furgoneta Volkswagen a la New Beetle

Los orígenes sociales y económicos de la nueva herejía que suele denominarse New Economy se presentan confusos. La filiación directa que se les suele imputar respecto a juegos de azar de todo tipo, legalizados o no, así como las versiones que buscan los orígenes del “fenómeno Terra” en el conocido divertimento burgués de la ruleta rusa, no debe bastarnos. Hay, necesariamente, algo más. No parece lógico imputar como causas explicativas del fenómeno lo que no son sino pulsiones que han existido siempre: la magnificiencia del edificio teórico que ha justificado los mayores desatinos en materia de Nueva Economía exige que busquemos en su origen un verdadero y trascendente cambio social.

Se apunta en el artículo inicial la innegable responsabilidad de una generación de jóvenes, contestatarios y desviados, que cuando volvieron al recto sendero marcado por sus sabios mayores lo hicieron de un modo diferente, integrando nuevos valores, nuevas consignas, y los viejos pantalones tejanos de toda la vida. He de confesar que esta explicación me satisface sólo a medias. Que la Nueva Economía sea consecuencia de la nefasta generalización del acceso a la enseñanza superior mal entendida de los hijos de una clase media cada vez más acomodada y de la correlativa difusión de ciertas ideas ecopacifistas no puede sino reconciliarme con mi idea de los valores humanos. Sin embargo, creo que debe irse un poco más allá.

Otros dos factores han influido en la transformación social, realimentando este primero ya expuesto y multiplicando los efectos perturbadores del mismo. El primero de ellos es un atentado directo contra la primera de las obligaciones monásticas: la generalización indecente de la riqueza en los maravillosos años sesenta norteamericanos. Y, el segundo se refiere al cumplimiento paradójico y obligado de la más importante de ellas: la castidad.

Paso a tratar de explicar estas perturbadoras cuestiones y sobre todo la primera, pues mi tendencia, como no puede ser de otro modo, es prestar atención, sobre todo, a todo lo relativo a la sexualidad (ojo, no al sexo sino a la sexualidad). No obstante lo cual es justo y necesario significar que los alegres años 60, el crecimiento económico desmesurado de la época y la buena vida que empieza a procurar a las familias medias americanas está también en el origen de nuestros actuales desvelos. Esa generación de haraganes perezosos que buscaba cualquier excusa, por imaginativa que fuera, con tal de no aparecer por clase sólo es concebible en el seno de una sociedad rica. De otra manera, simplemente, no habrían podido permitirse el lujo de pasarse unos añitos de turismo rural y comunal por ahí, consumiendo todo tipo de drogas no precisamente baratas sin apenas trabajar. Y, por supuesto, pocos padres necesitados económicamente habrían permitido a sus hijos semejantes excesos. Es lógico en consecuencia que la integración de estos jóvenes en el mundo de la empresa y la producción, que supone el inicio del cambio analizado, tenga lugar precisamente a partir del momento en que, ya en la década de los setenta, los estragos de la crisis económica empiezan a sentirse.

En cualquier caso si estas masas son las que van a proporcionar la mano de obra joven, imaginativa y todo lo “exótica” que suele decirse de ella, no debemos obviar que el verdadero germen de revolución no lo encontramos, ni mucho menos, en estos hippies de corto recorrido, dedicados al sexo, al amor libre, a las drogas y a la buena vida. Los verdaderos iconos de la Nueva Economía son los pocos estudiantes que, muy a su pesar, quedan apartados de este movimiento.

En efecto, mientras sus compañeros se lo pasaban bomba en las comunas había ciertos estudiantes que, como buenos marginados, se quedaban en casita. En cualquier grupo de jóvenes, incluso en el seminario, la búsqueda de popularidad y la necesidad de aceptación por el grupo condiciona notablemente los comportamientos de las personas. Esa época, por supuesto, no fue una excepción. Es más, las especiales características de la juerga sesentayochista suponían dificultades añadidas para el marginado potencial. Cuanta más juerga y descontrol es la norma, más complicada es la integración de los estudiantes tímidos en el grupo.

Todo aquel que no sabía tocar la guitarra e impostar la voz, cualquier persona que no aguantara las cantidades de LSD o anfetas standard, incluso los pobres tipos que no lograban tener una barba suficientemente impresentable (por ejemplo el barbilampiño Gates) quedaban automáticamente excluidos. Y esta exclusión conllevaba, evidentemente, que las mujeres quedaban lejos del alcance de estas gentes. Castidad obligatoria tanto más desagradable cuanto la moralidad de las jóvenes de la época era, cuando menos, laxa. Y, como suele ser frecuente, la sublimación del deseo sexual a través de actividades de garage de todo tipo, acabó por provocar espectaculares resultados.

La Nueva Economía, que tiene orígenes tan oscuros, no puede ser sino en sí misma inicua. Porque si bien la castidad bien llevada es un honor y el necesario principio de las más colosales obras humanas, la insatisfacción provocada por la constante e infructuosa búsqueda de sexo no puede conducirnos sino a sociedades enfermas y socialmente desestructuradas.повышение продажпосуда


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