La Nueva Economía, tierra de promisión y pérdida

Una metáfora de la exitosa agonía de esta Página

Como algunos de Ustedes saben, hace unas semanas (Abril 2001) esta Página tuvo que cerrar sus puertas por el coste que implicaba el mantenimiento de la misma. Paradójicamente, cuantas más visitas teníamos más gastábamos; el éxito era tal que en un momento dado tuvimos que cerrar el chiringuito y buscar soluciones. Una vez nos hemos estabilizado, es buen momento para realizar un balance de lo que ocurrió, aunque para que no se aburran demasiado y a la vista de las concomitancias existentes entre la Nueva Economía y la Teología lo haremos en clave metafórica.

Últimamente me encontraba un poco dubitativo en los fundamentos de mi fe en la Nueva Economía. Estaba tentado de dejar los hábitos y dedicarme a los sucios negocios, ya saben, vender pañuelos en los semáforos, tocar la guitarra en una esquina, limpiar parabrisas y, en general, cualquiera de estas ordinarias actividades antiguas tan contrarias al Espíritu de la Nueva Economía, por cuanto buscan cosechar beneficios. El motivo de tal crisis de fe no era otro que la constatación de que, en apariencia, los que no hace tanto tiempo eran felices invirtiendo su dinero en empresas con pérdidas habían mudado su entusiasmo en una cerril hostilidad desde el momento en que las pérdidas se trasplantaron a sus bolsillos. ¿Era la Nueva Economía, después de todo, una forma económica convencional más, por muy heterodoxa que esta fuera? ¿En algún lugar de las empresas de Internet alguien quería ganar dinero? ¿Qué había sido del crecimiento a toda costa?

Entonces tuve una visión. El Señor puede ser muy exigente, incluso Su faz adquiere matices de crueldad en ocasiones. Pero nunca tuve noticias de nadie, ni siquiera el Santo Job, a quien Él le impusiera tan duras pruebas, ideadas sin duda mientras el Señor pinchaba en los banners de Terra Networks. Exagerado, dirán ustedes. A fin de cuentas, a Job le sustrajeron (varias veces) el ganado, y yo no tengo ninguna pinta de dedicarme a eso (y tampoco sería muy inteligente por mi parte invertir ahora en ganadería, habida cuenta de las múltiples enfermedades que asolan la cabaña en los últimos tiempos). Tienen razón, a mí no me robaron el ganado. Me ocurrió algo mucho peor: cuanto más crecía el ganado, más menguaba yo.

Quisiera aclarar, para no parecer demasiado críptico, que yo no soy uno de esos sacerdotes engolados que cuentan historias ejemplares en el sermón de los domingos y luego viven de espaldas a la realidad circundante. No, yo procuro acercarme a las preocupaciones de mis feligreses, es más, conocer al mayor número de feligreses posible, y dadas mis creencias hasta ahora firmes en la Nueva Economía no se me ocurrió nada mejor para incentivar la fe en el Señor que configurar un portal temático, que llamaremos (nombre ficticio) miparroquia.com, para aliviar las cuitas de los fieles en un consultorio virtual, una especie de confesionario online en el que todos los domingos oficiaba leyendo párrafos escogidos de los estatutos de Amazon.com o fragmentos de la biografía de Juan Villalonga. Con la ayuda del Señor, la parroquia virtual fue todo un éxito; a fin de cuentas, un mundo tan impío como Internet siempre está necesitado de lugares donde se reconforte al pecador y el espíritu pueda solazarse.

Tanto éxito tuvo que en poco tiempo miparroquia.com ostentó una de las primeras posiciones en el competido mundo de las iglesias digitales; el número de fieles aumentaba sin cesar, y yo daba gracias al Señor. Hasta que llegó un momento en el que me planteé la conveniencia de sacar algo más que el agradecimiento de los fieles, esto es, rentabilizar económicamente las visitas (2000 años de tradición eclesiástica pesan mucho). Ese fue mi gran error.

Como resultaba a todas luces inviable configurar un cepillo virtual en el que los fieles pudieran depositar sus óbolos, decidí rentabilizar las visitas por la única vía que hasta ahora se les ha ocurrido a los principales ideólogos de la Red: insertar banners publicitarios. Pero como se me ocurrió hacer algo así en un momento en el que la publicidad, como todo el estamento empresarial de Internet, se batía en retirada, la búsqueda fue realmente ardua; incluso tuve que poner banners pornográficos e incluso alguno referido a la homosexualidad (este último, para más inri, en la sección de Teología) aunque como comprenderán no me hacía mucha gracia mancillar miparroquia.com con banners mercantilistas que incitaban al pecado, me consolé pensando que tal vez esta fuera una vía de redención para los propietarios de este tipo de páginas: anunciándose en miparroquia.com expiaban parcialmente sus pecados.

Por lo visto, el Señor no lo consideró así, porque con premura me envió un rayo vengador que acabaría con mis sueños de enriquecimiento (para luego repartirlo entre los necesitados, claro). Aparecer los banners sexuales en mi portal religioso y multiplicarse geométricamente las visitas fue todo uno. Yo estaba más contento que unas pascuas, y sin saberlo me estaba arrojando a la perdición. ¿Saben por qué? Porque Internet es, en verdad, el método más imaginativo jamás inventado para tener pérdidas: no sólo se pierde dinero diseñando la página, o contratando personal, o haciendo publicidad, o incluso vendiendo los más variados productos; no, Internet es tan perfecto que es posible perder dinero a costa de tener visitas. El proceso es farragoso, pero intentaré explicarlo: para gestionar cualquier dominio es preciso tener un contrato con un servidor que aloje las páginas del dominio y permita que el público las vea; pero cada vez que un usuario visualiza una página en su navegador, el servidor está gastando una determinada memoria de transferencia. En España, gracias a la mediación del Enviado del Señor (Telefónica), el coste de transferencia es altísimo, de tal manera que sin comerlo ni beberlo llega un momento, cuando se alcanza cierto nivel de visitas, en que los proyectos digitales comienzan a perder dinero a espuertas para pagarle a Telefónica, servidor mediante, la millonada que los propios usuarios del dominio están gastando en memoria de transferencia sin siquiera saberlo. La opción de sufragar estos gastos con la publicidad es prácticamente inviable desde el momento en que la publicidad, como ya les indiqué, está huyendo de Internet a marchas forzadas. Así que se genera una situación en que puede producirse una auténtica “Muerte de éxito” sin que podamos hacer nada para evitarlo, salvo cerrar la web en cuestión o “emigrar” (alojar las páginas) a un servidor extranjero, preferentemente americano, ya que son mucho más baratos.

¿Increíble? Todo es poco para la Nueva Economía. Cada vez tenía más y más fieles, más entusiastas y, valga la redundancia, más fieles, hasta que llegó un momento en que los fieles acabaron provocando la quiebra técnica de la empresa, pues no sólo no pagaban nada por su uso, sino que ocasionaban cada vez más pérdidas. “Creced y multiplicaos como las estrellas del firmamento”, dijo el Señor a Abraham, pero seguro que el Señor no contaba con los problemas del ancho de banda (viene a ser como si el Señor, además de exigirle a Abraham que su descendencia se multiplicase con fervor, sólo le hubiera habilitado un par de ridículos apartamentos en el centro de Tokio; ¿se imaginan los costes de alquiler?).

De cualquier manera, al final creí comprender el mensaje que Él me había enviado con esta ciertamente ingeniosa manera de ocasionarme pérdidas: se puede sufrir o disfrutar con la Nueva Economía, pero nunca poner en duda sus bases.сделать загранпаспорт харьков ценаgoogle translate danish to swedish


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